Mi experiencia con la "larga cola"

Antes de que alguien malinterprete el título de este artículo, me apresuraré a matizar que me estoy refiriendo a la Long Tail, es decir, al nuevo paradigma (propiciado en gran medida por las nuevas tecnologías) que está transformando la economía moderna y las dinámicas de producción y consumo, tal y como lo describe el interesante libro de Chris Anderson.

En abril del año 2000 tuve la ocurrencia de tomar una pequeña pieza de software que había desarrollado y ponerla a la venta, a un precio muy asequible, mediante un portal de servicios de distribución de shareware. El programa en cuestión no era nada revolucionario, pero venía a cubrir un cierto nicho en el mercado de la interactividad web (que por entonces aún no gozaba de todo el esplendor que hoy exhibe) y funcionalmente sí que tenía alguna ventaja competitiva con respecto a otros productos de su mismo género.

Mi intención original no era otra que la de experimentar con una iniciativa comercial, a modo de juego. Si de paso conseguía sacarme unas perrillas, pues mejor, pero la motivación principal fue la curiosidad. Para mi sorpresa, al poco tiempo de darle visibilidad, comenzó un modesto pero constante goteo de ventas, que poco más tarde se vio espoleado por la aparición y valoración favorable del producto en diversos portales agregadores de software.

El proyecto no me hizo millonario, desde luego, pero superó todas mis expectativas iniciales (que eran pocas). Después de casi dos años retiré el programa del mercado en un momento en que la Web había evolucionado y su nicho y razón de ser ya no tenían tanto sentido. Por aquel entonces se habían vendido ya algo más de 200 licencias en todo el mundo y, lo mejor de todo, sin más coste o esfuerzo que el par de meses que le había dedicado al desarrollo.

Países en los que se vendió el producto

En resumidas cuentas, fue una de las ideas más gratificantes que he llevado a cabo, y aún hoy en día me planteo seriamente repetir la experiencia (esta vez mucho más en serio) con algunos de los proyectos que siempre se me quedan en la recámara.

Estos días, leyendo el libro de Anderson me doy cuenta de que, aunque a muy pequeña escala, en mi caso particular se dieron cita las tres premisas básicas postuladas en el modelo de la larga cola, a saber:

  • Democratización de los medios de producción, que en mi caso fueron el lenguaje de programación Java y una serie de herramientas de uso libre y gratuito.
  • Democratización de la distribución, gracias al uso de Internet y de diversos agregadores como principal canal de distribución. Además, el hecho de se tratarse de un producto de software me convertía en un minorista digital puro, ubicado en la zona más óptima de la long tail y haciendo frente a costes prácticamente nulos.

  • Conexión de la oferta y la demanda, para lo cual apenas tuve que mover más hilos que el anuncio del producto en unos pocos lugares estratégicos de la red. La globalidad del mercado potencial hizo el resto, posibilitando que otras personas conocieran y se interesaran por un desarrollo que originalmente yo había llevado a cabo para cubrir una necesidad propia.

De la lectura (muy recomendable) se desprenden también otras interesantes y alentadoras reflexiones, como el desenmascaramiento de la diversidad de gustos y criterios cuando flaquean las fuerzas de la sistemática maquinaria que pretende imponerlos, o sobre la ubicuidad del talento, cada vez menos supeditado a la arrogancia de las superestrellas.


Años

Envejecer no es tan malo cuando se piensa en la alternativa.(Maurice Chevalier)

Me siento afortunado de compartir el camino con una persona que me comprende, que me cuida, que me da luz y calor (a veces también la brasa ;-), que serena mis nervios, que me hace rabiar en la justa medida, que me anima cuando dudo, que sabe pararme los pies cuando me embalo por la cuesta de la divagación y que, además de todo esto... ¡Dice que me quiere!

Es por eso que, aunque el cumpleaños sea suyo, creo que lo justo es que hoy sea yo el que se felicite.


