Cavernas y trogloditas

En su despedida, discreta y sin parafernalias, un ilustre compañero nos propone la inquietante analogía entre el mito de la caverna de Platón y la vida laboral de buena parte de los programadores que trabajan por cuenta ajena.

Estoy bastante de acuerdo con sus apreciaciones aunque, lamentable o afortunadamente, la filosofía no sea tanto una ciencia que da soluciones, como argumentos en distintos sentidos (muchas veces contrarios), que amplían la perspectiva y comprensión de nuevas dimensiones. Así, un ejemplo de un punto de vista opuesto sería de los estoicos Zenón y Crisipo, expuesto en esta otra metáfora que extraigo del libro "Las consolaciones de la filosofía", de Alain de Botton (Ed. Punto de Lectura, ISBN 84-663-6853-1):

[...] Cuando un perro está atado a un carro, si desea seguir, tiran de él y sigue, haciendo coincidir su acto espontáneo con la necesidad. Pero si el perro no sigue, será forzado en todo caso. Otro tanto les sucede a los hombres: aun cuando no lo deseen, se verán forzados a seguir lo que les esté destinado.

Según estos filósofos, nuestra correa tendría la suficiente longitud como para darnos un cierto margen de libertad, pero no para permitir que nos paseemos a nuestro antojo. Bastante deprimente, ¿no?

Volviendo al símil de la caverna, sería mejor no permanecer en ella esclavizado y encadenado de cara a la pared; en todo caso habitarla por propia voluntad, dándole el mismo uso práctico que los trogloditas: la búsqueda de resguardo y cobijo sin renunciar a la libertad del exterior.

Aunque la verdad, y para darle a César la razón que nunca le he quitado, es que hay mejores lugares en los que vivir que en una cueva, por muy bien decorada que esté (con bisontes o con pantallas TFT). Una vez que se ha visto la luz exterior, es más fácil contraer claustrofobia y querer relegar las grutas al mero turismo espeleológico. Cualquier homínido con vocación de homo sapiens sabe que, en el fondo, es cuestión de tiempo y un poco de evolución natural abandonar definitivamente la prehistoria. A todo aquel que ya ha dado ese primer paso... ¡Enhorabuena!


Hábitos y monjes

En mi época de estudiante, cuando tomaba el autobús de la línea 27 para ir a la universidad, solía compartir el viaje con un asiduo grupo de maduros caballeros, impecablemente vestidos y ataviados con las galas que manda la más clásica de las elegancias. La aparente cordialidad y educación de estos señores (especialmente en las horas punta, cuando se afanaban por ceder paso entre los achuchones del atestamiento humano) les haría pasar por venerables personas de no ser porque, en realidad, se trataba de una banda de carteristas o descuideros profesionales. Los que hacíamos la misma ruta habitualmente ya les teníamos calados, pero el incauto viajero ocasional no solía percatarse de que ese señor tan amable y perfectamente trajeado pudiera ser el ladrón que acababa de mangarle la billetera.

El supuesto "buen aspecto" era la principal arma de estos delincuentes de guante blanco, conocedores de la renta de respetabilidad que, según algunos convencionalismos sociales, se obtiene vistiendo un buen traje. Me consta que no son los únicos, pues además de carteristas, he conocido también charlatanes, vendedores de humo y otros individuos de engañosa moral que basaban su estrategia en la hueca fachada de la apariencia y el disfraz.

Con esta anécdota no pretendo arremeter contra el uso voluntario de traje y corbata, como por otra parte hacen (desde un juicio estético diferente pero cometiendo la misma equivocación) algunos adalides de la superflua modernez. Precisamente, lo que trato de hacer es reafirmar esa antigua proclamación de que el hábito no hace al monje. Ni para lo bueno, ni para lo malo.

Es cierto que la vestimenta, como cualquiera de las otras manifestaciones de la moda, se ha venido utilizando en parte como un instrumento de diferenciación e identificación (de castas, clases sociales, poder adquisitivo, grupos culturales...). Desigualar la ecuación en la que todos somos iguales parece ser el criterio último de la etiqueta. Ese objetivo ha permanecido constante a lo largo del tiempo pese al cambio de las modas en una evolución causante de que la elegancia de ayer, hoy parezca ridícula y viceversa.

