Jueves, 22 de marzo de 2007 a las 23:38 - RAZONES
Aunque no recuerdo bien la fuente, probablemente fue algún afamado gurú de la motivación el que primero fabuló y relató la historia de un peregrino medieval que, a su paso por la capital de Francia, se encontró con una cuadrilla de hombres que trabajaban esforzados, golpeando sus metálicas herramientas contra la dura roca, en el marco de lo que parecía un nuevo gran proyecto urbanístico de la ciudad.
Tras detenerse a observar atentamente a tres de ellos, los cuales parecían estar realizando idéntica labor, se dirigió a uno de los hombres, que parecía bastante contrariado, y le preguntó: "Señor, ¿qué es lo que hacéis?", a lo que el trabajador, sin detenerse ni devolver la mirada, respondió de mala gana: "¿Acaso no lo veis? Estamos picando piedra".
A cierta distancia, un segundo hombre llevaba a cabo las mismas tareas, pero su semblante no mostraba signos de enfado. El peregrino se dirigió hacia él y le preguntó: "Señor, ¿qué es lo que hacéis?". El hombre dejó el pico por un momento, se secó con la mano el sudor de su frente y, mirando al peregrino sin aparente emoción contestó: "Estamos levantando una columna".
Un poco más lejos, un tercer hombre realizaba idénticas acciones, pero había algo en su actitud que irradiaba entusiasmo. Intrigado, el peregrino se aproximó hasta donde estaba y repitió la misma pregunta: "Señor, ¿qué es lo que hacéis?". El hombre, con una notoria sonrisa y grandes ademanes, dejó caer el pico agradecido y deseoso de poder entablar conversación. Mientras señalaba y movía sus manos, como intentando representar en el vacío una forma imaginaria, exclamó con vehemencia "¡Estamos construyendo la catedral de París!".
¿Y tú? en la analogía laboral que sugiere esta simplista moralina, ¿dentro de qué categoría te consideras? ¿Picas piedra? ¿Construyes catedrales? ¿O acaso es ya tal el cansancio de gastar el cincel en pos de ficticias iglesias de credos ajenos, que te das con un canto en los dientes y te conformas con imaginar que levantas alguna que otra columna, aquí y allá?
Sábado, 17 de marzo de 2007 a las 13:38 - RAZONES
Zipi y Zape están de enhorabuena pues, según parece, el Ministerio de Educación y Ciencia sigue adelante con algunos cambios en los sistemas de evaluación y calificación de los alumnos de la enseñanza secundaria, entre los que se incluye la cosmética desaparición del "cero" en las notas de los alumnos, que pasarán a ser calificados según una escala numérica del 1 al 10.
Aunque quizás yo no soy el más autorizado para criticar la medida, dado que en la votación de los artículos de este
blog tampoco se puede hacer uso del cero (fallo que atribuiré al software empleado ;-), lo cierto es que ésta parece otra de esas ridículas reformas que en lugar de atacar el trasfondo, se limita a la mera apariencia en una ilusoria pretensión igualitarista, que no ecuánime.
Si es verdad lo de que la educación ha de ser una preparación para la vida, creo que no se debería omitir a los que aún están en esa fase que el mundo real está lleno de importantes e insalvables ceros. Es más: que a menudo tal dígito se alza como triunfador, pues el planeta entero no parece sino un inmenso cero, grande y redondo, regido por pomposas nulidades e imperado por las incuestionables leyes de los ceros anotados a la derecha.
La
cifra de la nada nunca ha estado muy bien vista, pero de poco sirve desviar la mirada en un afán de esquivar su encuentro. Allí, al final del camino, nos espera inexorable.
Jueves, 8 de marzo de 2007 a las 23:58 - RAZONES
Y hablando de la dialéctica de la distorsión, no conviene olvidar que, probablemente, la persona que más fácilmente cae en el engaño propio es precisamente uno mismo. Ya sea por comodidad, por autoprotección, por miedo o por falta de confianza, a lo largo de la historia ni siquiera la ciencia ha escapado de caer ocasionalmente en las garras de la poderosa autosugestión.
