Miércoles, 17 de enero de 2007 a las 17:00 - PALABRAS
El otro día, Martin planteaba una interesante pregunta al hilo del calendario espiral: ¿Por qué a menudo se usa una "X" para representar el miércoles en los calendarios? Ésta parece ser una de esas dudas que por el momento Google no es capaz de disipar.
En la enumeración abreviada de los días de la semana de muchos calendarios españoles (L, M, X, J, V, S, D) el miércoles es el único día cuya letra no coincide con su inicial, seguramente para evitar la repetición de la "M" y diferenciarlo claramente del martes. Pero... ¿por qué precisamente la "X"? ¿Y desde cuándo viene utilizándose esta nomenclatura convenida?La cuestión admite ciertos matices, pues parece que su aplicación no es universal en todos los países hispano parlantes e incluso en España tampoco siempre se utiliza esa regla, sino que otras veces se emplea "Mi" o se reitera la "M".Como ya digo, no he sido capaz de encontrar una respuesta convincente sobre los orígenes de este uso común, así que me atrevo a plantear algunas aventuradas conjeturas, por si la serendipia (o chiripa, que dirían en mi barrio) hiciera acto de presencia:
Se usa la "X" por ser una letra comodín empleada habitualmente para designar incógnitas, firmas anónimas, etc.
Se usa la "X" por la influencia de Alfonso X el Sabio en la normalización ortográfica y traducción de manuscritos con abundantes abreviaturas.
Se usa la "X" por referencia a algún símbolo o significación cristiana (del griego "Χριστος", Cristo), como pudiera ser el Miércoles de Ceniza.
Se usa la "X" por ser el miércoles el día de Mercurio, que viene del latín "merx"
Se usa la "X" por ser una sintética representación de las dos serpientes simétricas del caduceo de Mercurio.
Se usa la "X" por alguna recóndita nomenclatura alquímica del metal mercurio.
Lanzo desde aquí un guante para todo aquel que quiera ilustrarnos sobre esta materia.
Viernes, 12 de enero de 2007 a las 07:59 - ESPACIOS
(Dedicado a mis amigos, ante sus posibles adversidades materiales...)
Cuando no se tiene más que el amor
para repartir
en el día del gran viaje,
que es nuestro gran amor.
Cuando no se tiene más que el amor,
mi amor, tú y yo,
para que estallen de alegría
cada hora y cada día.
Cuando no se tiene más que el amor
para vivir nuestras promesas
sin ninguna otra riqueza
más que creer en ello siempre.
Cuando no se tiene más que el amor
para amueblar con maravillas
y cubrir de sol
la fealdad de los barrios.
Cuando no se tiene más que el amor
por única razón,
por única canción
y única ayuda.
Cuando no se tiene más que el amor
para cubrir por las mañanas
a los pobres y vagabundos
con abrigos de terciopelo.
Cuando no se tiene más que el amor
para ofrecer en oración
por los males de la tierra
como un simple trovador.
Cuando no se tiene más que el amor
para ofrecer a aquellos
cuyo único combate
es buscar la luz.
Cuando no se tiene más que el amor
para trazar un camino
y forzar el destino
en cada encrucijada.
Cuando no se tiene más que el amor
para hablar a los cañones
y nada más que una canción
para convencer a un tambor...
Entonces, sin tener nada
más que la fuerza de amar,
tendremos en nuestras manos,
amigos, el mundo entero.("Quand on n'a que l'amour", Jacques Brel, 1956)
Viernes, 12 de enero de 2007 a las 05:52 - PALABRAS
Buscábamos la verdad y nos ofrecieron veracidad.
Nos conformamos con la veracidad pero nos dieron verosimilitud.Creímos la verosimilitud, mas la tornaron en falacia.Aceptamos la falacia y henos aquí en la mentira.Y así, gradualmente acostumbrados, ni siquiera nos sentimos engañados.
Poner huevos de oro fue la virtud y la desdicha de aquella famosa gallina que protagonizaba la fábula rimada de Samaniego. Pues bien, resulta que también son áureos los huevos puestos por las gallinas comunes, aunque en este caso no por tener esa apreciada composición metálica, sino por sus proporciones y geometría.
El número de oro, o sección áurea, es un valor o razón numérica (Phi = 1,618033988...) que teóricamente indica la relación proporcional más estética y equilibrada que han de cumplir dos dimensiones desiguales entre sí.Valorado desde la antigüedad como criterio de composición en el mundo del arte (arquitectura, pintura, música...), dicho número posee interesantes propiedades, y se ha observado su presencia en muchos elementos de la naturaleza, como en la espiral interior de los caracoles, en la disposición de los pétalos de las flores, en la relación entre la talla y la altura del ombligo de una persona, e incluso en algunos aspectos del diseño gráfico de ntropía.Existen otras relaciones mórficas reconocidas, como el número plástico (o número de plata), pero sin duda la sección áurea es la más conocida y popular. Volviendo al caso del huevo de gallina, el número de oro se revela en sus proporciones según lo ilustrado en la figura que acompaña a este artículo. Esa forma le confiere algunas mágicas propiedades, como la capacidad de soportar, sin romperse, grandes presiones aplicadas perpendicularmente en sus extremos, porque las fuerzas se distribuyen y equilibran como en los arcos y cúpulas arquitectónicas.Sobre la geometría de este particular zigoto ya hubo novelada controversia, pues en "Los viajes de Gulliver" se relataban las discusiones entre extremistas mayores y extremistas menores, que enfrentaban a las naciones de Blefuscu y Lilliput por insistir unos y otros en la conveniencia de romper el huevo cocido de su desayuno bien por la parte roma o bien por la aguda. Parte de dicho enfrentamiento subyace incluso hoy en día en otros ámbitos más cibernéticos, como las eternas argumentaciones entre defensores de ordenadores Mac y PC.En resumidas cuentas, seguimos sin saber qué fue antes: si el huevo áureo o la gallina arquitecta. Lo único que sí parece claro es que, con la desmesurada subida de los precios un año más, el Sistema Internacional debería adoptar de una vez por todas el Huevo como unidad de medida de lo cara que está la vida (yo diría que aún de oro se quedaría corto).