Bugs

Hace unos días mencioné la asentada omnipresencia de los errores en la informática; una situación extrapolable, en general, a casi todos los productos de software y hardware de cierta complejidad tecnológica.

En el argot de la computación, a estos errores se los conoce como "bugs" ("bichos" en inglés), heredando una etimología que ya se venía usando en otros campos de la ingeniería al menos desde el siglo XIX y que, en el caso de la informática, se vio ciertamente reforzada a mediados del siglo XX cuando los ordenadores electromecánicos que ocupaban grandes salas fallaban a veces a causa de bichos reales, como aquella polilla del Mark II que pasó a la posteridad.

Parientes cercanos de los Gremlins, los bugs de software también tienden a esconderse de la luz, ocultándose y haciendo difícil su detección mientras permanecen agazapados para aparecer, en forma de fallos y comportamientos imprevisibles, cuando uno menos se lo espera. Alan M. Turing, uno de los padres fundadores del gremio, ya advirtió de la caótica y perversa complejidad de sistemas aparentemente simples en los que entran en juego unas pocas reglas elaboradas.

Debido a su apelativo, algo cariñoso y ya bastante familiar, existe el riesgo de subestimar su capacidad devastadora. Hay quien opina que si los defectos del software se denominasen "bombas de relojería" en lugar de "bugs", la predisposición a acotarlos y limitar su propagación por parte de los equipos y empresas desarrolladoras sería mucho más adecuada.

Y la verdad es que no parece descabellado teniendo en cuenta que la ubicuidad del software va más allá nuestro doméstico editor de textos o nuestra aplicación web favorita, sino que ha tomado ya el control de sistemas y procesos mucho más críticos en los que un pequeño error puede tener graves e incluso letales consecuencias.

Aviones estrellados, misiones espaciales fracasadas estrepitosamente, apagones energéticos y de comunicaciones, sobredosis letal de radiación en pacientes de cáncer, fallecimientos por deficiencias del sistema de envío de ambulancias e incluso alertas de seguridad nacional propias de la película Juegos de Guerra. Estas y otras muchas historias terroríficas (más de un centenar) aparecen recopiladas en Software Horror Stories. Todo un manifiesto para no tomarse esta ciencia a la ligera.


Círculos viciosos

La Wikipedia define el dialelo o círculo vicioso como el argumento circular (la pescadilla que se muerde la cola) empleado en el intento de probar una cosa mediante otra, y la segunda mediante la primera.

Esa reciprocidad en bucle, aunque a menudo se esgrime en defensa de falacias (de índole política, las más de las veces), también puede ser reflejo de una realimentación verdadera. Curiosamente, el ejemplo de Wikipedia para este último caso es uno que recientemente nos está resultando bastante familiar: «Baja la bolsa porque se asustan los inversores, y se asus­tan los inver­sores por­que baja la bolsa.»

Pero no suelen ser precisamente los accionistas ni grandes inversores los que más sufren las viciadas circularidades. Los países y poblaciones subdesarrollados, por ejemplo, suelen padecer la coyuntura de varios círculos enquistados en su contra:

Círculos viciosos del subdesarrollo

En tales y tan desdichadas circunstancias, se manifiestan tres grandes castas de bucles realimentados, correspondientes a los círculos viciosos económico, cultural y demográfico. Por si fuera poco, estos efectos se solapan entre sí formando lazos cruzados y reforzando las sinergias negativas del conjunto.

Como los bucles infinitos, los procesos viciados de esta manera sólo pueden romperse con la injerencia de agentes o factores externos al sistema. Lamentablemente y para colmo de males, como explica Juan Carlos Martínez Coll, los países menos desarrollados cuentan con algunos impedimentos adicionales como barreras de entrada a las aportaciones de cultura y capital desde el exterior.

Desde una perspectiva aún más global, también parece ineludible la existencia permanente en el mundo de otro círculo vicioso y reiterativo. Se trata de un ciclo que ha venido repitiéndose de forma inexorable desde el origen de los tiempos, sin que ninguna generación haya logrado aprender a esquivarlo por completo. Pete Seeger ya lo describió con lírica pero acertada sencillez en su florido himno de 1961.


Crack

Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: «¡la broma ha terminado!» Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo... Se suicidó."Groucho y yo" (Groucho Marx, 1959)


El cielo de Madrid

Hoy me he encontrado de casualidad con esta vieja postal de la Gran Vía madrileña, fotografiada desde una de sus más destacadas alturas de la época.

La Gran Vía de Madrid desde el Edificio Telefónica

Me ha hecho gracia la imagen porque recientemente he podido disfrutar de esa misma perspectiva en varias ocasiones, desde las elevadas ventanas de una pomposa sala de reuniones en el Edificio Telefónica, llevado allí por motivos laborales que no vienen al caso (dicen que no hay cielo sin purgatorio para los pecadores rasos ;-).