Pero, en última instancia (y no sobrepasando los límites de la extravagancia o la falta de higiene), la ropa no deja de ser un mero accesorio. Un traje no da prestigio a la persona. Más bien es a la inversa pero, en todo caso, no es algo que merezca la pena sublimar, positiva o negativamente, hasta el punto de establecer creencias más propias de la frenología.

Grandes y buenas personas han usado traje y corbata (o su equivalencia en otras épocas), como también lo han hecho mezquinos y viles individuos. Y tanta o más gente, de uno y otro signo, jamás ha vestido así. De modo que parece razonable dejar para el ámbito de los cómics la fácil identificación de héroes y villanos por su vestimenta.


"La corbata triste que llevas puesta
y que te adorna, oh ciudadano,
quítatela si quieres respirar bien"

(Caligrama de Guillaume Apollinaire)


Carácter, actitud y pose

Así como huesos, músculos y piel sustentan, mueven y recubren respectivamente nuestro cuerpo, tres conceptos inorgánicos hacen lo propio con nuestra forma de ser: el carácter, la actitud y la pose.

Carácter

El carácter, de origen interno, es quizás la más irracional de las tres cualidades, pues procede de la fragua genética y de una alfarería social moldeada en edades y tiempos sobre los que aún ejercíamos escaso control.

Como la constitución ósea, un carácter firme y recio puede ser un buen soporte para sobrellevar las cargas más pesadas. Pero también un exceso de dureza y rigidez puede ser contraproducente, si es flexibilidad, más que resistencia, lo que las circunstancias demandan.

A menudo se confunde la fortaleza de carácter con el mal carácter, pero en realidad es sólo una cuestión de exteriorización, pues las malas conductas siempre se ponen más fácilmente de manifiesto. La fuerza del buen carácter, edificado sobre la adaptabilidad y la capacidad de conciliación (que no conformidad), habitualmente se menosprecia o se llega a confundir con debilidad por no ejercer voluntariamente la imposición.

Actitud

La actitud también tiene un origen interno pero, a diferencia del carácter, parte de una motivación más racional y voluntaria. Aunque no siempre es fácil afrontar las situaciones con la actitud más adecuada, esta cualidad suele ser el resultado de una intención de actuar (o de no hacerlo) para lograr un objetivo.

La actitud es el músculo, mejor o peor entrenado, que nos pone en movimiento; ya sea para cambiar de estado en un entorno estático, o para mantener una posición estable en un escenario cambiante y adverso. La motivación última de nuestra actitud puede ser loable o deleznable, pero siempre estará caracterizada por una intención voluntaria de autocomplacencia, y cierta capacidad de control.

Pose

La pose, aunque protectora como la piel y a veces necesaria para suavizar la imagen visceral, suele tener más que ver con el adorno estético para complacer a las miradas ajenas. La finalidad, por tanto, es externa, ya que su objetivo es proyectar una imagen maquillada a ojos de los demás. Al no proceder de una motivación autónoma y realmente de propia, sus objetivos también serán más superfluos.

Parece razonable pensar que una personalidad equilibrada será la que reúna de manera proporcionada estos tres aspectos. En efecto, dado que el carácter es una cualidad sobre la que tenemos poco control, una personalidad sesgada desmesuradamente sobre esta variable parece una candidata probable a la insatisfacción y la infelicidad (salvo que nuestro carácter esté totalmente alineado con la predominante mezquindad de este mundo).

Por otra parte, cualquier individuo que priorice la pose sobre los otros atributos, estará haciéndose una paupérrima declaración de intenciones a sí mismo. Así que, aunque buena parte del ruido social y mediático incita a este comportamiento (y es cierto que la pose en estado puro a veces tiene una insolente recompensa), no parece la mejor de las opciones para alguien con ciertas inquietudes metaestéticas.

Nos queda entonces la actitud como eje intermedio y principal mecanismo conductor en el camino hacia el equilibrio y la personalidad verdadera. Lástima que no siempre (casi nunca, en realidad) baste con proponerse las cosas para conseguirlas. Pero eso tampoco es razón para rendirse, pues nadie ha dicho que fuese una empresa fácil...


