Viernes, 12 de enero de 2007 a las 05:52 - PALABRAS
Buscábamos la verdad y nos ofrecieron veracidad.
Nos conformamos con la veracidad pero nos dieron verosimilitud.
Creímos la verosimilitud, mas la tornaron en falacia.
Aceptamos la falacia y henos aquí en la mentira.
Y así, gradualmente acostumbrados, ni siquiera nos sentimos engañados.
Miércoles, 10 de enero de 2007 a las 05:21 - ESPACIOS
Martes, 9 de enero de 2007 a las 07:58 - RAZONES
Poner huevos de oro fue la virtud y la desdicha de aquella famosa gallina que protagonizaba la fábula rimada de Samaniego. Pues bien, resulta que también son áureos los huevos puestos por las gallinas comunes, aunque en este caso no por tener esa apreciada composición metálica, sino por sus proporciones y geometría.
El
número de oro, o
sección áurea, es un valor o razón numérica (Phi = 1,618033988...) que teóricamente indica la relación proporcional más estética y equilibrada que han de cumplir dos dimensiones desiguales entre sí.
Valorado desde la antigüedad como criterio de composición en el mundo del arte (arquitectura, pintura, música...), dicho número posee interesantes propiedades, y se ha observado su presencia en muchos elementos de la naturaleza, como en la espiral interior de los caracoles, en la disposición de los pétalos de las flores, en la relación entre la talla y la altura del ombligo de una persona, e incluso en algunos aspectos del diseño gráfico de

ntropía.
Existen otras relaciones mórficas reconocidas, como el
número plástico (o
número de plata), pero sin duda la sección áurea es la más conocida y popular. Volviendo al caso del huevo de gallina, el número de oro se revela en sus proporciones según lo ilustrado en la figura que acompaña a este artículo. Esa forma le confiere algunas
mágicas propiedades, como la capacidad de soportar, sin romperse, grandes presiones aplicadas perpendicularmente en sus extremos, porque las fuerzas se distribuyen y equilibran como en los arcos y cúpulas arquitectónicas.
Sobre la geometría de este particular
zigoto ya hubo novelada controversia, pues en "
Los viajes de Gulliver" se relataban las discusiones entre
extremistas mayores y
extremistas menores, que enfrentaban a las naciones de Blefuscu y Lilliput por insistir unos y otros en la conveniencia de romper el huevo cocido de su desayuno bien por la parte roma o bien por la aguda. Parte de dicho enfrentamiento subyace incluso hoy en día en otros ámbitos más
cibernéticos, como las eternas argumentaciones entre defensores de ordenadores
Mac y PC.
En resumidas cuentas, seguimos sin saber qué fue antes: si el huevo áureo o la gallina arquitecta. Lo único que sí parece claro es que, con la desmesurada subida de los precios un año más, el
Sistema Internacional debería adoptar de una vez por todas el
Huevo como unidad de medida de lo cara que está la vida (yo diría que aún de oro se quedaría corto).
Lunes, 8 de enero de 2007 a las 07:52 - ESPACIOS
Las cebras no son blancas con rayas negras, sino negras con rayas blancas.
(De la cubierta del nº 0 del extinto fanzine Dodo, 1995)
Cebra del parque natural de Cabárceno en CantabriaAdemás, no es que las cebras hayan desarrollado sus rayas en una evolución desde su antepasado común con los caballos, sino que éstos últimos son descendientes que las han perdido.
Domingo, 7 de enero de 2007 a las 07:59 - IMPULSOS
1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
2. Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.
3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
(Las tres leyes de la robótica de Asimov-Campbell)

Estos días me han regalado un simpático
Bender de hojalata que, además de aumentar mi pequeña colección de
robots de juguete, ha servido para recordarme la importancia de mantener encendida la infantil llama del juego.
Mi modesta fascinación por estos engendros mecánicos probablemente estuvo inducida por toda la imaginería y carga audiovisual a la que estuvimos expuestos los niños de mi generación: desde
Mazinger Z hasta la trilogía original de la
Guerra de las Galaxias, pasando por películas más remotas como aquella entrañable "
Naves Silenciosas", en la que los pequeños robots
Huey,
Dewey y
Louie trabajaban aplicados en las nobles labores de la jardinería.
Es extensa la
filmografía que ha contado con robots como protagonistas o actores secundarios. Unos de buen carácter, y otros terribles villanos, muchos de ellos se hicieron
populares y recordados, como
Robby del
Planeta Prohibido, Gort de
Ultimátum a la Tierra, María de
Metrópolis, R2-D2 y C3-PO,
Terminator, los Daleks que incordiaban al
Doctor Who, El
Gigante de Hierro,
Johnny 5, etc.

Aproximadamente desde la Segunda Guerra Mundial, se han venido
fabricando juguetes homólogos a los protagonistas de ese mundo de fantasía y ciencia ficción. Algunos de los más antiguos se han convertido ahora en raras y codiciadas piezas de coleccionismo.
Yo tengo algún modelo
vintage de cierto valor histórico, pero sobre todo sentimental; y desde luego nada comparable a las extensas
colecciones y
museos que pueden verse por ahí. Los robots de juguete cuentan incluso con su propia
isla.
Sea como fuere, la paradójica combinación de fría tecnología con las pretensiones de aspecto y humanidad que caracteriza a este tipo de máquinas, marcó en su día un interés en mí que quién sabe si no acabó dictando incluso mi propia
especialización universitaria.
Eso sí, aunque en el salón de la fama de los robots del mundo real empiezan a figurar zoomorfos o antropomorfos como los
AIBO o los
ASIMO japoneses (
humanoides que no están libres todavía de cometer algún que otro
traspiés), el grueso del plantel lo forma un ejército de autómatas mucho menos bucólicos pero más prácticos, como los brazos
SCARA.
Fotograma de la película "Naves silenciosas" (Silent running, 1972)