A imagen y semejanza

Incitado por algunos de vuestros comentarios en este blog, y espoleado por mi admiración —o cochina envidia— hacia la diversidad creativa de otros compañeros, he decidido poner en marcha el segundo (que no el último) de los proyectos previstos en el ámbito de este dominio web.

Se trata de RETINA, un fotolog o álbum virtual de fotografías e ilustraciones donde, a diferencia de Entropía, la palabra y la lectura ceden el protagonismo a la imagen y la observación.

El nuevo archivo se basa en la colección personal de imágenes que poco a poco voy almacenando en el servicio Flickr, lo que permite algunas interesantes opciones de navegación por las fotografías digitales, tales como la ordenación por la fecha en que fueron realizadas o la ubicación geográfica donde se tomaron las instantáneas. Eso sí, como mi cuenta en Flickr es gratuita, iré añadiendo los contenidos según me lo permitan las limitaciones del servicio.

Espero que, al menos algunas de las imágenes, os resulten interesantes. He dejado un enlace permanente en el menú de categorías de la izquierda.


La forma de las nubes

El blog Por la boca muere el pez recuperaba ayer el misterio de la tormenta hexagonal que las sondas espaciales Voyager 1 y 2 fotografiaron en Saturno hace más de dos décadas, lo que me recordó un fácil pero curioso experimento de mecánica de fluidos que descubrí gracias a otro buen profesor, y cuyo resultado guardaba también relación con las formas hexagonales.

El leitmotiv del experimento lo protagoniza la convección, que es una de las tres formas de transferencia de calor (las otras dos son la conducción y la radiación) caracterizada por producirse en el seno de un fluido a través del desplazamiento de materia entre regiones con diferentes temperaturas. De gran importancia para la meteorología (pues la atmósfera de la Tierra es un fluido), la convección es, entre otras cosas, la responsable de moldear esas mismas nubes que luego dejamos interpretar a nuestra imaginación.

Pues bien, el ensayo consiste en calentar muy despacio un fluido de cierta viscosidad (a ser posible aderezado con algún polvo metálico a modo de marcador visual del movimiento) desde la parte inferior de un recipiente ancho y aplanado. Con el tiempo, la diferencia de temperatura provoca lentos desplazamientos convectivos en el fluido, que acaban produciendo un patrón de celdas hexagonales de idéntico tamaño, a modo de panal, en la superficie del mismo.

A estas geometrías resultantes se las denomina celdas de Bénard (o de Rayleigh-Bénard), y el fenómeno ya fue estudiado hacia el año 1900. En la actualidad, este comportamiento de corrientes convectivas es conocido y tenido en cuenta incluso en aspectos más prácticos o cotidianos, como puede ser la problemática de la aplicación de pinturas.

Este efecto es muy sensible a la altura proporcional de la capa del fluido. Por ello es difícil encontrar nubes hexagonales en el cielo y, al parecer, ese es también uno de los motivos que hacen que la singular tormenta de Saturno siga siendo algo desconcertante.

Aunque hay algunas diferencias, también parece que hay bastante semejanza entre este esquema convectivo y el de las macrocélulas telúricas que son las placas litosféricas que forman los continentes de nuestro planeta. Es obvio que el resultado de las placas tectónicas está siendo mucho más irregular, pero hay teorías que señalan a que el parecido pudo ser mayor hace varios miles de años, cuando la rígida corteza continental actual apenas existía.

Quizás lo más fascinante de todo esto sea precisamente la posibilidad de que pueda haber mecanismos similares en la formación del cielo y de la tierra, o en la evolución de las tormentas de Saturno y en la de la pintura de la estufa de nuestro salón. Y eso que hemos hablado aquí sólo de cuestiones de formas, porque también hay quien se ha ocupado ya de calcular el peso de una nube.

Nubes y buitres sobre las Hoces del río Duratón


La propiedad de las ideas

Nadie puede hacer a la compañía Disney lo que Walt Disney hizo a los hermanos Grimm.(Lawrence Lessig, en el evento OSCOM 2002)

Al hilo de la controversia suscitada por la reciente Ley de Propiedad Intelectual, así como la discusión de los detalles sobre cuánto de grave e indiscriminado será el canon impuesto, voy a permitirme citar (e incluso copiar) la opinión de Ricardo Sanz, un gran profesor del que pude disfrutar como alumno hace algún tiempo.

Como investigador en el campo de los sistemas autónomos, y ocupado en la comprensión y el esclarecimiento de los mecanismos de la cognición humana que pueden tener su paralelismo y aplicación en la inteligencia artificial, Ricardo incluye un comentario en su blog sobre la irracionalidad de proteger ideas nuevas cuando éstas se basan en ideas anteriores.

En él se cuestiona hasta qué punto pueden las ideas ser poseídas y explotadas por los individuos y en qué medida el trabajo intelectual debería estar protegido frente a la reutilización. Duda además de la posibilidad biológica de tener ideas completamente originales, y defiende la teoría, ya ilustrada por Newton, del alzamiento sobre hombros de gigantes.

Coincido en éstas y en otras de las ideas que apunta en su web, pero me gusta particularmente su última recomendación, así que intentaré seguir creciendo (aunque sólo sea para llegar a ser el gigante más bajito del mundo).


Picando piedra

Aunque no recuerdo bien la fuente, probablemente fue algún afamado gurú de la motivación el que primero fabuló y relató la historia de un peregrino medieval que, a su paso por la capital de Francia, se encontró con una cuadrilla de hombres que trabajaban esforzados, golpeando sus metálicas herramientas contra la dura roca, en el marco de lo que parecía un nuevo gran proyecto urbanístico de la ciudad.

Tras detenerse a observar atentamente a tres de ellos, los cuales parecían estar realizando idéntica labor, se dirigió a uno de los hombres, que parecía bastante contrariado, y le preguntó: "Señor, ¿qué es lo que hacéis?", a lo que el trabajador, sin detenerse ni devolver la mirada, respondió de mala gana: "¿Acaso no lo veis? Estamos picando piedra".

A cierta distancia, un segundo hombre llevaba a cabo las mismas tareas, pero su semblante no mostraba signos de enfado. El peregrino se dirigió hacia él y le preguntó: "Señor, ¿qué es lo que hacéis?". El hombre dejó el pico por un momento, se secó con la mano el sudor de su frente y, mirando al peregrino sin aparente emoción contestó: "Estamos levantando una columna".

Un poco más lejos, un tercer hombre realizaba idénticas acciones, pero había algo en su actitud que irradiaba entusiasmo. Intrigado, el peregrino se aproximó hasta donde estaba y repitió la misma pregunta: "Señor, ¿qué es lo que hacéis?". El hombre, con una notoria sonrisa y grandes ademanes, dejó caer el pico agradecido y deseoso de poder entablar conversación. Mientras señalaba y movía sus manos, como intentando representar en el vacío una forma imaginaria, exclamó con vehemencia "¡Estamos construyendo la catedral de París!".

¿Y tú? en la analogía laboral que sugiere esta simplista moralina, ¿dentro de qué categoría te consideras? ¿Picas piedra? ¿Construyes catedrales? ¿O acaso es ya tal el cansancio de gastar el cincel en pos de ficticias iglesias de credos ajenos, que te das con un canto en los dientes y te conformas con imaginar que levantas alguna que otra columna, aquí y allá?


Recurrencias

En el siempre interesante blog de Microsiervos, hoy recuerdan y muestran más evidencias de la paradoja del martillo rompecristales que ya comentamos aquí hace algún tiempo.