De entre los muertos

De entre los muertos
Rompiendo las reglasContinuando con el hilo de la anotación anterior, creo que una conducta inteligente sería conocer primero las reglas para saber cuándo saltárselas, pero no al revés. Algunos ejemplos que se me ocurren:
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas. Rebeldes sin causa[...] Hay muchas maneras de rebelarse, y sólo una pequeña minoría de éstas es sabia. Galileo fue un rebelde y fue sabio; los creyentes en la teoría de la Tierra plana son igualmente rebeldes pero son tontos. Existe un gran riesgo en la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones no convencionales están destinadas a ser correctas: ningún propósito útil se sirve rompiendo los postes de la luz en la calle o sosteniendo que Shakespeare no es poeta Causas sin rebeldesUno de los recursos de la metalotecnia para prolongar la vida de los pilares de grandes puentes y otras estructuras sometidas a las inclemencias del clima y los elementos, es revestir o acompañar al acero principal de otro metal barato y reemplazable que, siendo más sensible a la corrosión, logra desviar y padecer la oxidación sacrificándose en salvaguardia del verdadero núcleo. Sin acudir a la ingeniería avanzada, también es posible reconocer la presencia y uso habitual de mártires y sacrificios en cuestiones más cercanas, como en el bricolaje, en las piezas de una partida de ajedrez, o en las estratagemas de un negociador hábil capaz de hacer concesiones menores que aparenten compensar la conquista de su objetivo principal.Sospecho que, por encima de las anécdotas cotidianas, al nivel de los intereses político-económicos, los grupos de poder y los estados, la misma prestidigitación se realiza a una escala desde la que es fácil perder la perspectiva.No escasean los defensores de causas dignas pero secundarias (como apoyar el software libre, las descargas P2P o el lenguaje políticamente correcto), o incluso de pasiones terciarias (como la desmedida atención fútbol, al placebo de las nuevas tecnologías y a otras tantas formas de forofismo), que se encargan de aliviar nuestra necesidad de pugna, menguando el ímpetu social de rebeldía y distrayéndolo de más grandes e importantes razones.Y así ocurre que las causas que más lo necesitan, quedan despobladas y huérfanas de rebeldes. El sistema funciona. "Ça vá", que diría el diablo. Yo mismo me siento ya apaciguado tras una inofensiva queja en este blog. Triste analgésico de la razón, que induce a posponer la acción hasta mañana, y por matemática inducción hasta que, además de los rebeldes, se agoten los días.Cuestión de oficio
La nota decepcionante la volvió a poner La Riviera. Esta vez el ritmo intenso y nítidamente espartano de la banda logró imponerse a la mala acústica habitual de la sala, que sí se hizo más evidente en la única semi-balada del repertorio. Es lo que puede esperarse de lo que, en realidad, es una sala de fiestas y no de conciertos (¿dónde si no se ha visto un auditorio cuesta abajo?).Otros detalles reprochables vinieron de la mano de los promotores y organizadores, que tuvieron dos sutiles gentilezas para con esos clientes que habían pagado una entrada nada barata. Por un lado omitieron la hora de comienzo real del concierto dejando un margen de 2 horas desde la apertura de puertas. Y por otro, negaron el más mínimo soplo de aire acondicionado al acalorado público, que sólo pudo comprobar cómo funcionaba cuando milagrosamente se puso en marcha al concluir el concierto. Como soy un malpensado, en ambos casos supongo que el objetivo era vender más bebidas. Nada que ver con la agradable sala Heineken, que sin ser tampoco un local ideado originalmente como sala de conciertos, sí que está perfectamente acondicionada en términos acústicos. En ella pude ver el mes pasado al virtuoso John Mayall, toda una leyenda viva del Blues (maestro y colega de otros monstruos como Eric Clapton o Hendrix) que, a sus increíbles 75 años dio toda una lección de oficio y sacrificio (si es que a dedicar toda una vida a una vocación puede llamársele así).Este superabuelo demostró la integridad de toda una carrera en el escenario y a las puertas del concierto, vendiendo y cobrando él mismo sus propios discos, firmando autógrafos e insistiendo en fotografiarse larga y generosamente con todos sus admiradores. Lecciones de humildad, en definitiva, que deberían aplicarse muchos de los bisbalitos que andan por ahí sueltos.Por mi parte, reitero la aspiración de parecerme a estos personajes (no sólo los famosos y visibles, también los otros héroes anónimos), conservando tal vez no el pelo, pero sí la tenacidad y el saber hacer en el ámbito que me toca. Que la experiencia ganada supla el ímpetu perdido. No en vano siempre sabrá el diablo algo más por viejo que por diablo. |