La abreviatura de los miércoles

El otro día, Martin planteaba una interesante pregunta al hilo del calendario espiral: ¿Por qué a menudo se usa una "X" para representar el miércoles en los calendarios? Ésta parece ser una de esas dudas que por el momento Google no es capaz de disipar.

En la enumeración abreviada de los días de la semana de muchos calendarios españoles (L, M, X, J, V, S, D) el miércoles es el único día cuya letra no coincide con su inicial, seguramente para evitar la repetición de la "M" y diferenciarlo claramente del martes. Pero... ¿por qué precisamente la "X"? ¿Y desde cuándo viene utilizándose esta nomenclatura convenida?

La cuestión admite ciertos matices, pues parece que su aplicación no es universal en todos los países hispano parlantes e incluso en España tampoco siempre se utiliza esa regla, sino que otras veces se emplea "Mi" o se reitera la "M".

Como ya digo, no he sido capaz de encontrar una respuesta convincente sobre los orígenes de este uso común, así que me atrevo a plantear algunas aventuradas conjeturas, por si la serendipia (o chiripa, que dirían en mi barrio) hiciera acto de presencia:

  • Se usa la "X" por ser una letra comodín empleada habitualmente para designar incógnitas, firmas anónimas, etc.
  • Se usa la "X" por la influencia de Alfonso X el Sabio en la normalización ortográfica y traducción de manuscritos con abundantes abreviaturas.
  • Se usa la "X" por referencia a algún símbolo o significación cristiana (del griego "Χριστος", Cristo), como pudiera ser el Miércoles de Ceniza.
  • Se usa la "X" por ser el miércoles el día de Mercurio, que viene del latín "merx"
  • Se usa la "X" por ser una sintética representación de las dos serpientes simétricas del caduceo de Mercurio.
  • Se usa la "X" por alguna recóndita nomenclatura alquímica del metal mercurio.

Lanzo desde aquí un guante para todo aquel que quiera ilustrarnos sobre esta materia.


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Veracidad vs. verosimilitud

Buscábamos la verdad y nos ofrecieron veracidad.

Nos conformamos con la veracidad pero nos dieron verosimilitud.

Creímos la verosimilitud, mas la tornaron en falacia.

Aceptamos la falacia y henos aquí en la mentira.

Y así, gradualmente acostumbrados, ni siquiera nos sentimos engañados.


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Tarde para la fama

Cuenta una leyenda alemana que, si bien los Reyes Magos que llegaron a Occidente para adorar al recién nacido niño Jesús eran tres y de nombres Melchor, Gaspar y Baltasar, en realidad fueron cuatro los sabios que debieron partir desde Oriente. Pero el último de ellos, Artabán, nunca logró reunirse con sus compañeros de viaje ni alcanzar después su destino geográfico.

Artabán acudía al encuentro de los otros Reyes en el zigurat de Borsippa, una importante ciudad de la antigua Mesopotamia (actual Iraq), y llevaba consigo una triple ofrenda compuesta por un diamante protector de la isla de Méroe, un pedazo de jaspe de Chipre, y un fulgurante rubí de las Sirtes. Su primer camino se interrumpió al toparse con un viejo moribundo y desahuciado por bandidos, al que curó las heridas y ofreció el diamante. Cuando llegó al lugar de encuentro previsto, sus compañeros ya habían partido.

Continuó pues su viaje en solitario, pero al llegar a Judea, tarde de nuevo, no encontró a los Reyes ni al Redentor, sino al ejército de Herodes degollando a niños recién nacidos. A uno de los soldados ofreció el rubí a cambio de la vida de uno de los inocentes, pero sorprendido en el canje, fue arrestado y encarcelado en el palacio de Jerusalén.

Allí permaneció durante treinta años, a lo largo de los cuales le iban llegando noticias y ecos de los prodigios del Mesías, Rey de Reyes, al que él había querido ir a adorar. Con la absolución y errando por las calles de Jerusalén, recibió el anunció la crucifixión de Jesucristo y encaminó sus pasos al Gólgota para ofrecer la adoración largamente postergada.

