Juguetes mecánicos

1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
(Las tres leyes de la robótica de Asimov-Campbell)

Estos días me han regalado un simpático Bender de hojalata que, además de aumentar mi pequeña colección de robots de juguete, ha servido para recordarme la importancia de mantener encendida la infantil llama del juego.

Mi modesta fascinación por estos engendros mecánicos probablemente estuvo inducida por toda la imaginería y carga audiovisual a la que estuvimos expuestos los niños de mi generación: desde Mazinger Z hasta la trilogía original de la Guerra de las Galaxias, pasando por películas más remotas como aquella entrañable "Naves Silenciosas", en la que los pequeños robots Huey, Dewey y Louie trabajaban aplicados en las nobles labores de la jardinería.

Es extensa la filmografía que ha contado con robots como protagonistas o actores secundarios. Unos de buen carácter, y otros terribles villanos, muchos de ellos se hicieron populares y recordados, como Robby del Planeta Prohibido, Gort de Ultimátum a la Tierra, María de Metrópolis, R2-D2 y C3-PO, Terminator, los Daleks que incordiaban al Doctor Who, El Gigante de Hierro, Johnny 5, etc.

Aproximadamente desde la Segunda Guerra Mundial, se han venido fabricando juguetes homólogos a los protagonistas de ese mundo de fantasía y ciencia ficción. Algunos de los más antiguos se han convertido ahora en raras y codiciadas piezas de coleccionismo.

Yo tengo algún modelo vintage de cierto valor histórico, pero sobre todo sentimental; y desde luego nada comparable a las extensas colecciones y museos que pueden verse por ahí. Los robots de juguete cuentan incluso con su propia isla.

Sea como fuere, la paradójica combinación de fría tecnología con las pretensiones de aspecto y humanidad que caracteriza a este tipo de máquinas, marcó en su día un interés en mí que quién sabe si no acabó dictando incluso mi propia especialización universitaria.

Eso sí, aunque en el salón de la fama de los robots del mundo real empiezan a figurar zoomorfos o antropomorfos como los AIBO o los ASIMO japoneses (humanoides que no están libres todavía de cometer algún que otro traspiés), el grueso del plantel lo forma un ejército de autómatas mucho menos bucólicos pero más prácticos, como los brazos SCARA.

Fotograma de la película "Naves silenciosas" (Silent running, 1972)


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Tarde para la fama

Cuenta una leyenda alemana que, si bien los Reyes Magos que llegaron a Occidente para adorar al recién nacido niño Jesús eran tres y de nombres Melchor, Gaspar y Baltasar, en realidad fueron cuatro los sabios que debieron partir desde Oriente. Pero el último de ellos, Artabán, nunca logró reunirse con sus compañeros de viaje ni alcanzar después su destino geográfico.

Artabán acudía al encuentro de los otros Reyes en el zigurat de Borsippa, una importante ciudad de la antigua Mesopotamia (actual Iraq), y llevaba consigo una triple ofrenda compuesta por un diamante protector de la isla de Méroe, un pedazo de jaspe de Chipre, y un fulgurante rubí de las Sirtes. Su primer camino se interrumpió al toparse con un viejo moribundo y desahuciado por bandidos, al que curó las heridas y ofreció el diamante. Cuando llegó al lugar de encuentro previsto, sus compañeros ya habían partido.

Continuó pues su viaje en solitario, pero al llegar a Judea, tarde de nuevo, no encontró a los Reyes ni al Redentor, sino al ejército de Herodes degollando a niños recién nacidos. A uno de los soldados ofreció el rubí a cambio de la vida de uno de los inocentes, pero sorprendido en el canje, fue arrestado y encarcelado en el palacio de Jerusalén.

Allí permaneció durante treinta años, a lo largo de los cuales le iban llegando noticias y ecos de los prodigios del Mesías, Rey de Reyes, al que él había querido ir a adorar. Con la absolución y errando por las calles de Jerusalén, recibió el anunció la crucifixión de Jesucristo y encaminó sus pasos al Gólgota para ofrecer la adoración largamente postergada.

Pero en su camino reparó en un mercado en el que una hija estaba siendo subastada para liquidar las deudas su padre. Artabán se apiadó de ella y compró su libertad con el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba.

Es entonces cuando Jesucristo murió en la Cruz: tembló la tierra, se abrieron los sepulcros, los muertos resucitaron, se rasgó el velo del templo y cayeron los muros. Una piedra golpeó a Artabán y entre la inconsciencia y la ensoñación, se presentó una figura que le dijo: "Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste". Desorientado y exhausto Artabán preguntó: "¿Cuándo hice yo esas cosas?", y con la misma expiración recibió la respuesta: "Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí". Y con el Redentor se elevó a los mismos cielos que en su juventud le guiaron en pos del destino finalmente alcanzado.

Así fue como Artabán, el cuarto Rey Mago, llegó tarde para la fama, pero no para la gloria.

Leyenda extraída de la Wikipedia


Pequeño poema infinito

Nunca es mañana.

