Pruebas, evidencias, guerras y extraterrestres

Ni siquiera el diccionario de la lengua española está libre de algunos roces de incestuosa homonimia entre la verdad y la certidumbre, pero algunas construcciones lingüísticas, manejadas de forma interesada, pueden llegar a resultar especialmente equívocas. Tal es el caso de la siguiente y conocida negación:

«La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia»

Dicho postulado, en sus múltiples variantes, ha servido a menudo a algunos políticos como argumento falaz para la justificación de determinadas actuaciones, sobre todo militares. Por ejemplo, en febrero de 1942, dos meses después del ataque a Pearl Harbor, el entonces gobernador de California se expresaba en esos términos para alertar sobre la existencia de una Quinta Columna de japoneses-americanos preparada para emprender acciones de sabotaje. Y la ausencia de evidencias no le impedía reforzar su impresión subjetiva.

Otro ejemplo, mucho más cercano y todavía sangrante, es el del ex-secretario de defensa de los EE.UU., Donald Rumsfeld, que en agosto de 2003 utilizaba idénticos argumentos para sostener la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en Iraq.

El problema del teorema es que pretende ser cierto, pero haciendo uso del concepto equivocado, pues a menudo se toman como sinónimos exactos los términos "evidencia" y "prueba", cuando en realidad existe una diferencia semántica, sutil pero relevante.

En términos lógicos, es verdad que la ausencia de prueba no es prueba de ausencia (tomando "prueba" en el sentido de demostración, comprobación o implicación irrefutable). Es decir:

O lo que es lo mismo: el hecho de que A implique B no obliga a que no-A implique no-B.

Sin embargo, desde el punto de vista probabilístico, la teoría dice precisamente lo contrario: la ausencia de evidencia SÍ ES SIEMPRE evidencia de ausencia. Siguiendo un razonamiento bayesiano, no es complicado elaborar la demostración para llegar a la siguiente conclusión:

Es decir, considerando A como un evento binario que es evidencia del suceso B, tenemos que la ausencia de la evidencia A disminuye efectivamente la probabilidad de B.

El razonamiento de todo este trabalenguas podría aplicarse, como bien dice el noruego Kim Øyhus, a la notable ausencia de evidencias en cosas y casos como:

  • Hadas, trolls, fantasmas...
  • Armas de destrucción masiva en Iraq
  • Círculos alienígenas en campos de cultivo
  • Dioses
  • Efecto de las emisiones de CO2 sobre el calentamiento global
  • Patentes de Microsoft en Linux
  • Robo de código de SCO por parte de Linux
  • Curaciones milagrosas
  • Telepatía, percepción extrasensorial, telequinesia...
  • Ovnis y platillos volantes

Precisamente al respecto a la cuestión extraterrestre, ya Enrico Fermi planteó sus dudas en la época en la que estaba trabajando en el Proyecto Manhattan, dando lugar a una paradoja que lleva su apellido, y que viene a decir que la creencia común de que el universo posee numerosas civilizaciones avanzadas tecnológicamente, combinada con nuestras observaciones que sugieren todo lo contrario es paradójica sugiriendo que nuestro conocimiento o nuestras observaciones son defectuosas o incompletas. ¿Descubrirán algún día en el SETI indicios más esclarecedores que la misteriosa señal WOW?

Otra paradoja astronómica es el hecho de que a Carl Sagan se le atribuya a menudo el aforismo original que da pie a este artículo, cuando en realidad está sacado de contexto, pues él lo usaba precisamente como crítica y su posición era justamente la contraria.

Al final, ante la ausencia de pruebas siempre acaba entrando en juego la fe. Según Øyhus, la fe es la asunción de la verdad cuando la evidencia está ausente. Y esta ausencia de evidencia es (al menos en el sentido probabilístico) evidencia de ausencia de verdad, por lo que la fe en sí misma, lejos de ser un camino hacia la verdad, es evidencia de falsedad.

Evidentemente no todo en el mundo y en la vida se mide en unidades de probabilidad, y el acecho de todo tipo de incertidumbres y miserias hacen comprensible, aunque no se comparta, la cabida de la fe en la dimensión humana. Cuando desde esas tierras vecinas me preguntan amablemente por mi irreligiosidad, suelo responder citando una vieja canción: tal vez no viajamos en el mismo barco, pero buscamos el mismo puerto.


Subjetividad comunicativa

En estos tiempos en los que la comunicación electrónica se ha hecho tan ubicua, raro es quien no ha sufrido en algún momento las consecuencias de una malinterpretación de los matices o la intencionalidad del mensaje, ya sea como destinatario o como remitente del mismo.

Abanderados por el correo electrónico, estos nuevos canales de diálogo adolecen, al parecer, de una notable incapacidad para transmitir fielmente las emociones (pese a los esfuerzos por humanizarlos incluyendo smileys y otros recursos caligramáticos). Así lo indican algunos estudios al respecto, como éste del año 2005.

