De entre los muertos

He vuelto. Aprovecho este día de Halloween para resucitar estas páginas después de una larga pausa de letargo y abandono.

Curiosa fiesta de disfraces para despedir un mes en el que el mundo se ha quitado una de sus muchas máscaras, revelando las verdaderas fauces de un terrorífico rostro y demostrando que la auténtica noche de brujas dura todo el año.

Coincidiendo con el 2º aniversario de Entropía (que ha pasado bastante desapercibido), justo mientras la Mano Invisible se fracturaba la muñeca en un espectáculo digno de tanta congoja como disfrute, un servidor padecía cierta crisis y falta de liquidez en cuanto a motivación y tiempo libre se refiere.

He vuelto, pero no prometo hacerlo bien. Y mucho menos después de aprender que las recompensas por hacerlo mal suelen ser mucho mayores, a la par que discretas.


Rompiendo las reglas

Continuando con el hilo de la anotación anterior, creo que una conducta inteligente sería conocer primero las reglas para saber cuándo saltárselas, pero no al revés. Algunos ejemplos que se me ocurren:

  • En el diseño gráfico: conocer las reglas, elementos y principios generales de la teoría estética, para después poder romperlos con buen juicio.
  • En la creación musical: estudiar las normas y fundamentos de la armonía y la teoría musical; luego, si es necesario, buscar la experimentación fuera de los cánones convencionales (pero con conocimiento de causa).
  • En el desarrollo de sistemas de software: dominar las teorías y metodologías formales (diseño, normalización, arquitectura, ingeniería), para intuir las situaciones especiales en las que una optimización requerirá apartarse de esos caminos y optar por rutas alternativas.
  • En las normas de conducta: asumir como verdad de partida la hipótesis inculcada en nuestra infancia sobre la respetabilidad de las personas de más edad; luego ya descubriremos que la venerabilidad no se gana sólo por lucir canas, y que hay personas mayores perfectamente irrespetuosas e irrespetables.

La adopción de esa pauta y ese orden parece conferir una mayor dosis de sabiduría o coherencia a nuestros actos. Pero, en realidad, podría tratarse también de un mero ahorro de esfuerzo ya que, como en la elaboración de un modelo científico, suele resultar más sencillo acotar primero la generalidad e identificar después su alcance y las posibles excepciones.

Despúes de todo, del rigor en la ciencia y la posibilidad de que las excepciones sobrepasen en número e importancia a las reglas, ya escribió Borges un pequeño cuento:

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.


Rebeldes sin causa

[...] Hay muchas maneras de rebelarse, y sólo una pequeña minoría de éstas es sabia. Galileo fue un rebelde y fue sabio; los creyentes en la teoría de la Tierra plana son igualmente rebeldes pero son tontos. Existe un gran riesgo en la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones no convencionales están destinadas a ser correctas: ningún propósito útil se sirve rompiendo los postes de la luz en la calle o sosteniendo que Shakespeare no es poeta(Bertrand Russell en "Educación y disciplina")


Causas sin rebeldes

Uno de los recursos de la metalotecnia para prolongar la vida de los pilares de grandes puentes y otras estructuras sometidas a las inclemencias del clima y los elementos, es revestir o acompañar al acero principal de otro metal barato y reemplazable que, siendo más sensible a la corrosión, logra desviar y padecer la oxidación sacrificándose en salvaguardia del verdadero núcleo.

Sin acudir a la ingeniería avanzada, también es posible reconocer la presencia y uso habitual de mártires y sacrificios en cuestiones más cercanas, como en el bricolaje, en las piezas de una partida de ajedrez, o en las estratagemas de un negociador hábil capaz de hacer concesiones menores que aparenten compensar la conquista de su objetivo principal.

Sospecho que, por encima de las anécdotas cotidianas, al nivel de los intereses político-económicos, los grupos de poder y los estados, la misma prestidigitación se realiza a una escala desde la que es fácil perder la perspectiva.

No escasean los defensores de causas dignas pero secundarias (como apoyar el software libre, las descargas P2P o el lenguaje políticamente correcto), o incluso de pasiones terciarias (como la desmedida atención fútbol, al placebo de las nuevas tecnologías y a otras tantas formas de forofismo), que se encargan de aliviar nuestra necesidad de pugna, menguando el ímpetu social de rebeldía y distrayéndolo de más grandes e importantes razones.

Y así ocurre que las causas que más lo necesitan, quedan despobladas y huérfanas de rebeldes. El sistema funciona. "Ça vá", que diría el diablo. Yo mismo me siento ya apaciguado tras una inofensiva queja en este blog. Triste analgésico de la razón, que induce a posponer la acción hasta mañana, y por matemática inducción hasta que, además de los rebeldes, se agoten los días.


Cuestión de oficio

Aunque hace ya tiempo que perdí mi petulante tupé de juventud, no pude resistirme a acudir ayer al concierto en Madrid de los Stray Cats siendo, como era, la última oportunidad de verlos juntos por los escenarios antes de que se corten definitivamente la coleta (o en su caso, el flequillo).

La banda de Brian Setzer (tres amigos, como emotivamente se proclamaron anoche) no defraudó en su gira de despedida, imprimiendo a la velada un frenético ritmo de rockabilly en su más puro estado. Todo un espectáculo (dentro, pero también fuera del escenario por todo el ambiente que acompañaba al evento) gracias a esa paradójica y extraña frescura que sólo puede dar la experiencia.

La nota decepcionante la volvió a poner La Riviera. Esta vez el ritmo intenso y nítidamente espartano de la banda logró imponerse a la mala acústica habitual de la sala, que sí se hizo más evidente en la única semi-balada del repertorio. Es lo que puede esperarse de lo que, en realidad, es una sala de fiestas y no de conciertos (¿dónde si no se ha visto un auditorio cuesta abajo?).

Otros detalles reprochables vinieron de la mano de los promotores y organizadores, que tuvieron dos sutiles gentilezas para con esos clientes que habían pagado una entrada nada barata. Por un lado omitieron la hora de comienzo real del concierto dejando un margen de 2 horas desde la apertura de puertas. Y por otro, negaron el más mínimo soplo de aire acondicionado al acalorado público, que sólo pudo comprobar cómo funcionaba cuando milagrosamente se puso en marcha al concluir el concierto. Como soy un malpensado, en ambos casos supongo que el objetivo era vender más bebidas.

Nada que ver con la agradable sala Heineken, que sin ser tampoco un local ideado originalmente como sala de conciertos, sí que está perfectamente acondicionada en términos acústicos. En ella pude ver el mes pasado al virtuoso John Mayall, toda una leyenda viva del Blues (maestro y colega de otros monstruos como Eric Clapton o Hendrix) que, a sus increíbles 75 años dio toda una lección de oficio y sacrificio (si es que a dedicar toda una vida a una vocación puede llamársele así).

Este superabuelo demostró la integridad de toda una carrera en el escenario y a las puertas del concierto, vendiendo y cobrando él mismo sus propios discos, firmando autógrafos e insistiendo en fotografiarse larga y generosamente con todos sus admiradores. Lecciones de humildad, en definitiva, que deberían aplicarse muchos de los bisbalitos que andan por ahí sueltos.

Por mi parte, reitero la aspiración de parecerme a estos personajes (no sólo los famosos y visibles, también los otros héroes anónimos), conservando tal vez no el pelo, pero sí la tenacidad y el saber hacer en el ámbito que me toca. Que la experiencia ganada supla el ímpetu perdido. No en vano siempre sabrá el diablo algo más por viejo que por diablo.