Mi compañera Laura, de ancestros felinos como yo, ha puesto alguna foto en su blog "De Madrid al cielo", de recomendable visita tanto para gatos con pedigrí como para foráneos recién llegados, ya se tenga un vínculo permanente o un mero interés circunstancial en esta ciudad que, como diría Antonio López, bonita, lo que se dice bonita, no es... Pero tiene el irracional atractivo del despropósito.


Atribuciones y competencias de la Informática

Descubrí que escribir software era mucho más difícil que cualquier otra cosa que había hecho en mi vida. Tenía que mantener tantas cosas a la vez en mi cabeza que no podía dejarlo ni empezar nada más.(Donald Knuth)

Hoy ha tenido lugar una huelga y manifestación de informáticos como acto visible de protesta y reivindicación del estatus de la profesión frente a las decisiones y consecuencias del Proceso de Bolonia.

En el fondo de la cuestión se mezclan varios asuntos. Alguno de ellos viene peleándose de largo, como es el caso de la reivindicación de atribuciones profesionales, la equiparación al nivel de otras ingenierías, o el agravio comparativo en cuanto a la situación regulada de otras profesiones.

Desde mi perspectiva personal, como ingeniero industrial trabajando en el área de las tecnologías de la información, no estando de acuerdo con la excesiva regularización de las profesiones (que no deja de ser una medida de proteccionismo gremial con orígenes mucho más prosaicos que el pretendido ascetismo profesional), y siendo poco creyente (cada vez menos) de la meritoriedad de las universidades como avales del talento y la profesionalidad individual, sí que me gustaría, sin embargo, solidarizarme y romper una lanza en favor de una cuestión de fondo que aunque no se menciona directamente, creo que está presente en el corazón de esta marcha: la lucha por la dignidad de una profesión.

La ubicuidad de los sistemas y tecnologías de la información crece día a día, alcanzando todos los ámbitos y sectores. Llegará el momento (si no ha llegado ya) en el que de sistemas de software y ordenadores dependan aspectos críticos para la integridad de las personas tanto o más que en el caso de la construcción de edificios o puentes, para los cuales el arquitecto o ingeniero que firma el proyecto puede pagar con responsabilidad civil e incluso penal en el caso de existir imprudencias y errores con consecuencias.

Uno de los muchos problemas de la informática es que la presencia del error (a veces incontrolable, pero la mayoría de las veces resultado de la mala planificación y ejecución de los proyectos) se ha hecho tan familiar que se asume como algo propio e inherente a la profesión misma, dando lugar a paradojas como convertirlo en un sello de "calidad" innovadora, o propagando su leyenda a la sociedad en forma de truculentas historias de errores informáticos tan listos como para plagiar a Danielle Steel y echarle las culpas a Ana Rosa Quintana.

Otro de los problemas es la fatua deducción a partir de la ubicuidad de los ordenadores en la vida moderna, de la existencia de una transversalidad generalizable en el conocimiento profundo de su ciencia. En su última entrevista en vida, Randy Pausch (autor de la emotiva "última lección"), defendía el nombre de "Informática" o "Ingeniería de la Información" frente a "Ciencias de la Computación" (la "Computer Science" predominante en el mundo anglosajón) por considerarlo más adecuado a la cultura de la disciplina. Yo estoy de acuerdo con él, porque desde mi punto de vista la informática no sólo trata de ordenadores, sino que engloba el concepto mucho mayor de Información, con el tremendo grado de complejidad que implican su entendimiento, análisis, diseño e implementación real.

Una tercera pandemia, aunque no exclusiva del sector, es la abundancia de modelos de negocio basados en la prolongación de servicios en lugar de en la ejecución de proyectos con principio, fin, y el objetivo de generar productos de calidad. Es decir, a menudo la mayor rentabilidad de una empresa no procede del desarrollo de un buen producto, sino del mero hecho de perpetuar el proceso cobrando al cliente por la mayor cantidad posible de recursos aparentes y, de puertas adentro, empleando la menor cantidad posible de recursos reales.

En resumen, les deseo suerte a los manifestantes. Otros "intrusos" del sector no comparten mi opinión y parecen sentirse amenazados en el plano de la competencia laboral con las legítimas reivindicaciones de los informáticos de carrera. Personalmente no veo incompatibilidad en la convivencia, y creo que el beneficio colectivo del reconocimiento y regulación de la profesión (no tanto en el sentido de colegiaturas proteccionistas como en el de asunción de competencias y responsabilidades) puede ser mayor que cualquier inconveniente.

Manifestación de informáticos frente al Ministerio