Eppur si muove

Por aquí acabamos de constatar que la tierra se mueve, aunque no en el sentido que decía Galileo. Durante unos pocos segundos el suelo y las paredes han oscilado en un suave vaivén, al parecer como consecuencia de un seísmo de 4,7 5,1 de magnitud (según la escala de Richter) con epicentro en Ciudad Real.


Cavernas y trogloditas

En su despedida, discreta y sin parafernalias, un ilustre compañero nos propone la inquietante analogía entre el mito de la caverna de Platón y la vida laboral de buena parte de los programadores que trabajan por cuenta ajena.

Estoy bastante de acuerdo con sus apreciaciones aunque, lamentable o afortunadamente, la filosofía no sea tanto una ciencia que da soluciones, como argumentos en distintos sentidos (muchas veces contrarios), que amplían la perspectiva y comprensión de nuevas dimensiones. Así, un ejemplo de un punto de vista opuesto sería de los estoicos Zenón y Crisipo, expuesto en esta otra metáfora que extraigo del libro "Las consolaciones de la filosofía", de Alain de Botton (Ed. Punto de Lectura, ISBN 84-663-6853-1):

[...] Cuando un perro está atado a un carro, si desea seguir, tiran de él y sigue, haciendo coincidir su acto espontáneo con la necesidad. Pero si el perro no sigue, será forzado en todo caso. Otro tanto les sucede a los hombres: aun cuando no lo deseen, se verán forzados a seguir lo que les esté destinado.

Según estos filósofos, nuestra correa tendría la suficiente longitud como para darnos un cierto margen de libertad, pero no para permitir que nos paseemos a nuestro antojo. Bastante deprimente, ¿no?

Volviendo al símil de la caverna, sería mejor no permanecer en ella esclavizado y encadenado de cara a la pared; en todo caso habitarla por propia voluntad, dándole el mismo uso práctico que los trogloditas: la búsqueda de resguardo y cobijo sin renunciar a la libertad del exterior.

Aunque la verdad, y para darle a César la razón que nunca le he quitado, es que hay mejores lugares en los que vivir que en una cueva, por muy bien decorada que esté (con bisontes o con pantallas TFT). Una vez que se ha visto la luz exterior, es más fácil contraer claustrofobia y querer relegar las grutas al mero turismo espeleológico. Cualquier homínido con vocación de homo sapiens sabe que, en el fondo, es cuestión de tiempo y un poco de evolución natural abandonar definitivamente la prehistoria. A todo aquel que ya ha dado ese primer paso... ¡Enhorabuena!


Entrañables taruguitos

Gracias a Microsiervos me entero de que hoy es el 75º aniversario de LEGO, uno de los juguetes con los que más disfruté de pequeño (y no tan pequeño), y al que probablemente debo el desarrollo de alguna de las habilidades de creatividad y percepción espacial que me siguen ayudando hoy en día. Felicidades.


Cámaras y viajes

En breve emprenderé un pequeño viaje de semi-aventura por el norte de China, siguiendo alguno de los pasos de Marco Polo en su periplo por el extremo oriental de la Ruta de la Seda.

No va a faltar en mi mochila la pertinente equipación fotográfica, pero todavía tengo dudas de si llevar también la cámara de vídeo. Ningún estereotípico turista se cuestionaría siquiera tal decisión, pues asumiría como principal obligación la de retratar y filmar compulsivamente todos los extranjeros paisajes al alcance de sus ojos y lentes, como en una competición por la mayor cantidad de galones en honor del sacrosanto lema yo-estuve-allí.

Pero yo soy algo perezoso y, si bien acepto que tirar unas cuantas fotos es un acto ágil que apenas supone esfuerzo o interrupción durante el turismo, no puedo decir lo mismo de las grabaciones en vídeo, que son más acaparadoras y acaban obligándole a uno a estar más pendiente de sacar tal o cual escena en vez de dejarse osmotizar tranquilamente de la cultura foránea.

Desde el punto de la constatación memorabilística, por otra parte, aunque el video tenga mayor capacidad de registrar información en forma de movimiento y sonido, dudo también de que tenga un mejor poder evocador que el de una buena instantánea. Al menos en lo que se refiere a las improvisadas grabaciones de un viajero con una videocámara doméstica, sin el talento cinematográfico de Orson Welles, y sin la vocación vodevilesca de Matt Harding (algunos amigos con los que estuve hace años en el otro extremo de la Ruta de la Seda podrían aportar comprometedoras pruebas en contra de esto último... ¡Razón de más para dejar la videocámara en casa!).

Aunque no siempre es posible, realmente creo que la mejor forma de hacer turismo es pasear desocupado y con las manos en los bolsillos. Y la mejor regla de los "tercios": tomarse unas cervezas lugareñas (o la bebida local equivalente) al atardecer. En fin, decida lo que decida ya lo averiguaréis en función del material gráfico que traiga a mi regreso.


El perripardo

Perripardo es un término improvisado por mi amigo Carlos un día que, charlando sobre esos pobres canes obligados a padecer a unos dueños empeñados en disfrazarlos, le conté la escena kitsch que había contemplado unos días antes y que tenía como protagonista a un pequeño chucho abrigado con un anorak estampado con motivos de piel de leopardo, todo ello en el "glamuroso" escenario de un mercadillo de Alcorcón.

Como la palabra me hizo bastante gracia, la he venido usando y aplicando desde entonces a nivel personal, no sólo en referencia a su sentido original, sino también como alegoría de situaciones y personajes que pretenden aparentar lo que no son (sine nobilis).

Mi estima de la sencillez como canon de vida me hace huir, siempre que puedo, de tales parafernalias y actitudes artificiosas, las cuales sólo llego a encontrar justificadas cuando, de tan patéticas, al menos tienen alguna utilidad cómica.

De todas formas, no seré yo quien de lecciones de coherencia en nuestra confusa y ya de por sí patética travesía por este valle de lágrimas. A menudo es difícil aventurar si la aparente fiera salvaje que encarnamos hoy no será el más ridículo de los perripardos del mañana.