Pero en su camino reparó en un mercado en el que una hija estaba siendo subastada para liquidar las deudas su padre. Artabán se apiadó de ella y compró su libertad con el pedazo de jaspe, la última ofrenda que le quedaba.

Es entonces cuando Jesucristo murió en la Cruz: tembló la tierra, se abrieron los sepulcros, los muertos resucitaron, se rasgó el velo del templo y cayeron los muros. Una piedra golpeó a Artabán y entre la inconsciencia y la ensoñación, se presentó una figura que le dijo: "Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste". Desorientado y exhausto Artabán preguntó: "¿Cuándo hice yo esas cosas?", y con la misma expiración recibió la respuesta: "Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí". Y con el Redentor se elevó a los mismos cielos que en su juventud le guiaron en pos del destino finalmente alcanzado.

Así fue como Artabán, el cuarto Rey Mago, llegó tarde para la fama, pero no para la gloria.

Leyenda extraída de la Wikipedia


Pequeño poema infinito

Nunca es mañana.

Perteneciente a la colección "Las margaritas impares" (2001)


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Cuento de Año Nuevo

[...] El comandante Tom miró al exterior a través de la pequeña escotilla de estribor. Recordó entonces los antiguos libros que leía de pequeño: relatos de viajes fabulosos, navíos que surcaban los Mares del Sur y barcos balleneros zarpando en busca de gigantescos cachalotes blancos. "Cuando sea mayor", pensaba entonces, "seré como ellos; recorreré el mundo en mi propia nave y guiaré mi rumbo observando las estrellas."

Jamás hubiera imaginado lo proféticos que iban a resultar aquellos pensamientos. Pero así fueron, y ahora él estaba allí, a bordo del Ulyses, dirigiendo su rumbo y no sólo haciendo brújula de las estrellas, también viajando a través de ellas. Sí señor, el comandante Thomas Void, ahora capitán y único tripulante de aquel vehículo espacial lanzado el ya lejano 1 de enero de 2072, con destino al sistema planetario de Aldebarán, la estrella naranja, la más brillante de la constelación de Tauro.

Habían pasado 15 años desde su partida. Viajando a velocidades próximas a la de la luz, se encontraba ya tan lejos de su mundo que le daba vértigo siquiera pensarlo. Pero cuando tomó la decisión de embarcarse fue porque ya no quedaba nada que le vinculara a la Tierra. Lo único que le ataba a ella era la ley de la gravedad, lazo del que también decidió liberarse.

En el reloj atómico del puente de mandos estaban a punto de dar las cero horas del Año Nuevo. Pero para tales momentos, Tom seguía confiando más en un viejo reloj de cuerda heredado de sus antepasados. Al fin y al cabo, era el único en toda la nave capaz de dar las campanadas.

Casi sin avisar, sonó la primera. Tom pensó en la Tierra.

Sonó la segunda, y Tom pensó en todo lo que había dejado allí.

Sonó la tercera, y Tom sintió un escalofrío al pensar que a cada segundo, a cada golpe de campanada, en su planeta natal transcurrían años, incluso décadas.

Sonó la cuarta, y Tom pensó en el sentido de su viaje.

Sonó la quinta, y Tom pensó en el sentido de su vida.

Sonaron la sexta, la séptima y la octava, Y Tom pensó que tenía nombre de campanada. "Tom, Tom, Tom..." tarareó sonriendo.

Sonó la novena, y Tom pensó que estaba perdiendo el juicio.

Sonó la décima, y Tom pensó que estaba perdiendo el tiempo.

Sonó la undécima, y Tom pensó que había perdido su vida.

Sonó la duodécima y Tom pensó si alguna vez había llegado a nacer.

Después, el Ulyses continuó su rumbo. Vacío, rodeado de vacío, como siempre lo había hecho.

Perteneciente a una colección de cuentos de 1998.


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