De cómo el Capitán Garfio venció a Peter Pan

Aunque en aquella famosa y antigua ocasión Peter Pan se creyó vencedor absoluto, lo cierto es que Garfio jamás fue devorado por el cocodrilo. Sólo fue una pequeña batalla perdida para el pérfido pirata, que sabiendo más por viejo que por diablo decidió cambiar su estrategia a partir de entonces.

En adelante se limitó a esperar el paso del tiempo, único aliado capaz de doblegar al mismísimo puer aeternus, el hombre-niño de la eterna juventud… de la eterna inmadurez. Sabedor de que no es la edad biológica, sino la cronológica la que realmente nos obliga a envejecer, golpeando con el mazo cruel de la experiencia toda mágica ilusión de la inocencia, el Capitán Garfio aguardó pacientemente en la sombra durante largos años.

Durante ese tiempo observó desde la distancia como Peter Pan, ya sin réplica antagonista o enemigo externo al que echar las culpas, iba perdiendo gradualmente su chispa y, pese a conservar aún cierto aspecto aniñado, cada vez se sentía más ridículo dentro de sus calzas verdes. Así llegó el día en el que el ídolo de los niños perdidos, inmerso en una depresiva duda existencial, se preguntó qué había ocurrido, dónde había quedado hechizo juvenil y qué incertidumbres le aguardaban en ese extraño y nuevo camino llamado futuro. Por primera vez, Peter Pan sintió miedo.

En ese momento, frotándose las manos, Garfio comenzó su planeada venganza; y no lo hizo atacando con sable directo a su eterno enemigo, sino embaucándole con falsos consuelos a su creciente desasosiego. Con excusas reconciliadoras, el pirata se ofreció a ayudar a Peter a recuperar su brillo perdido (al fin y al cabo, tras su particular guerra fría, el mundo era ahora mucho más pequeño y cordial, ¿o no?).

Comenzó por regalarle un espejo de feria, con calculadas convexidades en su reflejo para devolver a la mirada propia lo que la mirada propia quiere ver, transformando la realidad en deformada ilusión y apartando la luz de las sombras cuya existencia mejor no desearíamos conocer.

Le invitó a elixires llamados a revitalizar la chispa de la vida. Le introdujo en dermoestéticas corporaciones capaces de maquillar las ojeras del tiempo vivido, plastificando y unificando el rostro de las personas en un vano intento de preservar aquello que una vez fueron, pero que ya no son. A módicos precios le vendió modernos juguetes y artilugios ideados para hacer creer a su atrofiada imaginación de que aún era capaz de volar. Y adaptando un viejo eslogan, le dijo: “si acaso quieres volar, piensa en algo material”.

Peter Pan, como Dorian Gray, acabó convertido en una caricatura de sí mismo, adicta a la aprobación social de su falsa eterna juventud, y distraída de toda otra preocupación más importante. De este modo, cuando la burbuja onanista que encerraba y cegaba a Peter fue lo bastante opaca, el Capitán Garfio aprovechó para invadir y conquistar el país de Nunca Jamás sin encontrar apenas resistencia, lugar en el que levantó su nuevo imperio de corrupta especulación.

Si alguna vez pasas por allí (ya sabes: la segunda estrella a la derecha y luego todo recto hasta el amanecer), verás que ahora hay un parque temático muy concurrido, varios campos de golf y una larga cadena de resorts y apartamentos en primera línea de playa. Garfio ya no necesita salir en busca de tesoros para robar, pues los propios niños perdidos hacen cola para entregárselos gustosamente en cómodas mensualidades. Tanto es así, que dicen que el pirata incluso se aburre un poco de su propio éxito, y anda planeando alguna nueva fechoría que emprender en los mercados energéticos y de telecomunicaciones.


 

Comentarios

Si hay alguien a quien deteste más que al Correcaminos, ese es el mil veces maldito Peter Pan.

Saber que no ha muerto, pero que en cambio es un pálido reflejo de Dorian Grey, no es para nada una mala noticia.

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