Monos que pintan y pintamonas

Media docena de monos, provistos de máquinas de escribir, producirá en unas cuantas eternidades todos los libros que contiene el Museo Británico.(Variante del Teorema de los infinitos monos)

Cada cierto tiempo aparece, en los telediarios o en los periódicos, alguna noticia sobre orangutanes, elefantes y otros animales que parecen demostrar habilidades artísticas cuando se les proporciona un lienzo y un pincel (convenientemente adaptados a su anatomía).

Uno de los casos más famosos fue el del chimpancé Congo, quien, apadrinado por Desmond Morris (autor, entre otros libros, del conocido "El mono desnudo"), se convirtió en un afamado pintor durante la década de los cincuenta del pasado siglo, contando incluso con ilustres defensores de su arte, como Pablo Picasso.

Estos casos ponen de manifiesto la importante dosis de subjetividad que existe en la apreciación de esa delgada y borrosa frontera que separa lo que es y lo que no es arte. Personalmente, yo no estoy de acuerdo con la manida máxima de que TODO sea o pueda ser arte, o de que todo el mundo sea artista en cierta medida, incluso sin pretenderlo. No creo que sea así, al menos simultáneamente y desde un mismo punto de vista. Se podría argumentar, de manera informal, que si fuese de ese modo, la propia palabra "arte", por implícita, carecería de significado. Bien es cierto que lo que unos pueden entender por arte, otros no lo incluirían en ese concepto y, claro, reuniendo las opiniones y gustos de todo el mundo, al final cualquier cosa podría llegar a ser arte para alguien en algún momento. Pero no se trata de eso.

Probablemente, cualquiera de nosotros, aunque seamos incapaces de expresar en palabras o de hacer entender a los demás nuestro particular concepto de arte, podemos reconocerlo perfectamente cuando lo encontramos. No obstante, tratando de dar una definición más formal de mi percepción del asunto, he encontrado cinco aspectos que considero indispensables para considerar una obra como arte. Los describo a continuación:

Una información exacta

Creo que fue en algún texto de Martin Gardner (aunque mi recuerdo es difuso y agradecería que alguien me pudiera confirmar o refutar los detalles) donde hace ya bastante leí la historia de un explorador extraterrestre que llegaba de visita a nuestro planeta con el noble propósito de recopilar todo el saber y conocimiento humano.

La metodología del singular visitante se basaba en transcribir cada libro, cada documento y cada pieza de información existente sobre la faz de la Tierra, codificando sus caracteres mediante un equivalente numérico y encadenando estos dígitos en una larguísima ristra de cifras, como por ejemplo: 72948105483264...

Después de haber codificado todo el acervo cultural de nuestra especie obteniendo una cadena de números de longitud nada despreciable, se limitaba a añadir un cero y una coma decimal al principio de la misma (0,72948105483264...). Acto seguido, tomaba una pequeña vara de cierta longitud (digamos L) y con un pulso firme realizaba una delgadísima muesca justo en el punto infinitesimal en el que ésta dividía la longitud del palo en la proporción exacta indicada por la ristra completa de cifras. De esta forma, todo el conocimiento humano quedaba condensado en un simple trazo, ocupando un mínimo espacio y carga en el vehículo espacial de este extraterrestre recolector de información.

La técnica de este original cuento toparía en la práctica con las limitaciones inherentes no sólo a la exactitud y precisión de los instrumentos que sería necesario utilizar para medir y marcar la varilla, sino a la propia estructura de la materia, pues ni siquiera alcanzando el nivel atómico nos daría capacidad para registrar el contenido de un ejemplar del B.O.E.


Lo absurdo cotidiano

Recientemente, los trenes de cercanías de la liberalizada Renfe, han comenzado a exhibir, sin vergüenza ninguna, algunos accesorios de emergencia como el que muestra la fotografía de la derecha.

La primera vez que lo vi, llegué a dudar de si se trataba de un texto cómico perteneciente a la campaña que promociona la lectura decorando los vagones con extractos de libros de diversos autores consagrados de la literatura hispana. Pero no; pronto comprendí que tal pieza sólo podía ser obra de algún genio mayor que todos ellos.

Ahora mi única curiosidad es averiguar si, detrás cada opaco cristal, habrá realmente un martillo o, para reducir costes, Renfe se habrá limitado a dejar una nota diciendo algo así como: "Sírvase usted romper el resto de cristales con la misma parte de su anatomía que haya empleado para quebrar este primero."

Bromas aparte, se supone el truco de esta trampa recursiva es que el cristal protector del martillo rompecristales es más frágil (eso espero) que los cristales de las salidas de emergencia del convoy, que son a los cuales está destinado el utensilio.

Lo que parece claro es que hay un pequeño defecto de usabilidad, palabra de nuevo cuño que me gusta casi tan poco como a Juan José Millás. Coincido con su artículo en que hay cosas más importantes y no todo en esta vida es abrir latas, pero también creo que hay ocasiones en las que es necesario abrirlas, y será mejor facilitar el proceso. Más aún cuando la cuestión ya no sea abrir latas, sino algo de mayor riesgo para la propia salud.

Además, teóricamente el estudio de la usabilidad se ocupa de evitar que tengamos que invertir pensamientos adicionales en los usos y objetos cotidianos, de modo que podamos destinar toda nuestra dedicación intelectual a ideas de más trascendencia. Sobre esto creo que podrían acabar coincidiendo el señor Millás y los profesionales de la interacción.

Todas estos temas quedan muy bien retratados en un libro ya clásico que, a pesar de sus casi veinte años de vida, no ha perdido nada de actualidad. Me refiero a "La psicología de los objetos cotidianos", de Donald A. Norman (Editorial Nerea, ISBN 84-89569-18-5).

En él se habla (a mi juicio con más fortuna de términos) de visibilidad y topografía entre lo que uno quiere hacer y lo que parece ser posible; es decir, la correspondencia entre las funciones o usos de un objeto/sistema y su interfaz o elementos de control.

Facilitar el uso de las cosas es, por tanto, conseguir que los objetos sean autoexplicativos a través de relaciones significativas entre su naturaleza y su forma, desplazando el conocimiento que se halla en la cabeza (memoria) y logrando que la información esté contenida en el propio mundo exterior.


El hombre binario

Una vieja ilustración para comenzar el mes de diciembre: adaptación del "Hombre de Vitruvio" de Leonardo da Vinci al mundo digital, realizada para la portada de la revista de la feria de la ingeniería Indumática 2002.

Lo del fondo es un disco de código Gray código binario, empleado habitualmente como sensor y codificador de posición en elementos rotatorios de robots y otras máquinas.


Economizando

En la primera clase de teoría económica, durante mi paso por la universidad, me contaron que la economía estudiaba la distribución de los recursos, que son escasos (al menos aquellos de los que se ocupa esta ciencia social), y sus diferentes usos o aplicaciones para satisfacer las distintas necesidades humanas, que son ilimitadas.

A veces me parece que, en no pocos casos, la tendencia económica actual consiste más bien en hacer negocio menguando artificialmente la disponibilidad de ciertos bienes, por un lado, y propiciando en los consumidores potenciales la inflamación de necesidades ficticias, por otro.

Considerando cubiertas las necesidades más básicas (si se es lo suficientemente afortunado), de los dos posibles caminos hacia la persecución de la felicidad: por expansión de propósitos o por contracción de necesidades, siempre me ha parecido que el segundo era el más sensato.

Aunque hay días en los que incluso parece complicado pretender una vida sencilla, mientras la decisión en este cruce de caminos siga siendo una elección personal y no una imposición externa, mantendré la esperanza.