Cuento de Año Nuevo

[...] El comandante Tom miró al exterior a través de la pequeña escotilla de estribor. Recordó entonces los antiguos libros que leía de pequeño: relatos de viajes fabulosos, navíos que surcaban los Mares del Sur y barcos balleneros zarpando en busca de gigantescos cachalotes blancos. "Cuando sea mayor", pensaba entonces, "seré como ellos; recorreré el mundo en mi propia nave y guiaré mi rumbo observando las estrellas."

Jamás hubiera imaginado lo proféticos que iban a resultar aquellos pensamientos. Pero así fueron, y ahora él estaba allí, a bordo del Ulyses, dirigiendo su rumbo y no sólo haciendo brújula de las estrellas, también viajando a través de ellas. Sí señor, el comandante Thomas Void, ahora capitán y único tripulante de aquel vehículo espacial lanzado el ya lejano 1 de enero de 2072, con destino al sistema planetario de Aldebarán, la estrella naranja, la más brillante de la constelación de Tauro.

Habían pasado 15 años desde su partida. Viajando a velocidades próximas a la de la luz, se encontraba ya tan lejos de su mundo que le daba vértigo siquiera pensarlo. Pero cuando tomó la decisión de embarcarse fue porque ya no quedaba nada que le vinculara a la Tierra. Lo único que le ataba a ella era la ley de la gravedad, lazo del que también decidió liberarse.

En el reloj atómico del puente de mandos estaban a punto de dar las cero horas del Año Nuevo. Pero para tales momentos, Tom seguía confiando más en un viejo reloj de cuerda heredado de sus antepasados. Al fin y al cabo, era el único en toda la nave capaz de dar las campanadas.

Casi sin avisar, sonó la primera. Tom pensó en la Tierra.

Sonó la segunda, y Tom pensó en todo lo que había dejado allí.

Sonó la tercera, y Tom sintió un escalofrío al pensar que a cada segundo, a cada golpe de campanada, en su planeta natal transcurrían años, incluso décadas.

Sonó la cuarta, y Tom pensó en el sentido de su viaje.

Sonó la quinta, y Tom pensó en el sentido de su vida.

Sonaron la sexta, la séptima y la octava, Y Tom pensó que tenía nombre de campanada. "Tom, Tom, Tom..." tarareó sonriendo.

Sonó la novena, y Tom pensó que estaba perdiendo el juicio.

Sonó la décima, y Tom pensó que estaba perdiendo el tiempo.

Sonó la undécima, y Tom pensó que había perdido su vida.

Sonó la duodécima y Tom pensó si alguna vez había llegado a nacer.

Después, el Ulyses continuó su rumbo. Vacío, rodeado de vacío, como siempre lo había hecho.

Perteneciente a una colección de cuentos de 1998.


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Últimos instantes

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Trascender al mensaje

Paseando por la ciudad he descubierto que alguien ya está poniendo en práctica la misma técnica de subvertir la decoración urbana que ya describí en la idea sobre una hipotética campaña a favor del voto nulo, y que básicamente consistía en la adhesión de pegatinas redondas y coloradas sobre los rostros de los carteles publicitarios, haciendo uso de la comicidad para darle la vuelta al mensaje original.

Algunos movimientos similares, aunque de mayor concreción, han llegado a alcanzar cierta resonancia pública, como es el caso del cambio de los nombres de las estaciones en la red de metro de Madrid, o el especial adorno de los polémicos parquímetros con la figura del propio alcalde de la ciudad como principal protagonista.

Otro ejemplo, a nivel internacional, del que he podido encontrar muestras en alguno de los países por los que he viajado es el del virus urbano denominado "Invasores del Espacio" (haciendo alusión al antiguo videojuego Space Invaders).

La principal característica de estos actos es que rompen con la unidireccionalidad de la comunicación publicitaria más tradicional. Desde luego, puede haber controversia sobre si se trata de acciones de expresión creativa, reivindicativas, o simplemente vandálicas. A mi juicio ello depende en buena medida, y entre muchas otras cosas, de lo elegante que sea la ironía con la que estén planteadas.

Algo similar ocurre con la consideración social del graffiti. Pero no creo que se puedan (ni deban) meter en el mismo saco las burdas pintadas y rotulaciones que, expresando únicamente su propia zafiedad y sin abordar ninguna de las cualidades del arte, invaden y ensucian calles y espacios urbanos, junto con otras mucho más escasas obras que tal vez si pudieran llegar a merecer su integración en la decoración ciudadana, bien por ser herederas modernas de los clásicos trampantojos, o por aproximarse más a la categoría e inquietud artística que ya en su día exploraron talentos como el de Basquiat o la primitiva mano que pintó bisontes en los techos de Altamira.

Al fin y al cabo, también es desde hace miles de años que la humanidad, en el fatuo intento de trascender a su breve existencia, siente la necesidad de dejar su impronta allí por donde pasa; allí donde vive y donde muere.

Ejemplo de inquietante graffiti encontrado en las calles de Praga.


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OVNI nº 2

Continuando con la serie de Objetos Visuales No Identificados, aquí va el segundo:

¿Qué crees que es el objeto de la fotografía? Si quieres ver la solución, sigue leyendo.

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Solución al Cavilón

Esta tarjeta acompañaba al rompecabezas original Cavilón, cuya versión interactiva publiqué aquí hace unas semanas. Como ya ha habido gente que me ha comunicado haberlo resuelto, incluyo ahora la solución para aquellos que hayan desistido.

No obstante, dado que esto le quita bastante gracia al asunto, recomiendo a todos los que aún no lo hayan conseguido que sigan insistiendo. Es incluso más entretenido enredar con una versión hecha de recortes de cartón, apta para adultos y niños, todos perfectamente capaces de encontrar la combinación correcta a base del simple juego.

Si, en cualquier caso, quieres conocer la solución, sigue leyendo...

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