Concursos y elecciones

Desde que comenzó el controvertido concurso de blogs de 20 minutos, parece haberse desatado una indiscriminada campaña electoral entre los participantes. Que si tú me votas y yo te voto, que si tu blog es buenísimo aunque ni siquiera lo he leído, etc.

Reconozco que me apunté por la curiosidad de ver cómo funcionaba el tema, pero enseguida me di cuenta de que entraban en juego ciertas dinámicas que no tienen nada que ver con lo que deseo para este modesto espacio. Si de verdad la Web 2.0 es un reflejo fiel aunque a menor escala del mundo real, asusta un poco pensar en una sociedad que pierde toda contemplación por 3.000 € y cinco minutos de fama.

Pretendo que ntropía sea un espacio abierto, aunque más en el sentido de una casa que acoge hospitalariamente al visitante, y no como un muro en la calle destinado únicamente a pegar carteles propagandísticos.

Me parece muy loable la participación en el concurso pero, personalmente, ahora prefiero mantenerme al margen (tampoco es que fuera a conseguir muchos votos, por no decir ninguno). En consecuencia, si ni siquiera hago promoción de mi propio blog, tampoco voy a fomentar el electoralismo ajeno, lo que significa que habrá una moderación de los enlaces de los comentarios que hagan referencia al dichoso concurso.

Lo aviso aquí para que nadie lo tome a mal, porque en el fondo creo que es mejor que Entropía no esté en campaña electoral, sino en permanente jornada de reflexión.


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Huevos de oro

Poner huevos de oro fue la virtud y la desdicha de aquella famosa gallina que protagonizaba la fábula rimada de Samaniego. Pues bien, resulta que también son áureos los huevos puestos por las gallinas comunes, aunque en este caso no por tener esa apreciada composición metálica, sino por sus proporciones y geometría.

El número de oro, o sección áurea, es un valor o razón numérica (Phi = 1,618033988...) que teóricamente indica la relación proporcional más estética y equilibrada que han de cumplir dos dimensiones desiguales entre sí.

Valorado desde la antigüedad como criterio de composición en el mundo del arte (arquitectura, pintura, música...), dicho número posee interesantes propiedades, y se ha observado su presencia en muchos elementos de la naturaleza, como en la espiral interior de los caracoles, en la disposición de los pétalos de las flores, en la relación entre la talla y la altura del ombligo de una persona, e incluso en algunos aspectos del diseño gráfico de ntropía.

Existen otras relaciones mórficas reconocidas, como el número plástico (o número de plata), pero sin duda la sección áurea es la más conocida y popular. Volviendo al caso del huevo de gallina, el número de oro se revela en sus proporciones según lo ilustrado en la figura que acompaña a este artículo. Esa forma le confiere algunas mágicas propiedades, como la capacidad de soportar, sin romperse, grandes presiones aplicadas perpendicularmente en sus extremos, porque las fuerzas se distribuyen y equilibran como en los arcos y cúpulas arquitectónicas.

Sobre la geometría de este particular zigoto ya hubo novelada controversia, pues en "Los viajes de Gulliver" se relataban las discusiones entre extremistas mayores y extremistas menores, que enfrentaban a las naciones de Blefuscu y Lilliput por insistir unos y otros en la conveniencia de romper el huevo cocido de su desayuno bien por la parte roma o bien por la aguda. Parte de dicho enfrentamiento subyace incluso hoy en día en otros ámbitos más cibernéticos, como las eternas argumentaciones entre defensores de ordenadores Mac y PC.

En resumidas cuentas, seguimos sin saber qué fue antes: si el huevo áureo o la gallina arquitecta. Lo único que sí parece claro es que, con la desmesurada subida de los precios un año más, el Sistema Internacional debería adoptar de una vez por todas el Huevo como unidad de medida de lo cara que está la vida (yo diría que aún de oro se quedaría corto).


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Viejos y diablos

Como rezaba la canción "Turn! Turn! Turn!", popularizada en los años sesenta por la banda The Byrds: hay un tiempo para cada cosa. Y ahora, cuatro décadas después de aquellos acordes, acaba de comenzar un nuevo año que algunos ya contemplamos con cierta sensación de ecuatorialidad.

Haciendo balance del medio camino recorrido uno se da cuenta de que lo que ha aprendido y también de lo que ha olvidado. Porque si en la infancia y la juventud se adquiere la sabiduría de la curiosidad y el estudio teórico, la madurez parece dar paso a la ciencia de la experiencia práctica y la reflexión.

