¿Redes sociales o sociedades enredadas?

El surgimiento de esta sociedad enredada no puede ser entendido sin la interacción entre estas dos tendencias relativamente autónomas: el desarrollo de nuevas tecnologías de información y el intento de la vieja sociedad de reinstrumentarse a sí misma utilizando el poder de la tecnología para servir a la tecnología del poder.(Manuel Castells en "La revolución de la tecnología de la información")


Pájaros en el desierto

Enfrascados en trivial conversación y distraídos de su bandada, dos pájaros perdieron el rumbo migratorio y pronto se encontraron solos, perdidos y sobrevolando lo que parecía un inmenso desierto.

El plumaje de ambas aves (galones de su jerarquía) revelaba que ambas ostentaban el mismo rango y edad, aunque una de ellas, de aspecto más decidido, parecía llevar la voz cantante:

—Vaya, nos hemos debido de quedar rezagados— dijo Pico Afilado, que así se llamaba.
—¿Y ahora que hacemos?— Preguntó con tono algo temeroso Pluma Ligera.
—No importa, ya les daremos alcance.

Así que siguieron volando durante toda una jornada, hasta que se les echó encima la noche. Sabedores de los peligros que para alguien de su especie supondría posarse sobre suelo raso, y ante la falta de otro cobijo o resguardo que no fuera la propia arena del desierto, no les quedó más remedio que pasar la noche planeando en círculo y cerrando a ratos los ojos para tratar de descansar. A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos del sol empezaban a recortar la silueta de las dunas, Pluma Ligera preguntó:

—¿Dónde estamos, Pico Afilado? No alcanzo a ver otra cosa que desierto en todas direcciones.
—Mentiría si te dijera que lo sé, pero debemos seguir el camino.
—Sí, aunque mis alas empiezan a estar cansadas, y mi garganta sedienta.

De forma idéntica prosiguieron su marcha durante varios días y varias noches más, mientras el calor del sol, el frío de las estrellas y el vacío del paisaje castigaban sus cada vez más agotados cuerpos y sus cada vez más desesperadas mentes.

—No puedo más— Gimió Pluma Ligera.
—¡Aguanta un poco!— Le animó Pico Afilado —Creo que allí a lo lejos he visto algo.

Y así era. En el horizonte divisaron la única irregularidad en el paisaje que habían visto durante los últimos días. Conforme se fueron acercando pudieron comprobar que se trataba de un pequeño árbol. Un árbol cuyas ramas parecían muertas y completamente secas. Pero un árbol sobre el que posarse, al fin y al cabo.

Con mucho esfuerzo lo alcanzaron y aterrizaron, exhaustos, sobre una de sus ramas. Sus secas gargantas tardaron en poder articular una palabra, así que permanecieron durante un rato en silencio, recuperando el aliento en medio de aquel paraje solitario. Por fin, después de una larga pausa, Pluma Ligera comenzó a sollozar:

—¡Es inútil, jamás lo conseguiremos!
—¡No te rindas aún! Aunque esté seco, si hay un árbol es porque alguna vez hubo agua, y quizá la haya, todavía, no muy lejos de aquí.
—¡Pero no sabemos dónde estamos! ¡Y sigue sin haber nada más alrededor!

Esta vez Pico Afilado, empezando a comprender la certidumbre de aquellas palabras, no replicó. Pasaron las horas, y ambos pájaros permanecían allí posados, inmóviles, sin fuerzas para reemprender el camino y con poca esperanza de encontrar bebida y alimentos.

De pronto, cuando el sol desplegaba todo su calor, Pico Afilado creyó ver a lo lejos lo que parecía un pequeño oasis de líquido.

—¡Mira allí, Pluma Ligera! ¡Allí hay agua!
—¿Estás seguro? Podría tratarse de un espejismo. Una vez oí a Gran Garra hablar de esas engañosas alucinaciones.
—Sólo hay una manera de saberlo: tenemos que llegar hasta allí.
—Pero piénsalo, ¿y si no hay agua realmente?
—No hay tiempo para pensar.
—¡Es peligroso hacer las cosas sin pensar!
—También puede serlo pensarlas demasiado...

Dicho esto, Pico Afilado agitó sus alas para alzar el vuelo y se encaminó hacia la imagen del oasis mientras Pluma Ligera, que permanecía inmóvil y atenazado por el miedo, le observaba alejarse. La euforia, o quizás ya la locura, impulsaba a Pico Afilado. Pero su agotamiento era tal que, cuando parecía estar ya a tan sólo unos metros de su ansiado destino, desfalleció y cayó muerto al suelo.

Con terror, Pluma Ligera había observado la escena desde el árbol. Empezó a preguntarse si acaso él mismo sería capaz de llegar al oasis, o sí le ocurriría como a Pico Afilado, o si tal vez aquella laguna en el horizonte era sólo una ilusión imaginaria. Entre dudas e indecisión, se le agotó el tiempo. Pronto la inanición arrebató su último suspiro, y al fin se le escapó la vida.

Y allí, puntuales a su cita con la muerte, quedaron sus cuerpos inertes, sufriendo idéntica suerte aun en su distinto y vano intento de evitarla: pues si uno la esperó, el otro fue a buscarla.

Recreación de un viejo relato que alguna vez llegó a mis oídos, y del que no recuerdo el título real, ni el autor, ni más información que la de la historia narrada en la propia fábula.


Microcuento nº 7

John Dos Pasos

John Dos Pasos le llamaban
De cuán lejos le llevaban
en sólo un par de zancadas
sus tan distantes pisadas.

Tanto espacio y tan poco tiempo
abarcaba su movimiento,
cuanto más despacio y lento
discurría su pensamiento.

Llegaba frecuentemente
su cuerpo antes que su mente.
John-Dos-Pasos-Media-Frente,
así le llamaba la gente.


Microcuento nº 6

El jardín de Rosa

A la roja luz de un burdel
una Rosa deshoja un clavel,
con su piel clavada de espinas
del jardín de las esquinas.

A la sombra de la roja luz
hunde el cuello un cobarde avestruz,
y entre pétalos de margarita
una Rosa roja se marchita.


Microcuento nº 5

Beat & Yeyé

Le dijo Beat a Yeyé:
—Te invito a tomar un té.
—Tómate un té con tomate,
pero de mí, olvídate.

Le dijo Beat a Yeyé:
—Te invito al cine también.
—Al cine vas tú solito,
pero a mí en paz déjame.

Le dijo Beat a Yeyé:
—Te invito a bailar después.
—Si quieres mover los pies:
muévelos y aléjate.

Le dijo Beat a Yeyé:
—En ese caso, me iré.
Y en cuanto dio el primer paso,
Yeyé corrió tras de él.