The man-machine

Cada vez que me veo en la necesidad de recurrir a los servicios telefónicos de asistencia de mi operadora de móvil, me resulta más difícil distinguir si quien me atiende desde el otro lado de la línea es una máquina o un ser humano.

Esto no sería del todo malo si se debiera a un alto grado de sofisticación en los sistemas de inteligencia artificial de los IVR que les hiciera pasar, a oídos del interlocutor, por competentes personas de carne y hueso, aunque de poca sangre. Pero lo cierto es que resulta ser por motivos contrarios, y no es que las máquinas sean hábiles actores capaces de pasar el test de Turing, sino que a los teleoperadores humanos se les ha impuesto la normativa de hablar y actuar como máquinas.

Me explico: esta tarde, durante una llamada para consultar los detalles del servicio de telefonía en itinerancia (o roaming) no he podido sino sentirme parte pasiva de un algoritmo perfectamente programado para su ejecución por una (por otra parte amable) teleoperadora que no dejaba de repetir sistemáticamente, a intervalos regulares, la frase: "Disculpa la espera que te he ocasionado, indicarte que..." tras lo cual pasaba a relatarme una serie de procesos e informaciones que perfectamente podríamos haber obviado de haber tenido yo alguna mínima ocasión de poder meter baza para dirigir mínimamente el cauce de la conversación. Pero no; no ha sido posible y el diálogo (monólogo) de autómata se ha extendido hasta un cuarto de hora, cuando lo único que yo pretendía era confirmar los códigos y prefijos a marcar para llamar desde el extranjero.

Hombres y máquinas. Aún me surgen serias dudas sobre quién está al servicio de quién a día de hoy. Sobre todo después de soportar esas políticas de las líneas de atención al cliente que, por comparación, hacen parecer salerosos chirigoteros de Cádiz a aquellos impertérritos robots de los viejos Kraftwerk.

"we are programmed just to do / anything you want us to..."


Sinestesia poética

(El color de las vocales, según Rimbaud)


Meteoros

Y hablando de fenómenos naturales, un recordatorio para todos aquellos que tengáis acceso a un cielo despejado y sin contaminación lumínica: esta noche San Lorenzo derramará sus lágrimas con mayor intensidad en forma de lluvia de meteoros radiantes desde la constelación de Perseo.

No es la mayor lluvia de estrellas del año, pero sí es bastante intensa y las fechas en las que tiene lugar hacen que sea la más popular, así que no tendréis problema en encontrar abundante información sobre en evento en Internet.

Cuando estéis contemplando los astros fugaces, recordad que las estrellas no conceden los deseos.


Eppur si muove

Por aquí acabamos de constatar que la tierra se mueve, aunque no en el sentido que decía Galileo. Durante unos pocos segundos el suelo y las paredes han oscilado en un suave vaivén, al parecer como consecuencia de un seísmo de 4,7 5,1 de magnitud (según la escala de Richter) con epicentro en Ciudad Real.


Cavernas y trogloditas

En su despedida, discreta y sin parafernalias, un ilustre compañero nos propone la inquietante analogía entre el mito de la caverna de Platón y la vida laboral de buena parte de los programadores que trabajan por cuenta ajena.

Estoy bastante de acuerdo con sus apreciaciones aunque, lamentable o afortunadamente, la filosofía no sea tanto una ciencia que da soluciones, como argumentos en distintos sentidos (muchas veces contrarios), que amplían la perspectiva y comprensión de nuevas dimensiones. Así, un ejemplo de un punto de vista opuesto sería de los estoicos Zenón y Crisipo, expuesto en esta otra metáfora que extraigo del libro "Las consolaciones de la filosofía", de Alain de Botton (Ed. Punto de Lectura, ISBN 84-663-6853-1):

[...] Cuando un perro está atado a un carro, si desea seguir, tiran de él y sigue, haciendo coincidir su acto espontáneo con la necesidad. Pero si el perro no sigue, será forzado en todo caso. Otro tanto les sucede a los hombres: aun cuando no lo deseen, se verán forzados a seguir lo que les esté destinado.

Según estos filósofos, nuestra correa tendría la suficiente longitud como para darnos un cierto margen de libertad, pero no para permitir que nos paseemos a nuestro antojo. Bastante deprimente, ¿no?

Volviendo al símil de la caverna, sería mejor no permanecer en ella esclavizado y encadenado de cara a la pared; en todo caso habitarla por propia voluntad, dándole el mismo uso práctico que los trogloditas: la búsqueda de resguardo y cobijo sin renunciar a la libertad del exterior.

Aunque la verdad, y para darle a César la razón que nunca le he quitado, es que hay mejores lugares en los que vivir que en una cueva, por muy bien decorada que esté (con bisontes o con pantallas TFT). Una vez que se ha visto la luz exterior, es más fácil contraer claustrofobia y querer relegar las grutas al mero turismo espeleológico. Cualquier homínido con vocación de homo sapiens sabe que, en el fondo, es cuestión de tiempo y un poco de evolución natural abandonar definitivamente la prehistoria. A todo aquel que ya ha dado ese primer paso... ¡Enhorabuena!