Los ombligos de Adán y Eva

Inquietantes noticias anuncian el advenimiento de viejos fantasmas, y parecen poner de relieve cuánto de común tienen los andares de la humanidad y del cangrejo. El cuestionamiento de Darwin y su teoría de la evolución de las especies por parte de algunos neo-creacionistas y otros poderosos lobbies, o la entrada en escena de nuevas tesis como el diseño inteligente, que pretende adueñarse de la tierra media para llevarse el gato al agua, me llevan a recordar la pregunta que planteaba Martin Gardner en un antiguo artículo para Skeptical Inquirer: ¿tenían ombligo Adán y Eva?

La pregunta no deja de ser una retórica caricatura del enfrentamiento entre evolución y creacionismo, que en realidad es un caso particular y relativamente reciente de la más ancestral dicotomía entre ciencia y religión. Gardner, escéptico reconocido, se lamenta de las visiones fundamentalistas al mismo tiempo que deja abierta una puerta a la reconciliación de concepciones razonables. Lo hace citando una carta del propio Darwin, en la que éste expresa lo siguiente:

Siento en lo más hondo que la cuestión es demasiado profunda para el intelecto humano. Es como si un perro especulara sobre la mente de Newton.

En mi menos trascendente búsqueda de una respuesta a tal cuestión, he sabido que algunos cuadros de la Edad Media y el Renacimiento retrataban a la primigenia pareja con el vientre liso, pero desde el Adán de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, parece que es costumbre entre la mayoría de los pintores (Durero, Rubens, Velázquez, Masaccio, Zárraga, Lempicka...) dotar de ombligos a los desafortunados pecadores.


Conjuras del destino

  • En la carretera, durante un atasco de tráfico, por mucho que lo cambiemos nuestro carril siempre será el que más lento avance.
  • Con toda probabilidad, al ir a pagar en el supermercado, la cola de la caja en la que nos pongamos permanecerá irremediablemente estática mientras contemplamos como las demás se despachan con fluidez.
  • Si tenemos lesionado el dedo gordo del pié izquierdo, todos los obstáculos del camino se esmerarán en afinar su puntería para golpearnos certeramente en dicho punto.

¿Casualidad? ¿Ley de Murphy? No, sencillamente atención selectiva.


Atajos y jardines

No es raro, en los espacios ajardinados de parques y plazas, encontrar atajos improvisados que son fruto de una erosión en el césped provocada por el tránsito frecuente de los viandantes.

Las rutas que originalmente fueron previstas y diseñadas por el urbanista son ignoradas en la práctica por los peatones, quienes trazan sus propios caminos de mínima energía como el agua que va dando forma al cauce de un río, o como el promedio de partículas en un modelo estadístico.

Siempre que me encuentro ante uno de esos senderos me viene a la mente el libro "A Pattern Language", el segundo volumen de una serie ya clásica sobre arquitectura y urbanismo escrita por Christopher Alexander, Sara Ishikawa, Murray Silverstein y otros en los años 70 (a mis colegas técnicos quizás les suene más la referencia de este libro como el original inspirador del famoso "Design Patterns" de la aclamada Gang-of-Four).

Lejos de culpar a los transeúntes, el libro trataría el caso del jardín como un fallo en la previsión y en la concepción de su diseñador, pues en la mayoría de los modelos o recetas descritos se defiende la fluida adecuación de la vivienda, la ciudad y los espacios públicos a la particular idiosincrasia de los seres humanos y sus relaciones.

Frente a la imposición inversa, se recomiendan patrones para captar la esencia de lo que hace a dichos lugares más habitables y se definen pautas para aprovechar sus dinámicas a fin de conducir la marea humana por un cauce óptimo y natural.

Ejemplo de dinámicas sociales en el tránsito de una plaza pública.

Lamentablemente, el ejemplo de los atajos en el césped es una mera anécdota sin importancia dentro de la importante cartera de antipatrones que parece imperar en el trazado de las urbes modernas. No es sólo la presencia de clamorosos errores de bulto, ya anticipados por un libro de hace tres décadas y por lo que debería ser el acervo de todo sentido común; a esto se le suma una desalentadora tendencia a obligar a la adaptación de los habitantes al nuevo hábitat, cuando debería suceder lo contrario.