Lunes, 24 de marzo de 2008 a las 20:25 - RAZONES
Los ordenadores son inútiles. Sólo pueden darnos respuestas.
(Pablo Picasso)
¿Se ha convertido la tecnología en una nueva religión? No parece una hipótesis descabellada, a tenor de cuánto adoramos y nos encomendamos a sus iconos, que hemos convertido en un moderno
ungüento amarillo o
bálsamo de Fierabrás para el confuso desasosiego de nuestras almas.
Con exóticos nombres rezamos a las múltiples deidades de nuestro santuario:
ADSL, GPS, iPhone, Mp3, TDT, Wi-Fi... Aun no sabiendo muy bien si han llegado a este mundo para aliviar nuestros problemas o para dar nuevas ocupaciones y necesidades a nuestra vida; esa que ya no entendemos cómo era posible antes de su revelación.
Yo, que hace tiempo era creyente, cada vez soy más agnóstico. Personalmente, encuentro que ese uso y afán de la tecnología con ciega adulación no es inocuo, sino que tiene algunos efectos perniciosos por cuanto la convierte en mero entretenimiento y distrae de razonamientos y ocupaciones que, a mi juicio, podrían ser más trascendentes.
Desde luego mis reproches no van contra el loable entusiasmo por la innovación que conserva un juicio crítico, sino hacia la pura
tecnoadicción que lleva muchas veces a
perder la objetividad. Como en el aforismo de Picasso, el problema es que a menudo buscamos meras respuestas sin tan siquiera haber reflexionado seriamente sobre las preguntas.
Uno de los síntomas o manifestaciones de la dolencia a la que me refiero es el vicio de la inmediatez, que nos inocula la necesidad de disponer de lo último de lo último, como si en ello nos fuera la vida. Esto es, en cierto modo, algo contradictorio, ya que si una tecnología de vanguardia es buena hoy, debería seguir siéndolo dentro de un año o dos (seguramente a mejor precio), porque si en ese tiempo ya ha vencido la obsolescencia sobre la calidad, es que en realidad ésta última no era auténtica.

Lo malo es que ya a casi ningún consumidor se le cae la cara de asombro (y a ningún fabricante de vergüenza) porque el innovador producto que hoy es lanzado a bombo y platillo mañana
apenas tenga garantizada la supervivencia. Más aún cuando las técnicas de venta de las grandes
gadgeto-industrias se valen precisamente del trampolín de esa avidez de lo ultimísimo, muchas veces para colarnos auténticos fiascos disfrazados de futurismo
de diseño, o para justificar el recorte y la calculada dosificación de funcionalidades que responden más a estrategias de rentabilidad de mercados que a las capacidades reales innovación. Aunque eso no parece ser lo importante si el interés se centra en renovar constantemente el fondo de armario tecnológico, con el efímero fin de permanecer en el
top de lo
cool de la vanidad cibernética.
Esta necesidad de inmediatez y modernidad tiene un efecto perverso sobre la percepción de las escalas de tiempos, centrando el foco en un plazo cada vez más corto y a menudo desviando la atención de ese tren de largo recorrido en el que viajan las cosas duraderas. Afortunadamente el tiempo es lo bastante juez y tirano como para acabar poniendo las cosas en su sitio. Ya se sabe que en esto de las modas, lo que hoy es
fashion mañana es horterada. Y, francamente, yo no veo tanta diferencia entre esos chavales que van por la calle con la música de sus móviles con mp3 a todo trapo, y aquellos otros ancianos que paseaban con el viejo transistor pegado a la oreja mientras escuchaban el
Carrusel Deportivo.
En fin, sólo pretendo recordar la relatividad de todo
lo moderno (lo que es, fue y será), que no siempre se corresponde con lo mejor, pues esa vorágine de actualidad suele alimentar la volubilidad de los criterios. ¿Por qué si no vuelven a caer denostadas, por ejemplo, las
bolsas de plástico (símbolo en su día de la moderna asepsia y ostentación del estado del bienestar) en favor de las tradicionales bolsas de la compra
hechas de tela que usaban nuestras madres?
