La hora de la verdad

Escribió Lewis Carroll que a menudo preferimos un reloj que atrase un minuto al día frente a otro reloj que esté completamente parado aún cuando, dejados ambos a su libre albedrío, el segundo marca la hora correcta dos veces al día y el primero sólo lo hace una vez cada dos años.

Objetará el lector escéptico que un reloj estropeado no es útil, pues no podemos saber (si sus agujas indican las ocho en punto, por ejemplo), cuándo es realmente la hora correcta. "Bastará con no despegar la vista de la esfera y esperar a las ocho en punto", respondería el escurridizo Carroll. En cualquier caso, el reloj que atrasa no es mucho más útil si no se dan ciertas circunstancias especiales; a saber: conocer la demora de su velocidad y poder intervenir en él para corregirlo (o bien saber cuál fue el último instante en el que acertó y calcular periódicamente la diferencia de sus indicaciones con respecto a la realidad).

Por su parte, Bertrand Russell argumentaría con lúcida sencillez, que a pesar de que para un reloj detenido haya un instante en el que sus manecillas señalan la hora exacta, la información en dicho momento puede ser correcta, pero no es en esencia la verdad.

¿Cuáles son nuestros márgenes de error aceptables? ¿Aporta el movimiento más información que la estaticidad? Sin entrar en estos detalles y en otros afines (como las paradojas de Zenón), me quedo con el dato de Russell para aplicarlo al juicio crítico cotidiano: una información correcta no es necesariamente la verdad.


Aprendizaje y perspectiva

Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes(Isaac Newton, parafraseando a Juan de Salisbury)

Según la Wikipedia, el aprendizaje es "el proceso de adquirir conocimiento, habilidades, actitudes o valores, a través del estudio, la experiencia o la enseñanza; dicho proceso origina un cambio persistente, medible y específico en el comportamiento de un individuo y, según algunas teorías, hace que el mismo formule un constructo mental nuevo o que revise uno previo (conocimientos conceptuales como actitudes o valores)".

El aprendizaje es, por tanto, lo que nos permitirá interpretar nuevas situaciones, comprender nuevas estructuras, utilizar nuevos sistemas y superar los nuevos retos que vayan apareciendo en nuestro camino. Los paisajes de dicho camino marcarán un perfil de pendientes más o menos pronunciadas, según la dificultad del nuevo modelo a asimilar. Sin embargo, en ciertas ocasiones, la propia subjetividad y perspectiva distorsionan nuestra percepción de dicha dificultad, magnificándola e imponiendo una barrera psicológica de mayor escala que el propio problema real.

No se trata ya de que el árbol no deje ver el bosque, sino de que el tamaño del árbol puede llevar a pensar, erróneamente, que el bosque es más grande de lo que es en realidad.

El hombre que hablaba al revés

El hombre que hablaba al revés era un tipo singular.
Siempre llegaba despidiéndose y se marchaba diciendo "hola".
El hombre que hablaba al revés cantaba canciones que nadie podía entender.
El hombre que hablaba al revés daba el pésame en las bodas y brindaba en los entierros.
Pero no lo hacía de mala fe; es sólo que no podía evitar hablar al revés.

El hombre que hablaba al revés no reparaba en elogios hacia las personas que detestaba.
Escribía cartas de amor a sus peores enemigos.
Y, en Navidad, enviaba amenazas de muerte a la familia.
El hombre que hablaba al revés insultaba con frecuencia a sus cada vez más escasos amigos.
El hombre que hablaba al revés le dijo NO a la mujer de la que estaba enamorado.
Y se apoderó de él tal tristeza que no podía dejar de contarse chistes a sí mismo.

Un día, el hombre que hablaba al revés se asomó a la ventana de su pequeño apartamento en la planta 25 (¿o era la 52?).
El hombre que hablaba al revés gritó que se arrojaría al vacío para poner fin a su vida.
El hombre que hablaba al revés se despidió del cruel mundo.
Pero la multitud expectante que le observaba vio como, en lugar de caer, el hombre que hablaba al revés comenzaba a levitar ingrávido en el aire, ascendiendo lentamente hasta perderse en la lejana infinitud de un hermoso cielo azul.

Le echamos de más.

Perteneciente a una colección de cuentos de 1994.


Progreso tecnológico

En una empresa consultora, de cuyo nombre sus abogados no quieren que me acuerde, no ha mucho que se proyectó un sistema inteligente que, por requisitos funcionales del cliente, debía ser capaz de calcular qué meses del año tienen treintaiun días y cuáles no.

Increíblemente, tras el arduo esfuerzo de tres comerciales, dos gerentes de cuenta, un jefe de proyecto certificado por el PMI, cuatro consultores expertos (uno de ellos reconocido gurú), tres ingenieros con contrato temporal, dos apoyos de outsorcing, un freelance y cinco becarios, finalmente el cliente no quedó del todo satisfecho.

Quizás fue debido al retraso del 300% en los plazos de entrega, o a los sobrecostes cargados a posteriori en forma de bolsa de horas para resolución de fallos e incidencias... el caso es que el tiquismiquis del cliente (otra consultora que recurrió a la externalización para suplir una carencia eventual de capacidad) no hizo más que poner pegas y reproches a un sistema que funcionar, funcionaba.

Se recogen a continuación los planos y la documentación del prototipo, para que sea el lector quien juzge en qué gran medida fue injusta la valoración del cliente...

La diferencia

Conozco a un hombre del tiempo: ni frío, ni caliente. De carácter templado, tibio como un litro de aire en la inmensa atmósfera humana. Uno de esos que cada dos por tres, seis; irremediablemente y sin margen para el error. Os lo negará, pero le pudre la tristeza de lo transparente. La de no ser visto. Esa que no se ve, pero se refleja.

Resulta algo penoso no aportar entropía al universo. Él alega que, por ser la personalización del equilibrio, el punto intermedio, tendrá siempre algo de razón en cualquier sitio, allá donde vaya. Pero es la física que yo conozco la que dice que si estás en todas partes, entonces tu cantidad de movimiento es nula. Definitivamente, eso no es algo que le pueda desear a nadie.

Movimiento, esa es la clave. Sobre una puntuación de diez, el nueve es más perfecto que el propio diez, porque implica la posibilidad de un futuro avance, de la continuidad de una progresión, del movimiento no detenido por la consecución del objetivo. Por lo que a mí respecta, frente a la homogeneidad preferiré siempre lo diverso, un gradiente de energía que mueva el mundo, un escalón de potenciales que genere la electricidad vital, unos polos opuestos en los que orientar mi brújula, una cumbre desde la que arrojarme al abismo, una punta, un vértice, unos extremos... en suma: la diferencia.

Perteneciente a una colección de escritos de 1998.