Conjuras del destino

  • En la carretera, durante un atasco de tráfico, por mucho que lo cambiemos nuestro carril siempre será el que más lento avance.
  • Con toda probabilidad, al ir a pagar en el supermercado, la cola de la caja en la que nos pongamos permanecerá irremediablemente estática mientras contemplamos como las demás se despachan con fluidez.
  • Si tenemos lesionado el dedo gordo del pié izquierdo, todos los obstáculos del camino se esmerarán en afinar su puntería para golpearnos certeramente en dicho punto.

¿Casualidad? ¿Ley de Murphy? No, sencillamente atención selectiva.


Atajos y jardines

No es raro, en los espacios ajardinados de parques y plazas, encontrar atajos improvisados que son fruto de una erosión en el césped provocada por el tránsito frecuente de los viandantes.

Las rutas que originalmente fueron previstas y diseñadas por el urbanista son ignoradas en la práctica por los peatones, quienes trazan sus propios caminos de mínima energía como el agua que va dando forma al cauce de un río, o como el promedio de partículas en un modelo estadístico.

Siempre que me encuentro ante uno de esos senderos me viene a la mente el libro "A Pattern Language", el segundo volumen de una serie ya clásica sobre arquitectura y urbanismo escrita por Christopher Alexander, Sara Ishikawa, Murray Silverstein y otros en los años 70 (a mis colegas técnicos quizás les suene más la referencia de este libro como el original inspirador del famoso "Design Patterns" de la aclamada Gang-of-Four).

Lejos de culpar a los transeúntes, el libro trataría el caso del jardín como un fallo en la previsión y en la concepción de su diseñador, pues en la mayoría de los modelos o recetas descritos se defiende la fluida adecuación de la vivienda, la ciudad y los espacios públicos a la particular idiosincrasia de los seres humanos y sus relaciones.

Frente a la imposición inversa, se recomiendan patrones para captar la esencia de lo que hace a dichos lugares más habitables y se definen pautas para aprovechar sus dinámicas a fin de conducir la marea humana por un cauce óptimo y natural.

Ejemplo de dinámicas sociales en el tránsito de una plaza pública.

Lamentablemente, el ejemplo de los atajos en el césped es una mera anécdota sin importancia dentro de la importante cartera de antipatrones que parece imperar en el trazado de las urbes modernas. No es sólo la presencia de clamorosos errores de bulto, ya anticipados por un libro de hace tres décadas y por lo que debería ser el acervo de todo sentido común; a esto se le suma una desalentadora tendencia a obligar a la adaptación de los habitantes al nuevo hábitat, cuando debería suceder lo contrario.


De lo que se come, se cría

—Lo leí hace años en una revista, y desde entonces tengo la costumbre de tomar siempre tres plátanos diarios.
—¿Y te ha hecho efecto?
—¡Claro, ahora tengo la piel la mar de resbaladiza!


Cómo caer bien a la gente


El cementerio

—¿De quién es esa tumba, sepulturero,
sobre la que vigila un ángel custodio?
—Es la de un infeliz que creyó que el dinero
iba a salvar su alma llena de odio.

—¿De quién es esa tumba con placa dorada,
que reza la nobleza de quien dentro yace?
—Esa es la de una dama de sangre patricia;
pudriéndose estará, requiestcat in pace.

—¿De quién es esa tumba llena de flores
de cien aromas distintos; de cien colores?
—Es la de una muchacha que cien novios tuvo,
pero a ninguno quiso y su flor retuvo.

—¿De quién es esa tumba tan olvidada,
esa que nadie cuida, esa que nadie guarda?
—Esa es la de un poeta del romanticismo;
su último verso fué saltar a un abismo.

—¿De quién es esa tumba donde hay tanta gente
que se fotografía con gesto sonriente?
—Esa es la de un pintor del que hoy se hace fortuna;
murió de hambre y más solo que la una.

—¿De quién es esa fosa sin habitante
que por estar vacía inspira respeto?
—Esa es la que, algún día, tú, visitante
has de llenar sin pena con tu esqueleto.

Perteneciente una colección de canciones de 1996