Como relataba el singular físico
Richard Feynman al hablar del
principio de integridad científica o de honradez a ultranza, no siempre es fácil dar la totalidad de la información y no engañarse a sí mismo. El caso que ponía como ejemplo era el de la medición de la carga del electrón.
El 1909,
Robert Millikan ideó y llevo a cabo un famoso
experimento que le permitió medir la carga eléctrica de esta partícula subatómica. Hoy se sabe que el valor que obtuvo no era totalmente exacto y se apartaba un ligeramente del verdadero porque el valor de la viscosidad del aire era incorrecto. Ello no le quita valor al experimento de Millikan, cuyos méritos le valieron el Premio Nobel de Física de 1923.
La curiosa historia de autoengaños tiene que ver con los experimentos y mediciones posteriores a la suya, tal y como describen las propias palabras de Feynman (que también recibió dicho galardón varias decadas después):
"[...] Resulta interesante examinar la historia de las mediciones de la carga del electrón posteriores a la de Millikan. Si uno va representándolas gráficamente en función del tiempo, se observa que cada una es algo mayor que la de Millikan, y la siguiente, un poquito mayor que ésta, y la siguiente, un poquito mayor todavía, hasta que finalmente se estabilizan en un valor más alto que el primitivo.¿Por qué no se descubrió inmediatamente que el valor correcto era superior al de Millikan? Es una cuestión que avergüenza a los científicos —hablo de esta historia particular— porque salta a la vista que la gente hizo cosas como las que voy a explicar: cuando obtenían un valor que estaba demasiado por encima del de Millikan, pensaban que habían cometido algún error, y buscaban hasta dar con algo que les parecía que pudiera estar mal. En cambio, cuando obtenían un valor más cercano al de Millikan, no examinaban los resultados con tanta minuciosidad. De este modo fueron eliminando los valores que se desviaban demasiado y otras cosas por el estilo. Hoy ya nos sabemos estos trucos y no padecemos ese tipo de enfermedad.Pero esta larga historia de aprender a no engañarnos a nosotros mismos —de integridad científica a ultranza— es algo que, siento decirlo, no hemos incluido específicamente en ningún curso concreto del que yo tenga noticia. Nos limitamos a confiar en que sea adquirida por ósmosis."
Domingo, 25 de febrero de 2007 a las 19:55 - RAZONES
En la política, así como en las empresas y otros ámbitos de la vida, se denomina Síndrome de visibilidad al hecho de dejar a un lado proyectos necesarios pero de resultados difíciles de mostrar, en favor de otros menos costosos y de rédito más inmediato o aparente.
Llevada a la práctica sistemática, esta voluntaria ceguera ante horizontes más lejanos que la propia barriga provocaría un ciclo recurrente de
corto-plazismo en el que sólo se acometerían las acciones más "resultonas", de cara a satisfacer con la mayor de las inmediateces al electorado o a los accionistas. Otros proyectos, tan o más importantes y rentables pero de más largo fiar, quedarían fuera del escritorio de trabajo, condenados al ostracismo.
Algo parecido vendría a retratar la
Teoría de la Elección Pública, cuyo máximo representante, el
Nobel de Economía de 1986
James M. Buchanan, escribía en los años setenta:
"Podría argumentarse que los ciudadanos han llegado a esperar pan y circo de sus políticos. Si sus políticos no ofrecen tales cosas, elegirán a otros políticos en su lugar. En vista de estas perspectivas, hay pocos políticos dispuestos a negarse a ofrecer pan y circo. Después de todo, ¿no es más agradable cumplir que rechazar los deseos de su electorado? Es mucho más satisfactorio dar que rechazar, especialmente si no es necesario contar con el coste de la dádiva. ¿A quién no le gustaría desempeñar el papel de Santa Claus? Cuando un ciudadano particular no puede o no quiere rechazar estos deseos, sin embargo, es él quien debe soportar el coste de sus acciones. Los políticos, no obstante, actúan por todo el electorado. Su locura es nuestra locura."
Miércoles, 21 de febrero de 2007 a las 21:38 - RAZONES
Invierte todos tus ahorros en Steorn; estoy convencido de que será un negocio casi tan rentable como vender helio al peso.
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