¿O por qué de pronto todos los fabricantes de automóviles se ponen de acuerdo en apostar por la modernidad de lo ecológico? ¿Será acaso por un repentino altruismo que nada tiene que ver con otras
occamianas razones económicas? Lo cierto es que siempre habrá pescadores en busca de ganancias interesados en revolver el río de la modernidad tecnológica, así que la cuestión es si queremos o no seguir picando el anzuelo.
Sábado, 22 de marzo de 2008 a las 21:50 - RAZONES
El término que da título a esta anotación procede del latín stillicidium, y define el acto de caer gota a gota un líquido. La fonética recuerda un poco a la palabra suicidio, y quizá más si aplicamos el concepto al caso particular del agua, ese líquido imprescindible para la vida cuyo futuro global (y actualidad para muchos) presenta no pocas incertidumbres.
Hoy, 22 de marzo, se celebra internacionalmente el
Día Mundial del Agua, según una
resolución de
Naciones Unidas que se remonta a 1993 y cuyo objetivo original es «
recordar a todos que mediante esfuerzos concretos para proveer agua potable y concienciando más al mundo sobre los problemas y las soluciones en este campo, se puede ayudar para que las cosas sean distintas».
Estoy seguro de que, como yo, casi todos vosotros sois conscientes de la importancia de este preciado bien, y procuráis aplicar las
medidas y criterios adecuados para evitar el derroche de este y de otros recursos naturales.
Quienes a menudo parecen mucho menos concienciadas son ciertas autoridades, que por un lado ruegan a dios dirigiendo sus mensajes de ahorro y constricción al ciudadano de a pie, y por el otro impactan gravemente en la ecología con el mazo de proyectos descabellados, medioambientalmente derrochadores y económicamente egoístas.
Casinos en el desierto,
islas artificiales,
urbanización irresponsable,
campos de golf por doquier (deporte que por algo se inventó en Escocia y no en Murcia) en páramos que luego suplican por
trasvases y mutaciones del curso natural...
Da la impresión de que, gota a gota, a ese ritmo algún día puede secarse el botín y la única fuente que quede sea la de los conflictos internacionales causados por su escasez. Y cuando nos queramos dar cuenta, una vez más será tarde.
Cuando el desierto inunde el mar
y ya no quede agua mejor
para cuidar la última flor
que la de nuestro llanto...
Lunes, 3 de marzo de 2008 a las 20:48 - RAZONES
Sabíamos que tendría que llegar, más tarde o más temprano, importada de ese país transatlántico que Europa tanto critica y al que tanto acabamos pareciéndonos. Con la facilidad de propagación de los malos hábitos, la micropolítica ya está aquí. Y ha venido para quedarse.
No es que antes los mensajes y campañas estuvieran libres de propaganda populista, desde luego. Pero ahora la profesionalización del espectáculo es tal, que las ideologías y los programas políticos parecen haberse convertido en meros anuncios de 20 segundos donde, entre promociones y descuentos, el impacto mediático y audiovisual a la hora de que cada uno proclame que su partido lava más blanco, parece ser lo único que importa.
Tal vez las razones son semejantes a las que enunciaba David Foster Wallace para
explicar la telebasura. O quizás se debe a la economía del esfuerzo propia de la supervivencia de toda especie.
Está claro que es mucho más fácil quedarse en la superficie que profundizar; divertirse con el chascarrillo de los estereotipos que hacer un análisis crítico (y quizás descubrir fisuras en nuestras férreas posiciones); pasar y no implicarse que comprometerse y cumplir;
hacerse el loco que tamizar la cordura.
Pero también es cierto que no hay muchas probabilidades de recuperar esa inversión en una sociedad en la que se valora más la forma que el fondo; que prima y premia el grito inmediato frente al pensamiento reflexivo; o que perdona y recompensa la desfachatez, siempre que sea lo suficientemente exagerada y fotogénica.
Así que, bien pensado, no sé qué hago perdiendo el tiempo en todas estas divagaciones, si con un par de
hoyganismos en
Twitter hubiera bastado.
Jueves, 28 de febrero de 2008 a las 19:37 - RAZONES
O, mejor dicho, ¿para quién? Para los de siempre, me temo.
La cara y la cruz del escrúpulo, una pequeña moneda y unidad de medida romano-bizantina que da nombre a aquello de lo que muchos triunfadores carecen.