Miércoles, 16 de mayo de 2007 a las 06:59 - RAZONES

Inquietantes
noticias anuncian el advenimiento de viejos fantasmas, y parecen poner de relieve cuánto de común tienen los andares de la humanidad y del cangrejo. El cuestionamiento de Darwin y su
teoría de la evolución de las especies por parte de algunos
neo-creacionistas y otros poderosos
lobbies, o la entrada en escena de nuevas tesis como el
diseño inteligente, que pretende adueñarse de la tierra media para llevarse el gato al agua, me llevan a recordar la pregunta que planteaba
Martin Gardner en un antiguo artículo para
Skeptical Inquirer:
¿tenían ombligo Adán y Eva?La pregunta no deja de ser una retórica caricatura del enfrentamiento entre evolución y creacionismo, que en realidad es un caso particular y relativamente reciente de la más ancestral dicotomía entre ciencia y religión. Gardner, escéptico reconocido, se lamenta de las visiones fundamentalistas al mismo tiempo que deja abierta una puerta a la reconciliación de concepciones razonables. Lo hace citando una carta del propio Darwin, en la que éste expresa lo siguiente:
Siento en lo más hondo que la cuestión es demasiado profunda para el intelecto humano. Es como si un perro especulara sobre la mente de Newton.
En mi menos trascendente búsqueda de una respuesta a tal cuestión, he sabido que algunos cuadros de la Edad Media y el Renacimiento retrataban a la primigenia pareja con el vientre liso, pero desde el Adán de
Miguel Ángel en la
Capilla Sixtina, parece que es costumbre entre la mayoría de los pintores (Durero, Rubens, Velázquez, Masaccio, Zárraga, Lempicka...) dotar de ombligos a los desafortunados pecadores.
Martes, 15 de mayo de 2007 a las 04:54 - RAZONES
No es raro, en los espacios ajardinados de parques y plazas, encontrar atajos improvisados que son fruto de una erosión en el césped provocada por el tránsito frecuente de los viandantes.
Las rutas que originalmente fueron previstas y diseñadas por el urbanista son ignoradas en la práctica por los peatones, quienes trazan sus propios caminos de mínima energía como el agua que va dando forma al cauce de un río, o como el promedio de partículas en un modelo estadístico.
Siempre que me encuentro ante uno de esos senderos me viene a la mente el libro "
A Pattern Language", el segundo volumen de una serie ya clásica sobre arquitectura y urbanismo escrita por
Christopher Alexander,
Sara Ishikawa,
Murray Silverstein y otros en los años 70 (a mis colegas técnicos quizás les suene más la referencia de este libro como el original inspirador del famoso "
Design Patterns" de la aclamada
Gang-of-Four).
Lejos de culpar a los transeúntes, el libro trataría el caso del jardín como un fallo en la previsión y en la concepción de su diseñador, pues en la mayoría de los modelos o recetas descritos se defiende la fluida adecuación de la vivienda, la ciudad y los espacios públicos a la particular idiosincrasia de los seres humanos y sus relaciones.
Frente a la imposición inversa, se recomiendan patrones para captar la esencia de lo que hace a dichos lugares más habitables y se definen pautas para aprovechar sus dinámicas a fin de conducir la marea humana por un cauce óptimo y
natural.
Ejemplo de dinámicas sociales en el tránsito de una plaza pública.Lamentablemente, el ejemplo de los atajos en el césped es una mera anécdota sin importancia dentro de la importante cartera de
antipatrones que parece imperar en el trazado de las urbes modernas. No es sólo la presencia de clamorosos errores de bulto, ya anticipados por un libro de hace tres décadas y por lo que debería ser el acervo de todo sentido común; a esto se le suma una desalentadora tendencia a obligar a la adaptación de los habitantes al nuevo hábitat, cuando debería suceder lo contrario.
Miércoles, 2 de mayo de 2007 a las 02:49 - RAZONES
Pero cuando yo estoy despierto, estoy mucho más despierto que usted.
