Programando sin ordenador

Computer Science Unplugged es un interesante proyecto donde han recopilado una serie de actividades didácticas para enseñar los fundamentos de la informática sin necesidad de usar un ordenador, sino con cartas, cuerdas, pizarra y tizas y otros elementos de baja tecnología.

Las actividades están dirigidas sobre todo a niñas y niños de primaria, pero son perfectamente aptas para gente de todas las edades (y a más de un adulto no le vendría nada mal repasarlas). Mediante juegos y puzzles se explican conceptos como los números binarios, algoritmos y lenguajes, compresión de datos, búsqueda, criptografía, y hasta el test de Turing.

Lo interesante es que viene a reforzar la visión, que yo comparto y defiendo, de que la informática no trata de ordenadores (o al menos no exclusivamente) sino de información.

Actividades para enseñar/aprender informática sin ordenador


Cántaros rotos

Los cántaros, cuanto más vacíos, más ruido hacen(Alfonso X 'el Sabio')

En esta crisis que se cierne sobre nosotros, si hay algo que pueda considerarse positivo (o menos malo), sin duda es el hecho de que va a devolver buena parte de la cordura perdida durante la vorágine de las expectativas infladas. Centrándose en un ejemplo muy particular, Fuckowski lo cuenta con cómica contundencia.


Bugs

Hace unos días mencioné la asentada omnipresencia de los errores en la informática; una situación extrapolable, en general, a casi todos los productos de software y hardware de cierta complejidad tecnológica.

En el argot de la computación, a estos errores se los conoce como "bugs" ("bichos" en inglés), heredando una etimología que ya se venía usando en otros campos de la ingeniería al menos desde el siglo XIX y que, en el caso de la informática, se vio ciertamente reforzada a mediados del siglo XX cuando los ordenadores electromecánicos que ocupaban grandes salas fallaban a veces a causa de bichos reales, como aquella polilla del Mark II que pasó a la posteridad.

Parientes cercanos de los Gremlins, los bugs de software también tienden a esconderse de la luz, ocultándose y haciendo difícil su detección mientras permanecen agazapados para aparecer, en forma de fallos y comportamientos imprevisibles, cuando uno menos se lo espera. Alan M. Turing, uno de los padres fundadores del gremio, ya advirtió de la caótica y perversa complejidad de sistemas aparentemente simples en los que entran en juego unas pocas reglas elaboradas.

Debido a su apelativo, algo cariñoso y ya bastante familiar, existe el riesgo de subestimar su capacidad devastadora. Hay quien opina que si los defectos del software se denominasen "bombas de relojería" en lugar de "bugs", la predisposición a acotarlos y limitar su propagación por parte de los equipos y empresas desarrolladoras sería mucho más adecuada.

Y la verdad es que no parece descabellado teniendo en cuenta que la ubicuidad del software va más allá nuestro doméstico editor de textos o nuestra aplicación web favorita, sino que ha tomado ya el control de sistemas y procesos mucho más críticos en los que un pequeño error puede tener graves e incluso letales consecuencias.

Aviones estrellados, misiones espaciales fracasadas estrepitosamente, apagones energéticos y de comunicaciones, sobredosis letal de radiación en pacientes de cáncer, fallecimientos por deficiencias del sistema de envío de ambulancias e incluso alertas de seguridad nacional propias de la película Juegos de Guerra. Estas y otras muchas historias terroríficas (más de un centenar) aparecen recopiladas en Software Horror Stories. Todo un manifiesto para no tomarse esta ciencia a la ligera.


Círculos viciosos

La Wikipedia define el dialelo o círculo vicioso como el argumento circular (la pescadilla que se muerde la cola) empleado en el intento de probar una cosa mediante otra, y la segunda mediante la primera.

Esa reciprocidad en bucle, aunque a menudo se esgrime en defensa de falacias (de índole política, las más de las veces), también puede ser reflejo de una realimentación verdadera. Curiosamente, el ejemplo de Wikipedia para este último caso es uno que recientemente nos está resultando bastante familiar: «Baja la bolsa porque se asustan los inversores, y se asus­tan los inver­sores por­que baja la bolsa.»

Pero no suelen ser precisamente los accionistas ni grandes inversores los que más sufren las viciadas circularidades. Los países y poblaciones subdesarrollados, por ejemplo, suelen padecer la coyuntura de varios círculos enquistados en su contra:

Círculos viciosos del subdesarrollo

En tales y tan desdichadas circunstancias, se manifiestan tres grandes castas de bucles realimentados, correspondientes a los círculos viciosos económico, cultural y demográfico. Por si fuera poco, estos efectos se solapan entre sí formando lazos cruzados y reforzando las sinergias negativas del conjunto.

Como los bucles infinitos, los procesos viciados de esta manera sólo pueden romperse con la injerencia de agentes o factores externos al sistema. Lamentablemente y para colmo de males, como explica Juan Carlos Martínez Coll, los países menos desarrollados cuentan con algunos impedimentos adicionales como barreras de entrada a las aportaciones de cultura y capital desde el exterior.

Desde una perspectiva aún más global, también parece ineludible la existencia permanente en el mundo de otro círculo vicioso y reiterativo. Se trata de un ciclo que ha venido repitiéndose de forma inexorable desde el origen de los tiempos, sin que ninguna generación haya logrado aprender a esquivarlo por completo. Pete Seeger ya lo describió con lírica pero acertada sencillez en su florido himno de 1961.


Crack

Luego, un martes espectacular, Wall Street lanzó la toalla y sencillamente se derrumbó. Eso de la toalla es una frase adecuada, porque por entonces todo el país estaba llorando. Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron doscientos cuarenta mil dólares (o ciento veinte semanas de trabajo, a dos mil por semana). Hubiese perdido más pero era todo el dinero que tenía. El día del hundimiento final, mi amigo, antaño asesor financiero y astuto comerciante, Max Gordon, me telefoneó desde Nueva York. [...] Todo lo que dijo fue: «¡la broma ha terminado!» Antes de que yo pudiese contestar el teléfono se había quedado mudo... Se suicidó."Groucho y yo" (Groucho Marx, 1959)