Meridiano

Sigo vivo, que no es poco. Si últimamente no me prodigo demasiado por este lugar es porque otros grises menesteres se empeñan en acaparar toda mi actividad amanuense (y aún lo van a seguir haciendo por unos días). Pero voy a escribir algo, aunque sólo sea para ir alejando de la portada a ese horrible Naranjito.

Como tuerto y republicano en cierto país de invidentes, ando temiéndome una recaída en algo que yo llamo "Síndrome de la gallina de los huevos de oro". Y tan preocupante me parece la circunstancia en sí, como el hecho de que, por reiterativa, ya la tenga tipificada y bautizada en mi experiencia.

Bien me lo advirtió el señor B., cuya solvencia y mano izquierda espero me sirvan como modelo para las gestiones venideras. Pero, al fin y al cabo, se trata de eso: de avanzar en el tiempo salvando los contratiempos de la mejor manera posible. Y hoy alcanzamos el meridiano que divide el año en dos mitades exactas, así que ya sólo queda el otro 50%.


Abarcar y apretar

Aunque el tigre, el caballo o el delfín parecerían opciones mucho más atractivas, cuando alguna vez me han preguntado con qué animal me siento más identificado, he solido responder que con el pato. ¿Por qué? pues por lo siguiente:

  • El pato puede caminar, y aunque sus andares pueden ser merecedores de la expresión "como un pato mareado", no llega a la torpeza del albatros que narraba Baudelaire.
  • El pato también sabe nadar dignamente, e incluso zambullirse sin reparos bajo el agua, a pesar de no ostentar la plusmarca mundial de apnea.
  • Y el pato también es capaz de volar, quizá no tan veloz como un halcón peregrino, pero sí lo suficientemente bien como para llegar bastante alto y bastante lejos.

En resumen, el pato no es el mayor experto en ninguna de esas disciplinas, pero se defiende mejor o peor en todas, pudiendo incluso llegar a pertenecer al grupo aventajado en alguna de ellas.

Todo esto viene al hilo del enfrentamiento entre los paradigmas de la especialización y la generalización. El refrán popular dice que quien mucho abarca, poco aprieta, lo cual puede ser cierto en los casos donde la unidad básica de combustible es material y finita. Si estamos hablando de tiempo o esfuerzo, por ejemplo, está claro que el reparto es sustractivo, y si uno los invierte en muchas cosas dispersas, difícilmente alcanzará gran intensidad en ninguna de ellas.

Pero creo que hay otros tipos de abarcadura que escapan de esa norma, y uno de ellos es el conocimiento (el afecto podría ser otro). Su naturaleza es bien distinta porque, por un lado, no tiene una limitación material conocida (o si la tiene, la frontera ha de estar muy lejana) y, por otra parte, su carácter es aditivo. Aludiendo a otro refrán, no es sólo que el saber no ocupe lugar, sino que el saber ayuda a abrir hueco para la llegada de más conocimiento.

Sin llegar a los terrenos de la Teoría del todo (donde me perdería casi por completo), es posible encontrar ejemplos más asequibles de conocimiento unificador. Así, por ejemplo, se sabe que un mismo esquema de ecuaciones diferenciales puede llegar a representar con asombrosa similitud las dinámicas de un cultivo bacteriano, un modelo económico, o un sistema de regulación automática.

También es justo reconocer que hay doctrinas que son más semejantes y otras más distanciadas para cuyo enfoque es necesario cambiar de lentes. Por ejemplo, a un estudiante de álgebra lineal y cálculo infinitesimal, la matemática de la contabilidad por partida doble le puede resultar al principio más chocante e incómoda que a otra mente menos condicionada y más virgen.

En fin, supongo que como en el ecosistema de la naturaleza, es necesario que haya de todo: abejas que van de flor en flor, langostas que devoran los cultivos hasta dejarlos exhaustos, e ingenieros que opinamos de todo, pero realmente no sabemos de nada.

Autómata digestivo de Vaucanson (a.k.a. "El pato cagón de Francia")