Viejos y diablos

Como rezaba la canción "Turn! Turn! Turn!", popularizada en los años sesenta por la banda The Byrds: hay un tiempo para cada cosa. Y ahora, cuatro décadas después de aquellos acordes, acaba de comenzar un nuevo año que algunos ya contemplamos con cierta sensación de ecuatorialidad.

Haciendo balance del medio camino recorrido uno se da cuenta de que lo que ha aprendido y también de lo que ha olvidado. Porque si en la infancia y la juventud se adquiere la sabiduría de la curiosidad y el estudio teórico, la madurez parece dar paso a la ciencia de la experiencia práctica y la reflexión.

La experiencia es importante. "Más sabe el diablo por viejo que por diablo", proclama el refrán. Pero lo cierto es que su sabiduría sería incompleta si extirpásemos de su particular acervo todo lo que de diablillo tuvo en sus inicios. Además, también hay quien dice que la experiencia es un peine que te da la vida cuando ya te has quedado calvo, cita que en mi caso viene al pelo literalmente ;-)

Son los inconvenientes de que el tiempo sea, al menos de momento y a efectos prácticos, una dimensión de un solo sentido. Inconvenientes que ya reflejé en cierta carta, con el futuro como destinatario, que recojo ahora aquí convenientemente actualizada:

A mi futuro yo...

Dentro de 35 años, unas palabras en las que yo imagino tu existencia serán la ventana por la que tú contemplarás mi recuerdo. Te valdrás de las mismas lentes que en este borroso caleidoscopio de hoy sólo me permiten adivinar tu silueta. Con ellas construirás el telescopio nítido del mañana y observarás en él lo que soy. Ya para entonces, lo que fui.

Tú, que estás en el lado translúcido del cristal polarizado que nos separa, tendrás una privilegiada visión de mis problemas y circunstancias. Contarás con más conocimientos de los que yo dispongo pero —he aquí la cruel paradoja— nada podrás enseñarme, sino que habrás de aprender de mí.

Y en las costuras que, generación tras generación, van remendando las fisuras de la continuidad, encontrarás la máquina del tiempo que viaja en un solo sentido. Quizás esté oxidada. Tal vez necesites engrasarla para hacerla funcionar. Pero yo me he esforzado por ponerla a punto para ti. La llave te la dejo entre las páginas de este diario. Aunque eso, si no lo has olvidado, ya lo sabes... porque tú serás yo, dentro de 35 años.


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Cuento de Año Nuevo

[...] El comandante Tom miró al exterior a través de la pequeña escotilla de estribor. Recordó entonces los antiguos libros que leía de pequeño: relatos de viajes fabulosos, navíos que surcaban los Mares del Sur y barcos balleneros zarpando en busca de gigantescos cachalotes blancos. "Cuando sea mayor", pensaba entonces, "seré como ellos; recorreré el mundo en mi propia nave y guiaré mi rumbo observando las estrellas."

Jamás hubiera imaginado lo proféticos que iban a resultar aquellos pensamientos. Pero así fueron, y ahora él estaba allí, a bordo del Ulyses, dirigiendo su rumbo y no sólo haciendo brújula de las estrellas, también viajando a través de ellas. Sí señor, el comandante Thomas Void, ahora capitán y único tripulante de aquel vehículo espacial lanzado el ya lejano 1 de enero de 2072, con destino al sistema planetario de Aldebarán, la estrella naranja, la más brillante de la constelación de Tauro.

Habían pasado 15 años desde su partida. Viajando a velocidades próximas a la de la luz, se encontraba ya tan lejos de su mundo que le daba vértigo siquiera pensarlo. Pero cuando tomó la decisión de embarcarse fue porque ya no quedaba nada que le vinculara a la Tierra. Lo único que le ataba a ella era la ley de la gravedad, lazo del que también decidió liberarse.

En el reloj atómico del puente de mandos estaban a punto de dar las cero horas del Año Nuevo. Pero para tales momentos, Tom seguía confiando más en un viejo reloj de cuerda heredado de sus antepasados. Al fin y al cabo, era el único en toda la nave capaz de dar las campanadas.

Casi sin avisar, sonó la primera. Tom pensó en la Tierra.

Sonó la segunda, y Tom pensó en todo lo que había dejado allí.

Sonó la tercera, y Tom sintió un escalofrío al pensar que a cada segundo, a cada golpe de campanada, en su planeta natal transcurrían años, incluso décadas.

Sonó la cuarta, y Tom pensó en el sentido de su viaje.

Sonó la quinta, y Tom pensó en el sentido de su vida.

Sonaron la sexta, la séptima y la octava, Y Tom pensó que tenía nombre de campanada. "Tom, Tom, Tom..." tarareó sonriendo.

Sonó la novena, y Tom pensó que estaba perdiendo el juicio.

Sonó la décima, y Tom pensó que estaba perdiendo el tiempo.

Sonó la undécima, y Tom pensó que había perdido su vida.

Sonó la duodécima y Tom pensó si alguna vez había llegado a nacer.

Después, el Ulyses continuó su rumbo. Vacío, rodeado de vacío, como siempre lo había hecho.

Perteneciente a una colección de cuentos de 1998.


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Últimos instantes

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Trascender al mensaje

Paseando por la ciudad he descubierto que alguien ya está poniendo en práctica la misma técnica de subvertir la decoración urbana que ya describí en la idea sobre una hipotética campaña a favor del voto nulo, y que básicamente consistía en la adhesión de pegatinas redondas y coloradas sobre los rostros de los carteles publicitarios, haciendo uso de la comicidad para darle la vuelta al mensaje original.

Algunos movimientos similares, aunque de mayor concreción, han llegado a alcanzar cierta resonancia pública, como es el caso del cambio de los nombres de las estaciones en la red de metro de Madrid, o el especial adorno de los polémicos parquímetros con la figura del propio alcalde de la ciudad como principal protagonista.

Otro ejemplo, a nivel internacional, del que he podido encontrar muestras en alguno de los países por los que he viajado es el del virus urbano denominado "Invasores del Espacio" (haciendo alusión al antiguo videojuego Space Invaders).

La principal característica de estos actos es que rompen con la unidireccionalidad de la comunicación publicitaria más tradicional. Desde luego, puede haber controversia sobre si se trata de acciones de expresión creativa, reivindicativas, o simplemente vandálicas. A mi juicio ello depende en buena medida, y entre muchas otras cosas, de lo elegante que sea la ironía con la que estén planteadas.

Algo similar ocurre con la consideración social del graffiti. Pero no creo que se puedan (ni deban) meter en el mismo saco las burdas pintadas y rotulaciones que, expresando únicamente su propia zafiedad y sin abordar ninguna de las cualidades del arte, invaden y ensucian calles y espacios urbanos, junto con otras mucho más escasas obras que tal vez si pudieran llegar a merecer su integración en la decoración ciudadana, bien por ser herederas modernas de los clásicos trampantojos, o por aproximarse más a la categoría e inquietud artística que ya en su día exploraron talentos como el de Basquiat o la primitiva mano que pintó bisontes en los techos de Altamira.

Al fin y al cabo, también es desde hace miles de años que la humanidad, en el fatuo intento de trascender a su breve existencia, siente la necesidad de dejar su impronta allí por donde pasa; allí donde vive y donde muere.

Ejemplo de inquietante graffiti encontrado en las calles de Praga.


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OVNI nº 2

Continuando con la serie de Objetos Visuales No Identificados, aquí va el segundo:

¿Qué crees que es el objeto de la fotografía? Si quieres ver la solución, sigue leyendo.

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