Viernes, 3 de noviembre de 2006 a las 07:09 - IMPULSOS
En una empresa consultora, de cuyo nombre sus abogados no quieren que me acuerde, no ha mucho que se proyectó un sistema inteligente que, por requisitos funcionales del cliente, debía ser capaz de calcular qué meses del año tienen treintaiun días y cuáles no.
Increíblemente, tras el arduo esfuerzo de tres comerciales, dos gerentes de cuenta, un jefe de proyecto certificado por el PMI, cuatro consultores expertos (uno de ellos reconocido
gurú), tres ingenieros con contrato temporal, dos apoyos de
outsorcing, un
freelance y cinco becarios, finalmente el cliente no quedó del todo satisfecho.
Quizás fue debido al retraso del 300% en los plazos de entrega, o a los sobrecostes cargados a posteriori en forma de bolsa de horas para resolución de fallos e incidencias... el caso es que el tiquismiquis del cliente (otra consultora que recurrió a la externalización para suplir una carencia eventual de capacidad) no hizo más que poner pegas y reproches a un sistema que funcionar, funcionaba.
Se recogen a continuación los planos y la documentación del prototipo, para que sea el lector quien juzge en qué gran medida fue injusta la valoración del cliente...
Miércoles, 1 de noviembre de 2006 a las 22:21 - IMPULSOS
Conozco a un hombre del tiempo: ni frío, ni caliente. De carácter templado, tibio como un litro de aire en la inmensa atmósfera humana. Uno de esos que cada dos por tres, seis; irremediablemente y sin margen para el error. Os lo negará, pero le pudre la tristeza de lo transparente. La de no ser visto. Esa que no se ve, pero se refleja.
Resulta algo penoso no aportar entropía al universo. Él alega que, por ser la personalización del equilibrio, el punto intermedio, tendrá siempre algo de razón en cualquier sitio, allá donde vaya. Pero es la física que yo conozco la que dice que si estás en todas partes, entonces tu cantidad de movimiento es nula. Definitivamente, eso no es algo que le pueda desear a nadie.
Movimiento, esa es la clave. Sobre una puntuación de diez, el nueve es más perfecto que el propio diez, porque implica la posibilidad de un futuro avance, de la continuidad de una progresión, del movimiento no detenido por la consecución del objetivo. Por lo que a mí respecta, frente a la homogeneidad preferiré siempre lo diverso, un gradiente de energía que mueva el mundo, un escalón de potenciales que genere la electricidad vital, unos polos opuestos en los que orientar mi brújula, una cumbre desde la que arrojarme al abismo, una punta, un vértice, unos extremos... en suma: la diferencia.
Perteneciente a una colección de escritos de 1998.