Sortilegio

Una pequeña bruja, de cuya hechizería soy cautivo desde un solsticio de verano, me dijo en una ocasión:


Decidida a encontrar el sentido de la vida,
resolví desvelar mi pócima escondida:

Con un poco de
sarna con gusto,
pájaro en mano,
tres en un burro y
ave que no vuela,
sólo consegirás sentirte
como una mona vestida de seda.

Con una pizca de
perro flaco,
caballo regalado,
burro grande y
pan con pan,
conseguirás echar
pelillos a la mar.

Algo de
ojos que no ven,
oídos sordos,
pan para hoy y
mala hierba,
te darán la felicidad
de la mujer eterna.

Con
perro ladrador,
zorro dormilón,
mano dura y
piojo en costura
serás genio y figura
hasta la sepultura.

Con
hábito de monje,
grajo que vuela bajo,
cabra que tira al monte y
barbas de tu vecino
sólo conseguirás llorar
lágrimas de cocodrilo.

A todo aquel que mi conjuro no quiera seguir,
dos tazas de este caldo le habrán de servir.


Campaña a favor del voto nulo

Hace tiempo me prometí a mí mismo preocuparme por los políticos en recíproca proporción a lo que ellos se interesan por mí, es decir: nada. Pese a ello, resulta difícil abstraerse de algunos de sus aullidos si todavía le queda a uno algo de sangre en las venas. Al fin y al cabo, carecer de interés por los hidrocarburos tampoco exime de tener que respirarlos todos los días.

A estas alturas, mis conclusiones sobre las dimensiones del espacio político vienen a resumirse en la constatación de que, para salir adelante o quedarse atrás, la verdadera diferencia no la marca la izquierda ni la derecha, sino el hecho de quién está arriba y quién abajo.

Esto me lleva a plantearme qué alternativas le quedan a un sencillo individuo como yo, disconforme con la creciente politicastritis y, por otra parte, descreído de revoluciones utópicas. Considerando las reglas del juego, una de las opciones podría ser el voto nulo.

El voto nulo voluntario es una forma de abstención activa, que a diferencia de la abstención pasiva, se ajusta al cumplimiento de un deber ciudadano pero incorpora un elemento de protesta. Es además muy diferente del voto en blanco, pues no es legítimo, sino irregular, y expresa una discrepancia formal con las normas. No forma parte del sufragio válido, pero sí del sufragio emitido.

El voto nulo puede correr el riesgo de confundirse con un error involuntario o con un analfabetismo técnico a la hora de ejercer el derecho democrático. Pero hay formas de hacer constar claramente la diferencia, y quizás también las habría de evitar la consideración minoritaria de esta opción, que suele diluirse en la saca junto al resto de abstenciones de naturaleza muy diferente.

No creo ser el único con desilusión respecto a las opciones políticas y, a mi juicio, esta opinión compartida podría alcanzar un poco más de significación con algo de coordinación. Es evidente que el voto nulo pocas veces ha gozado del derroche de medios propagandísticos y publicitarios de las candidaturas partidarias. No cuenta, ni necesita contar con la maquinaria o el apoyo económico de lobbies o poderosos grupos de interés. Si, partiendo de los propios votantes, se hiciera campaña en favor del voto nulo, la dinámica tendría que ser muy diferente.

Mi idea para aportar a esa hipotética campaña sería precisamente el aprovechamiento del despliegue de medios de las candidaturas regulares para modificar el mensaje y enviar una señal de alarma desde la ciudadanía. Bastaría con imprimir o fabricar una serie de pegatinas circulares de distintos tamaños, con un fondo de color rojizo o anaranjado y con la inscripción "VOTO NULO", sin más soflamas, tal y como se muestra en las ilustraciones que acompañan a este articulo.

La fabricación podría incluso ser totalmente artesanal (con unas tijeras, algo de cartulina, un rotulador y adhesivo), por parte de cualquiera interesado en apoyar este movimiento. No habría necesidad de respetar directrices estrictas de diseño o tipografía corporativa; tan sólo conservar la sencillez y asepsia del mensaje.