Perteneciente a la colección "Las margaritas impares" (2001)


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Viejos y diablos

Como rezaba la canción "Turn! Turn! Turn!", popularizada en los años sesenta por la banda The Byrds: hay un tiempo para cada cosa. Y ahora, cuatro décadas después de aquellos acordes, acaba de comenzar un nuevo año que algunos ya contemplamos con cierta sensación de ecuatorialidad.

Haciendo balance del medio camino recorrido uno se da cuenta de que lo que ha aprendido y también de lo que ha olvidado. Porque si en la infancia y la juventud se adquiere la sabiduría de la curiosidad y el estudio teórico, la madurez parece dar paso a la ciencia de la experiencia práctica y la reflexión.

La experiencia es importante. "Más sabe el diablo por viejo que por diablo", proclama el refrán. Pero lo cierto es que su sabiduría sería incompleta si extirpásemos de su particular acervo todo lo que de diablillo tuvo en sus inicios. Además, también hay quien dice que la experiencia es un peine que te da la vida cuando ya te has quedado calvo, cita que en mi caso viene al pelo literalmente ;-)

Son los inconvenientes de que el tiempo sea, al menos de momento y a efectos prácticos, una dimensión de un solo sentido. Inconvenientes que ya reflejé en cierta carta, con el futuro como destinatario, que recojo ahora aquí convenientemente actualizada:

A mi futuro yo...

Dentro de 35 años, unas palabras en las que yo imagino tu existencia serán la ventana por la que tú contemplarás mi recuerdo. Te valdrás de las mismas lentes que en este borroso caleidoscopio de hoy sólo me permiten adivinar tu silueta. Con ellas construirás el telescopio nítido del mañana y observarás en él lo que soy. Ya para entonces, lo que fui.

Tú, que estás en el lado translúcido del cristal polarizado que nos separa, tendrás una privilegiada visión de mis problemas y circunstancias. Contarás con más conocimientos de los que yo dispongo pero —he aquí la cruel paradoja— nada podrás enseñarme, sino que habrás de aprender de mí.

Y en las costuras que, generación tras generación, van remendando las fisuras de la continuidad, encontrarás la máquina del tiempo que viaja en un solo sentido. Quizás esté oxidada. Tal vez necesites engrasarla para hacerla funcionar. Pero yo me he esforzado por ponerla a punto para ti. La llave te la dejo entre las páginas de este diario. Aunque eso, si no lo has olvidado, ya lo sabes... porque tú serás yo, dentro de 35 años.


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Cuento de Año Nuevo

[...] El comandante Tom miró al exterior a través de la pequeña escotilla de estribor. Recordó entonces los antiguos libros que leía de pequeño: relatos de viajes fabulosos, navíos que surcaban los Mares del Sur y barcos balleneros zarpando en busca de gigantescos cachalotes blancos. "Cuando sea mayor", pensaba entonces, "seré como ellos; recorreré el mundo en mi propia nave y guiaré mi rumbo observando las estrellas."

Jamás hubiera imaginado lo proféticos que iban a resultar aquellos pensamientos. Pero así fueron, y ahora él estaba allí, a bordo del Ulyses, dirigiendo su rumbo y no sólo haciendo brújula de las estrellas, también viajando a través de ellas. Sí señor, el comandante Thomas Void, ahora capitán y único tripulante de aquel vehículo espacial lanzado el ya lejano 1 de enero de 2072, con destino al sistema planetario de Aldebarán, la estrella naranja, la más brillante de la constelación de Tauro.

Habían pasado 15 años desde su partida. Viajando a velocidades próximas a la de la luz, se encontraba ya tan lejos de su mundo que le daba vértigo siquiera pensarlo. Pero cuando tomó la decisión de embarcarse fue porque ya no quedaba nada que le vinculara a la Tierra. Lo único que le ataba a ella era la ley de la gravedad, lazo del que también decidió liberarse.

En el reloj atómico del puente de mandos estaban a punto de dar las cero horas del Año Nuevo. Pero para tales momentos, Tom seguía confiando más en un viejo reloj de cuerda heredado de sus antepasados. Al fin y al cabo, era el único en toda la nave capaz de dar las campanadas.

Casi sin avisar, sonó la primera. Tom pensó en la Tierra.

Sonó la segunda, y Tom pensó en todo lo que había dejado allí.

Sonó la tercera, y Tom sintió un escalofrío al pensar que a cada segundo, a cada golpe de campanada, en su planeta natal transcurrían años, incluso décadas.

Sonó la cuarta, y Tom pensó en el sentido de su viaje.

Sonó la quinta, y Tom pensó en el sentido de su vida.

Sonaron la sexta, la séptima y la octava, Y Tom pensó que tenía nombre de campanada. "Tom, Tom, Tom..." tarareó sonriendo.

Sonó la novena, y Tom pensó que estaba perdiendo el juicio.

Sonó la décima, y Tom pensó que estaba perdiendo el tiempo.

Sonó la undécima, y Tom pensó que había perdido su vida.

Sonó la duodécima y Tom pensó si alguna vez había llegado a nacer.

Después, el Ulyses continuó su rumbo. Vacío, rodeado de vacío, como siempre lo había hecho.

Perteneciente a una colección de cuentos de 1998.


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