Micropolítica (o la sociedad del spot)

Sabíamos que tendría que llegar, más tarde o más temprano, importada de ese país transatlántico que Europa tanto critica y al que tanto acabamos pareciéndonos. Con la facilidad de propagación de los malos hábitos, la micropolítica ya está aquí. Y ha venido para quedarse.

No es que antes los mensajes y campañas estuvieran libres de propaganda populista, desde luego. Pero ahora la profesionalización del espectáculo es tal, que las ideologías y los programas políticos parecen haberse convertido en meros anuncios de 20 segundos donde, entre promociones y descuentos, el impacto mediático y audiovisual a la hora de que cada uno proclame que su partido lava más blanco, parece ser lo único que importa.

Tal vez las razones son semejantes a las que enunciaba David Foster Wallace para explicar la telebasura. O quizás se debe a la economía del esfuerzo propia de la supervivencia de toda especie.

Está claro que es mucho más fácil quedarse en la superficie que profundizar; divertirse con el chascarrillo de los estereotipos que hacer un análisis crítico (y quizás descubrir fisuras en nuestras férreas posiciones); pasar y no implicarse que comprometerse y cumplir; hacerse el loco que tamizar la cordura.

Pero también es cierto que no hay muchas probabilidades de recuperar esa inversión en una sociedad en la que se valora más la forma que el fondo; que prima y premia el grito inmediato frente al pensamiento reflexivo; o que perdona y recompensa la desfachatez, siempre que sea lo suficientemente exagerada y fotogénica.

Así que, bien pensado, no sé qué hago perdiendo el tiempo en todas estas divagaciones, si con un par de hoyganismos en Twitter hubiera bastado.


 

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