Ocurre con no poca frecuencia que en un cierto comentario en el que el emisor cree haber puesto una trivial ironía, el receptor descubre una incipiente ofensa, que el telón de la distancia y la invisibilidad física acaba magnificando hasta convertirlo en agravio personal. Y es que la brevedad del e-mail y la ausencia de referencias audiovisuales introducen un factor de distorsión en la interpretación mutua, cosa que no ocurre (o lo hace en menor medida) con otros medios más presenciales que sí aportan pistas emocionales, como puede ser la voz en una conversación telefónica.


¿Nos comunicamos tan bien como creemos?
(Fuente: J. Kruger & N. Epley)

Hace unas décadas, algunos otros estudios estimaban que el reparto del tiempo dedicado a la comunicación (fundamentalmente dentro del ámbito laboral) se aproximaba a las siguientes proporciones:

El reparto comunicativo (antes de Internet)

Con el advenimiento de Internet el tiempo total dedicado a la comunicación ha aumentado, y especialmente las proporciones correspondientes a la comunicación escrita, que es precisamente, en su versión dialogada, la más susceptible de introducir errores de interpretación por la falta de matices no verbales.

Dentro de ese amplio conjunto de factores que se filtran y quedan fuera del mensaje, estarían comprendidos los actos paralingüísticos (como turnos de conversación, entonación, timbre, volumen, velocidad, pausas, fluidez...), incluyendo los no verbales (proxémica, kinésica, cronémica, tactésica o contacto corporal, etc.), así como los extralingüísticos (actos no verbales que se producen preferentemente de forma inconsciente). Para una explicación detallada de estos elementos, sigo recomendando este libro que ya mencioné al hablar de las técnicas de negociación.

Tampoco los descuidos ortográficos juegan a favor en la comunicación escrita, aunque eso no es nada nuevo. Basta con recordar aquella conocida anécdota atribuida a Carlos V en la que, debiendo firmar una sentencia diciendo "Perdón imposible, que cumpla su condena", cometió un desliz con la ubicación de la coma dejándola en "Perdón, imposible que cumpla su condena" cambiando así la suerte de algún desgraciado.


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Blogueando post mortem

Hace algunos meses se me ocurrió una idea para un posible proyecto con una temática que trataría de llevar el aroma de la Web 2.0 a un terreno algo macabro, pero que todavía parecía bastante inexplorado: la muerte.

La idea, a la que denominé Postumun, era sencilla: proporcionar un servicio para poder escribir mensajes a los seres queridos (u odiados), los cuales serían entregados sólo en caso de nuestra muerte, ya fuera ésta repentina o esperada. Esto permitiría dejar un legado programado de despedidas, confesiones, revelación de secretos prácticos (como combinaciones de cajas fuertes), testamentos oficiosos, etc.

La detección del fallecimiento o desaparición de cada usuario iba a estar basada en un mecanismo de tipo keep-alive, por el que el interesado debería conectarse o responder periódicamente al servicio para demostrar su presencia y/o existencia. Esto permitiría también dar usos alternativos al sistema, al poder usarse como servicio de recordatorios o, por ejemplo, como sepelio de entes no personales (abandono de proyectos, cierre de empresas, etc.)

A más largo plazo, el posible modelo de negocio estaría basado en ampliar el servicio dotándolo de un área pública para el debate y opinión sobre los aspectos prácticos, filosóficos y religiosos de afrontar algo tan siniestro como inevitable, y quizá con la participación interesada o publicitaria de aquellos sectores que ya se dedican al tema en el mundo real (empresas aseguradoras, funerarias, notarios especializados en testamentos y herencias, etc.)

Diversas cuestiones, pero fundamentalmente la falta de tiempo para proyectos propios, me llevaron a desestimar el desarrollo y enterrar el proyecto antes de nacer. Pero ahora descubro que la idea no era mala del todo, pues acaban de empezar a ponerla en práctica en www.justincaseidie.com. Aunque su denominación y estética parecen menos otoñales y algo más oscuras y sanguinolentas, el concepto original es idéntico.

Seguiré su evolución con interés, para comprobar el grado de éxito de la idea. No obstante, dudo de que llegue a utilizar el servicio en primera persona, quizá por la ingenua esperanza de querer y poder decir en vida todo cuanto he de decir.


La modernidad perecedera

Los ordenadores son inútiles. Sólo pueden darnos respuestas.(Pablo Picasso)

¿Se ha convertido la tecnología en una nueva religión? No parece una hipótesis descabellada, a tenor de cuánto adoramos y nos encomendamos a sus iconos, que hemos convertido en un moderno ungüento amarillo o bálsamo de Fierabrás para el confuso desasosiego de nuestras almas.

Con exóticos nombres rezamos a las múltiples deidades de nuestro santuario: ADSL, GPS, iPhone, Mp3, TDT, Wi-Fi... Aun no sabiendo muy bien si han llegado a este mundo para aliviar nuestros problemas o para dar nuevas ocupaciones y necesidades a nuestra vida; esa que ya no entendemos cómo era posible antes de su revelación.

Yo, que hace tiempo era creyente, cada vez soy más agnóstico. Personalmente, encuentro que ese uso y afán de la tecnología con ciega adulación no es inocuo, sino que tiene algunos efectos perniciosos por cuanto la convierte en mero entretenimiento y distrae de razonamientos y ocupaciones que, a mi juicio, podrían ser más trascendentes.

