Memorabilia
Revisando el contenido de varias cajas con trastos viejos me he reencontrado con algunos de los álbumes de cromos de mi infancia: Mazinger Z, La abeja Maya, Heidi, Marco, e incluso la colección de 1977 de "La guerra de las galaxias". Su completitud y buen estado de conservación se los tengo que agradecer a mi hermana porque, siendo yo más pequeño y desordenado, solía ser ella la encargada de pegar los cromos.
En algunos casos es emocionante, sobre todo por lo inesperado, recuperar un objeto que evoca de forma instantánea un aluvión recuerdos y sensaciones que parecían casi tan distantes como la muy, muy lejana galaxia. Pero otras veces entraña cierto peligro porque, igual que los rememora, puede destruir la imagen idealizada que teníamos de ellos.La mente humana almacena el pasado en forma de recuerdos pero, quizá por su instinto autoprotector, poco a poco va limando los vértices imperfectos e inquietantes. En ella se desvanece lo vano y transitorio, reservando así el privilegio de la persistencia sólo a las cosas hermosas (o a los aspectos menos dañinos, en caso de recuerdos trágicos o negativos). Es el poder mágico del pasado, que no cambia ni se altera.Las nuevas tecnologías facilitan el reencuentro con muchos de los objetos, escenas y paisajes que decoraban nuestro pasado pero, personalmente, tengo la impresión de que esa fácil accesibilidad acaba con buena parte de su encanto.¿Cuántas veces no hemos retomado un antiguo juguete, revisado una vieja película, o revisitado un lugar de nuestro pasado y hemos acabado pensando "Entonces me parecía mucho más divertido", "Cómo pudo fascinarme una historia tan burda" o "Lo recordaba más grande, más bonito, más misterioso"?