(Respuesta de Unamuno, al ser cuestionada su propensión al descanso)
Puede parecer paradójico, pero no lo es, que uno de los motivos de mi interés por la mejora de la productividad en el trabajo sea precisamente mi necesidad de descanso. Como en una inversión a fondo ganado, se trata de
trabajar duro para poder holgazanear.
Desafortunadamente, la
perspectiva española en este asunto viene siendo diferente. En ella es tradición confundir la extensión de la jornada laboral con el rendimiento efectivo del trabajo, y a menudo se toman como méritos y estandartes de la
machada hispánica los sobreesfuerzos maratonianos de última hora, cuando en realidad corresponden a graves fracasos en la gestión o a omisiones y abusos en la planificación.
Personalmente, soy el primero en disfrutar de un trabajo bien hecho (tanto en cantidad como en calidad) y, modestia aparte, no creo estar precisamente mal situado en un hipotético
ranking de rendimiento y productividad. Pese a ello, alguna vez me he encontrado en la tesitura de tener que dar explicaciones sobre lo que creo es un buen
hábito laboral frente a otras actitudes más
vistosas en cómputo horario (que no en resultados).
En mi experiencia he encontrado que, salvo contadas excepciones que tampoco considero demasiado
saludables, el alargamiento artificial de la jornada laboral propicia una serie de vicios y conductas contraproducentes como el
pasilleo, la desatención, las interrupciones frecuentes, la tendencia al
funcionariazgo y el trabajo condicionado a la visibilidad.
Exponiéndolo gráficamente se podría caracterizar el trabajo individual diario (
w) como la integral de la curva trazada en representación de la productividad instantánea (
p) a lo largo del tiempo (
t) de la jornada de trabajo:
Figura 1 - Representación de una jornada de trabajo concentrada y otra dispersa.Según este modelo, lo lógico sería preocuparse de optimizar dicha integral, propiciando por un lado el aumento de la capacidad personal, o productividad máxima (
pmax) y, por otra parte, procurando una jornada continua y homogénea, manteniendo la concentración y el desempeño en unos valores máximos cercanos a dicha capacidad (Ejemplo A).
Por el contrario, resulta muy común (entre quienes tienen la responsabilidad de hacer este tipo de valoraciones) caer en la simplificación de olvidarse de toda dimensión que no sea la extensión sobre el eje temporal, y dar por buenas y ejemplares aquellas conductas como la representada en el ejemplo B, aún cuando el área efectiva de la curva sea notablemente inferior en este caso.
Puesto que, por mucho que algunos quisieran, el día tiene 24 horas como límite inamovible, una jornada del primer tipo fomenta un hábito de adecuado equilibrio entre trabajo y descanso, dando lugar al óptimo aprovechamiento de aquellos periodos en los que uno se encuentra más fresco.
Además, cuando se considera el trabajo en equipo, la necesidad del primer enfoque se multiplica, pues la curva de rendimiento y productividad de un equipo en el que se requiere coordinación y trabajo conjunto, se compone a partir de las áreas comunes resultantes de la intersección de todas las curvas individuales. Así, mientras que en una jornada homogénea y de horario bien definido todos los miembros compartirían amplias regiones de trabajo efectivo, con una actitud de carácter discontinuo la yuxtaposición de trabajo (e incluso de disponibilidades) sería mucho más dispersa y débil.
A pesar de estas valoraciones, es posible que el cambio cultural y de mentalidad no termine de llegar nunca, por lo que tendremos que seguir batallando en escenarios donde la visibilidad se impone a la facultad. En esos casos, el don de la palabra, la queja y la propaganda todavía pueden hacer mucho más por tu consideración laboral que cualquier otro argumento, así que no subestimes su poder...
Feliz
Día de los Trabajadores.
Miércoles, 25 de abril de 2007 a las 07:22 - RAZONES
Observando cómo, a medida que se aproxima la campaña electoral se aceleran desvergonzádamente las inauguraciones, el maquillado embellecimiento de las urbes, el cuidado y peloteo del ciudadano, las aperturas y mejoras de servicios largamente postergados, sigo planteándome las mismas disquisiciones ideológicas de siempre, pero reconozco que estoy empezando a preguntarme si no sería buena cosa convocar elecciones públicas cada dos o tres meses.