Desde luego mis reproches no van contra el loable entusiasmo por la innovación que conserva un juicio crítico, sino hacia la pura tecnoadicción que lleva muchas veces a perder la objetividad. Como en el aforismo de Picasso, el problema es que a menudo buscamos meras respuestas sin tan siquiera haber reflexionado seriamente sobre las preguntas.

Uno de los síntomas o manifestaciones de la dolencia a la que me refiero es el vicio de la inmediatez, que nos inocula la necesidad de disponer de lo último de lo último, como si en ello nos fuera la vida. Esto es, en cierto modo, algo contradictorio, ya que si una tecnología de vanguardia es buena hoy, debería seguir siéndolo dentro de un año o dos (seguramente a mejor precio), porque si en ese tiempo ya ha vencido la obsolescencia sobre la calidad, es que en realidad ésta última no era auténtica.

Lo malo es que ya a casi ningún consumidor se le cae la cara de asombro (y a ningún fabricante de vergüenza) porque el innovador producto que hoy es lanzado a bombo y platillo mañana apenas tenga garantizada la supervivencia. Más aún cuando las técnicas de venta de las grandes gadgeto-industrias se valen precisamente del trampolín de esa avidez de lo ultimísimo, muchas veces para colarnos auténticos fiascos disfrazados de futurismo de diseño, o para justificar el recorte y la calculada dosificación de funcionalidades que responden más a estrategias de rentabilidad de mercados que a las capacidades reales innovación. Aunque eso no parece ser lo importante si el interés se centra en renovar constantemente el fondo de armario tecnológico, con el efímero fin de permanecer en el top de lo cool de la vanidad cibernética.

Esta necesidad de inmediatez y modernidad tiene un efecto perverso sobre la percepción de las escalas de tiempos, centrando el foco en un plazo cada vez más corto y a menudo desviando la atención de ese tren de largo recorrido en el que viajan las cosas duraderas. Afortunadamente el tiempo es lo bastante juez y tirano como para acabar poniendo las cosas en su sitio. Ya se sabe que en esto de las modas, lo que hoy es fashion mañana es horterada. Y, francamente, yo no veo tanta diferencia entre esos chavales que van por la calle con la música de sus móviles con mp3 a todo trapo, y aquellos otros ancianos que paseaban con el viejo transistor pegado a la oreja mientras escuchaban el Carrusel Deportivo.

En fin, sólo pretendo recordar la relatividad de todo lo moderno (lo que es, fue y será), que no siempre se corresponde con lo mejor, pues esa vorágine de actualidad suele alimentar la volubilidad de los criterios. ¿Por qué si no vuelven a caer denostadas, por ejemplo, las bolsas de plástico (símbolo en su día de la moderna asepsia y ostentación del estado del bienestar) en favor de las tradicionales bolsas de la compra hechas de tela que usaban nuestras madres?

¿O por qué de pronto todos los fabricantes de automóviles se ponen de acuerdo en apostar por la modernidad de lo ecológico? ¿Será acaso por un repentino altruismo que nada tiene que ver con otras occamianas razones económicas? Lo cierto es que siempre habrá pescadores en busca de ganancias interesados en revolver el río de la modernidad tecnológica, así que la cuestión es si queremos o no seguir picando el anzuelo.


Estilicidio

El término que da título a esta anotación procede del latín stillicidium, y define el acto de caer gota a gota un líquido. La fonética recuerda un poco a la palabra suicidio, y quizá más si aplicamos el concepto al caso particular del agua, ese líquido imprescindible para la vida cuyo futuro global (y actualidad para muchos) presenta no pocas incertidumbres.

Hoy, 22 de marzo, se celebra internacionalmente el Día Mundial del Agua, según una resolución de Naciones Unidas que se remonta a 1993 y cuyo objetivo original es «recordar a todos que mediante esfuerzos concretos para proveer agua potable y concienciando más al mundo sobre los problemas y las soluciones en este campo, se puede ayudar para que las cosas sean distintas».

Estoy seguro de que, como yo, casi todos vosotros sois conscientes de la importancia de este preciado bien, y procuráis aplicar las medidas y criterios adecuados para evitar el derroche de este y de otros recursos naturales.

Quienes a menudo parecen mucho menos concienciadas son ciertas autoridades, que por un lado ruegan a dios dirigiendo sus mensajes de ahorro y constricción al ciudadano de a pie, y por el otro impactan gravemente en la ecología con el mazo de proyectos descabellados, medioambientalmente derrochadores y económicamente egoístas. Casinos en el desierto, islas artificiales, urbanización irresponsable, campos de golf por doquier (deporte que por algo se inventó en Escocia y no en Murcia) en páramos que luego suplican por trasvases y mutaciones del curso natural...

Da la impresión de que, gota a gota, a ese ritmo algún día puede secarse el botín y la única fuente que quede sea la de los conflictos internacionales causados por su escasez. Y cuando nos queramos dar cuenta, una vez más será tarde.


Cuando el desierto inunde el mar
y ya no quede agua mejor
para cuidar la última flor
que la de nuestro llanto...