La finalidad de estas etiquetas redondas sería acabar adheridas en las propias narices, figurada y literalmente, de las fotografías de los candidatos en sus carteles electorales originales. Lo ideal sería evitar discriminaciones y no privar de este particular maquillaje a los candidatos de uno u otro signo, que lucirían tan interesantes como los de este ejemplo:

Considero que una campaña como esta respetaría el ámbito de una educada e irónica corrección (sobre todo teniendo en cuenta a lo que nos tienen acostumbrados los políticos profesionales). El único que, con algo de razón, podría reaccionar con suspicacia sería el gremio de los payasos. Me adelanto a pedirles disculpas por el agravio comparativo y apelo a su comprensión del verdadero mensaje, que no es otro sino denunciar la impunidad de la falsedad en la actuación de quienes, día tras día, hacen un circo de la democracia.


Tusitala

Ayer acudí al estreno en público de una amiga cuentocuentista y quiero aprovechar para felicitarla por su buen hacer (¡a ver cuándo repites, Silvia!), pero sobre todo por esa búsqueda permanente de actividades que den color a esta existencia nuestra, tan tendente a empañarse siempre de gris monotonía.

En cuanto al tema de los cuentos, ¿quién se atreve a asegurarnos que no estamos siendo protagonistas de una completa fábula vital? Hay quien cree en los cuentos con presentación, nudo y desenlace, o en los cuentos cuya única finalidad es culminar con un final de impacto y sorpresa, como los de Poe. Otros se oponen a esta estrategia y apuestan por los cuentos descriptivos, meros pasajes de la naturaleza, viva o muerta, pero indiferente en cualquier caso.

Cuentos de realidad y de ficción. Cuentos cortos, cuentos largos y cuentos infinitos como el de aquella endiablada y depreciada botella de Stevenson, el Gran Tusitala. Cuentos de autor y cuentos anónimos. Cuentos de personajes famosos y cuentos de misteriosos desconocidos...

Cuento de la muchacha sin nombre

Érase una vez
una muchacha sin nombre
que sembró de orégano el monte,
pintó de blanco los mirlos
y de negro los tulipanes.

Y al acabar el día durmió,
feliz por su efímera obra
que nadie vio,
que nadie cree,
que todos soñamos.

Perteneciente a la colección "Las margaritas impares" (2001)


Estrategias oblicuas

Hacia 1975, el músico e ingeniero de sonido Brian Eno (que entre otros méritos tiene el de haber acuñado el término Música Ambient o el de haber creado una de las melodías más reproducidas de todos los tiempos: el sonido de arranque de los sistemas operativos Windows 9x de Microsoft), junto con su amigo y pintor Peter Schmidt, publicó (en serie limitada) una baraja de cartas denominada Estrategias Oblicuas.

Las cartas recogían, en forma de sugerentes frases, un conjunto de principios básicos para fomentar la inspiración en el trabajo creativo. Cada carta contenía una estrategia que, extraída al azar de entre el mazo, proporcionaba una pista o sugerencia para escapar de un posible bloqueo de ideas. Las estrategias oblicuas no sólo representan una recopilación de conocimiento en cuanto a procedimientos artísticos, sino que además tienen similitud, en su aleatoriedad e inspiración basada en el lenguaje, con otras técnicas creativas.

He incluido aquí mi propia simulación de las Estrategias Oblicuas, que contiene réplicas de las inspiraciones originales, indicando para cada una de ellas en cuál o cuáles de las cuatro ediciones oficiales estaba presente. Para probarlo sólo tienes que hacer clic en esta baraja virtual:


Antónimos equivocados

Lo contrario de subir no es bajar, sino estar parado.

Lo contrario de querer no es odiar, sino olvidar.

Lo contrario de llorar no es reir, sino estar muerto.