La experiencia es importante. "Más sabe el diablo por viejo que por diablo", proclama el refrán. Pero lo cierto es que su sabiduría sería incompleta si extirpásemos de su particular acervo todo lo que de diablillo tuvo en sus inicios. Además, también hay quien dice que la experiencia es un peine que te da la vida cuando ya te has quedado calvo, cita que en mi caso viene al pelo literalmente ;-)

Son los inconvenientes de que el tiempo sea, al menos de momento y a efectos prácticos, una dimensión de un solo sentido. Inconvenientes que ya reflejé en cierta carta, con el futuro como destinatario, que recojo ahora aquí convenientemente actualizada:

A mi futuro yo...

Dentro de 35 años, unas palabras en las que yo imagino tu existencia serán la ventana por la que tú contemplarás mi recuerdo. Te valdrás de las mismas lentes que en este borroso caleidoscopio de hoy sólo me permiten adivinar tu silueta. Con ellas construirás el telescopio nítido del mañana y observarás en él lo que soy. Ya para entonces, lo que fui.

Tú, que estás en el lado translúcido del cristal polarizado que nos separa, tendrás una privilegiada visión de mis problemas y circunstancias. Contarás con más conocimientos de los que yo dispongo pero —he aquí la cruel paradoja— nada podrás enseñarme, sino que habrás de aprender de mí.

Y en las costuras que, generación tras generación, van remendando las fisuras de la continuidad, encontrarás la máquina del tiempo que viaja en un solo sentido. Quizás esté oxidada. Tal vez necesites engrasarla para hacerla funcionar. Pero yo me he esforzado por ponerla a punto para ti. La llave te la dejo entre las páginas de este diario. Aunque eso, si no lo has olvidado, ya lo sabes... porque tú serás yo, dentro de 35 años.


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Trascender al mensaje

Paseando por la ciudad he descubierto que alguien ya está poniendo en práctica la misma técnica de subvertir la decoración urbana que ya describí en la idea sobre una hipotética campaña a favor del voto nulo, y que básicamente consistía en la adhesión de pegatinas redondas y coloradas sobre los rostros de los carteles publicitarios, haciendo uso de la comicidad para darle la vuelta al mensaje original.

Algunos movimientos similares, aunque de mayor concreción, han llegado a alcanzar cierta resonancia pública, como es el caso del cambio de los nombres de las estaciones en la red de metro de Madrid, o el especial adorno de los polémicos parquímetros con la figura del propio alcalde de la ciudad como principal protagonista.

Otro ejemplo, a nivel internacional, del que he podido encontrar muestras en alguno de los países por los que he viajado es el del virus urbano denominado "Invasores del Espacio" (haciendo alusión al antiguo videojuego Space Invaders).

La principal característica de estos actos es que rompen con la unidireccionalidad de la comunicación publicitaria más tradicional. Desde luego, puede haber controversia sobre si se trata de acciones de expresión creativa, reivindicativas, o simplemente vandálicas. A mi juicio ello depende en buena medida, y entre muchas otras cosas, de lo elegante que sea la ironía con la que estén planteadas.

Algo similar ocurre con la consideración social del graffiti. Pero no creo que se puedan (ni deban) meter en el mismo saco las burdas pintadas y rotulaciones que, expresando únicamente su propia zafiedad y sin abordar ninguna de las cualidades del arte, invaden y ensucian calles y espacios urbanos, junto con otras mucho más escasas obras que tal vez si pudieran llegar a merecer su integración en la decoración ciudadana, bien por ser herederas modernas de los clásicos trampantojos, o por aproximarse más a la categoría e inquietud artística que ya en su día exploraron talentos como el de Basquiat o la primitiva mano que pintó bisontes en los techos de Altamira.

Al fin y al cabo, también es desde hace miles de años que la humanidad, en el fatuo intento de trascender a su breve existencia, siente la necesidad de dejar su impronta allí por donde pasa; allí donde vive y donde muere.

Ejemplo de inquietante graffiti encontrado en las calles de Praga.


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Persona del año

Parece ser que la revista Time ha elegido como persona del año a todos los internautas que, de una manera u otra (activa o pasiva, anónima o declarada), participamos en el uso y construcción de nuevas estructuras y dinámicas digitales en la red.

Personalmente prefiero renunciar a la infinitésima fracción de dicho reconocimiento que puediera llegar a corresponderme. Al margen de que se premia la notoriedad más que el mérito, y de que no me sentiría demasiado cómodo en un hall de la fama por el que han pasado celebridades de dudosas inclinaciones éticas, no es mi ilusión ser personaje del año, sino individuo del día a día.


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