Firma digital

Por estas fechas se cumplen ya diez años desde la primera vez que empecé a firmar mis correos y mensajes electrónicos personales con el emoticono º L º (grado-ele-grado).

Desde entonces, este símbolo se ha convertido en mi fiel acompañante en el medio digital, y ha resultado ser tan adecuado que nunca he sentido la necesidad de actualizarlo.

Se podría decir que es una variante de smiley, pero lo cierto es que sonrisa tiene poca, pues carece de boca, lo que por otra parte es bastante representativo de mi habitual actitud callada y discreta.

La letra L es la inicial de mi nombre, pero incluso el conjunto entero se asemeja en su forma a mi propia fisonomía, pues consta de una napia generosa y la mirada actúa como centro expresivo de todo el rostro. Además, según la tipografía empleada, ocasionalmente los ojos pueden estar decorados con unas notables ojeras, dignas de ilustrar mi aspecto real en periodos de intenso trabajo o tras algún forzoso madrugón.

Con todo y con eso, a lo largo de esta década, esa caricatura sin labios ha firmado palabras de todo tipo. Unas bien dichas; otras equivocadas, y también alguna que nunca debió tomar forma. En general, ha protagonizado más dichas que lamentos y, sobre todo, si tú estás entre los que alguna vez han recibido un mensaje firmado con este luisicono, es porque has merecido tu inclusión en mi particular círculo de la cordialidad. Así pues, espero seguir repartiendo muchos más de estos en los años venideros.

Seguimos en contacto. Un saludo.

º L º


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Juguetes mecánicos

1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.

2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.

3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
(Las tres leyes de la robótica de Asimov-Campbell)

Estos días me han regalado un simpático Bender de hojalata que, además de aumentar mi pequeña colección de robots de juguete, ha servido para recordarme la importancia de mantener encendida la infantil llama del juego.

Mi modesta fascinación por estos engendros mecánicos probablemente estuvo inducida por toda la imaginería y carga audiovisual a la que estuvimos expuestos los niños de mi generación: desde Mazinger Z hasta la trilogía original de la Guerra de las Galaxias, pasando por películas más remotas como aquella entrañable "Naves Silenciosas", en la que los pequeños robots Huey, Dewey y Louie trabajaban aplicados en las nobles labores de la jardinería.

Es extensa la filmografía que ha contado con robots como protagonistas o actores secundarios. Unos de buen carácter, y otros terribles villanos, muchos de ellos se hicieron populares y recordados, como Robby del Planeta Prohibido, Gort de Ultimátum a la Tierra, María de Metrópolis, R2-D2 y C3-PO, Terminator, los Daleks que incordiaban al Doctor Who, El Gigante de Hierro, Johnny 5, etc.

Aproximadamente desde la Segunda Guerra Mundial, se han venido fabricando juguetes homólogos a los protagonistas de ese mundo de fantasía y ciencia ficción. Algunos de los más antiguos se han convertido ahora en raras y codiciadas piezas de coleccionismo.

Yo tengo algún modelo vintage de cierto valor histórico, pero sobre todo sentimental; y desde luego nada comparable a las extensas colecciones y museos que pueden verse por ahí. Los robots de juguete cuentan incluso con su propia isla.

Sea como fuere, la paradójica combinación de fría tecnología con las pretensiones de aspecto y humanidad que caracteriza a este tipo de máquinas, marcó en su día un interés en mí que quién sabe si no acabó dictando incluso mi propia especialización universitaria.

Eso sí, aunque en el salón de la fama de los robots del mundo real empiezan a figurar zoomorfos o antropomorfos como los AIBO o los ASIMO japoneses (humanoides que no están libres todavía de cometer algún que otro traspiés), el grueso del plantel lo forma un ejército de autómatas mucho menos bucólicos pero más prácticos, como los brazos SCARA.

Fotograma de la película "Naves silenciosas" (Silent running, 1972)


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Últimos instantes

(Entrada programada y publicada automáticamente)


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OVNI nº 2

Continuando con la serie de Objetos Visuales No Identificados, aquí va el segundo:

¿Qué crees que es el objeto de la fotografía? Si quieres ver la solución, sigue leyendo.

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Fortuita fortuna

Me acabo de enterar de que a uno de mis mejores amigos le ha tocado el premio gordo de la lotería de Navidad. Al margen de envidiarle abiertamente por la suerte de poder liquidar su hipoteca, me he alegrado profundamente porque es uno de esos casos en los que da la sensación de que el azar y la justicia, ambos ciegos, han logrado encontrarse a tientas.

Parece corroborarse que las probabilidades de este carismático sorteo son más asequibles. Yo mismo puedo comprender, más en calidad que en cantidad, la inesperada alegría de mi amigo, pues mi familia también pudo arañar un pequeño pellizco del gordo que hace algunos años se repartió por el barrio. En cualquier caso, de la popular terna, mi orden preferente sigue siendo salud-amor-dinero.

El décimo premiado de hoy procedía de Soria, que ha sido la gran afortunada. También me alegro por esa tierra, cuyos áridos paisajes y estepas castellanas ya me parecen un premio y querría llegar a disfrutar algún día más como habitante que como asiduo visitante. Prueba de ello son las fotografías mensuales de cabecera de este blog, tomadas en tranquilos lugares de esa provincia: Calatañazor, Caracena, Barahona de las brujas, Rello, etc.


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