Lunes, 25 de agosto de 2008 a las 23:59 - RAZONES
[...] Hay muchas maneras de rebelarse, y sólo una pequeña minoría de éstas es sabia. Galileo fue un rebelde y fue sabio; los creyentes en la teoría de la Tierra plana son igualmente rebeldes pero son tontos. Existe un gran riesgo en la tendencia a suponer que la oposición a la autoridad es esencialmente meritoria y que las opiniones no convencionales están destinadas a ser correctas: ningún propósito útil se sirve rompiendo los postes de la luz en la calle o sosteniendo que Shakespeare no es poeta
(Bertrand Russell en "Educación y disciplina")
Lunes, 25 de agosto de 2008 a las 23:55 - RAZONES
Uno de los recursos de la metalotecnia para prolongar la vida de los pilares de grandes puentes y otras estructuras sometidas a las inclemencias del clima y los elementos, es revestir o acompañar al acero principal de otro metal barato y reemplazable que, siendo más sensible a la corrosión, logra desviar y padecer la oxidación sacrificándose en salvaguardia del verdadero núcleo.
Sin acudir a la ingeniería avanzada, también es posible reconocer la presencia y uso habitual de mártires y sacrificios en cuestiones más cercanas, como en el bricolaje, en las piezas de una partida de ajedrez, o en las estratagemas de un negociador hábil capaz de hacer concesiones menores que aparenten compensar la conquista de su objetivo principal.
Sospecho que, por encima de las anécdotas cotidianas, al nivel de los intereses político-económicos, los grupos de poder y los estados, la misma prestidigitación se realiza a una escala desde la que es fácil perder la perspectiva.
No escasean los defensores de causas dignas pero secundarias (como apoyar el software libre, las descargas P2P o el lenguaje políticamente correcto), o incluso de pasiones terciarias (como la desmedida atención fútbol, al placebo de las nuevas tecnologías y a otras tantas formas de forofismo), que se encargan de aliviar nuestra necesidad de pugna, menguando el ímpetu social de rebeldía y distrayéndolo de más grandes e importantes razones.
Y así ocurre que las causas que más lo necesitan, quedan despobladas y huérfanas de rebeldes. El sistema funciona. "
Ça vá", que diría
el diablo. Yo mismo me siento ya apaciguado tras una inofensiva queja en este blog. Triste analgésico de la razón, que induce a posponer la acción hasta mañana, y por matemática inducción hasta que, además de los rebeldes, se agoten los días.
Jueves, 21 de agosto de 2008 a las 21:05 - IMPULSOS
Aunque hace ya tiempo que perdí mi petulante tupé de juventud, no pude resistirme a acudir ayer al concierto en Madrid de los Stray Cats siendo, como era, la última oportunidad de verlos juntos por los escenarios antes de que se corten definitivamente la coleta (o en su caso, el flequillo).
La banda de
Brian Setzer (
tres amigos, como emotivamente se proclamaron anoche) no defraudó en su gira de despedida, imprimiendo a la velada un frenético ritmo de
rockabilly en su más puro estado. Todo un espectáculo (dentro, pero también fuera del escenario por todo el ambiente que acompañaba al evento) gracias a esa paradójica y extraña frescura que sólo puede dar la experiencia.

La nota decepcionante la volvió a poner
La Riviera. Esta vez el ritmo intenso y nítidamente espartano de la banda logró imponerse a la mala acústica habitual de la sala, que sí se hizo más evidente en la única semi-balada del repertorio. Es lo que puede esperarse de lo que, en realidad, es una sala de fiestas y no de conciertos (¿dónde si no se ha visto un auditorio
cuesta abajo?).
Otros detalles reprochables vinieron de la mano de los promotores y organizadores, que tuvieron dos sutiles
gentilezas para con esos clientes que habían pagado una entrada nada barata. Por un lado omitieron la hora de comienzo real del concierto dejando un margen de 2 horas desde la apertura de puertas. Y por otro, negaron el más mínimo soplo de aire acondicionado al acalorado público, que sólo pudo comprobar cómo funcionaba cuando milagrosamente se puso en marcha al concluir el concierto. Como soy un malpensado, en ambos casos supongo que el objetivo era vender más bebidas.

Nada que ver con la agradable
sala Heineken, que sin ser tampoco un local ideado originalmente como sala de conciertos, sí que está perfectamente acondicionada en términos acústicos. En ella pude
ver el mes pasado al virtuoso
John Mayall, toda una leyenda viva del Blues (maestro y colega de otros monstruos como Eric Clapton o Hendrix) que, a sus increíbles 75 años dio toda una lección de oficio y sacrificio (si es que a dedicar toda una vida a una vocación puede llamársele así).
Este
superabuelo demostró la integridad de toda una carrera en el escenario y a las puertas del concierto, vendiendo y cobrando él mismo sus propios discos, firmando autógrafos e insistiendo en fotografiarse larga y generosamente con todos sus admiradores. Lecciones de humildad, en definitiva, que deberían aplicarse muchos de los
bisbalitos que andan por ahí sueltos.
Por mi parte, reitero la aspiración de parecerme a estos personajes (no sólo los famosos y visibles, también los otros
héroes anónimos), conservando tal vez no el pelo, pero sí la tenacidad y el saber hacer en el ámbito que me toca. Que la experiencia ganada supla el ímpetu perdido. No en vano siempre sabrá el diablo algo
más por viejo que por diablo.
Jueves, 21 de agosto de 2008 a las 18:40 - ESPACIOS

Martes, 12 de agosto de 2008 a las 17:26 - RAZONES
Estos días ha sido noticia la decisión de Ryanair de cancelar todas las reservas de viajes que no hayan sido contratadas a través de su propia página web.
No seré yo quien defienda a esta o a ninguna compañía aérea de bajo coste (o de costes encubiertos en forma de facturación de maletas u otros conceptos y subterfugios que hacen palmaria esa verdad de que
nadie da duros a peseta). Pero me ha sorprendido la celeridad con que otros agentes implicados en el negocio
han saltado a la palestra para denunciar la actitud de la compañía irlandesa y alzarse como adalides y nobles defensores de los derechos del consumidor.
Me refiero a intermediarios como
eDreams o
Rumbo, los mismos que ni se sonrojan por practicar sucias técnicas de
Web scraping no autorizado sobre las compañías finales, en una
simbiosis parasitaria que para el viajero puede suponer un sobrecargo de 12 € o más (en ocasiones más del precio original del billete). Y eso si tiene la suerte de no quedarse tirado en tierra por algún error en la reserva como consecuencia de tan rudimentarios trapicheos.
El
debate sobre la legalidad del web scraping o (
screen scraping) sigue abierto, aunque cuando menos parece claro que
no es precisamente lo que uno entendería por juego limpio.
Independientemente de que las decisiones o anuncios de unos y de otros respondan a calculadas estrategias de marketing, la moraleja es que, en un negocio que mueve una golosa cifra de millones de pesetas al día, el pobre usuario y cliente final es, con bastante probabilidad, el único que acaba pagando el pato.