La relatividad de la media botella

A veces me parece que el optimismo —esa musa esquiva— no sólo depende de si la botella frente a nosotros se presenta medio llena o medio vacía, también de si nuestro trabajo es llenarla o vaciarla; servirla en la mesa de otro o bebernos su contenido, y de si éste es vino, hidromiel o acqua toffana.

En ocasiones incluso (como cuando contiene combustible y dispone de una mecha inflamada) una botella a la mitad puede dejar de representar el equilibrio del término medio para convertirse en la extrema y radical disputa entre dos mitades enfrentadas.

Se toma una botella llena de champán para romperla contra el casco de las embarcaciones en su inauguración, pero la prefieren hueca esos pacientes modelistas que se empeñan en meter barcos en su interior. Y vacía también la necesita el desesperado náufrago de una isla desierta, si acaso quiere lanzar en ella un mensaje de petición de auxilio que no acabe hundido y desapercibido en las profundidades.

Para un peregrino en el desierto, como en el propio camino de la vida, partir con una botella más vacía que llena significa la certeza de pasar sed durante la travesía. Pero llegar al final con la botella más llena que vacía, puede ser sinónimo de haber cargado con un exceso de lastre desaprovechado.

Recipiente de agua fresca; quizá frágil, pero transparente. Afortunada de encontrar fuentes en las que llenarse, y de poder dar calma a la sed de quien a ella se acerca a beber. Así quiero yo mi botella.


Engendros mecánicos

Durante las dos próximas semanas, mi antigua Escuela acogerá una nueva edición del ya clásico Cybertech, un certamen de robótica para estudiantes en el que sus invenciones electromecánicas serán sometidas a distintas pruebas de aptitud, tales como el rastreo de rutas, el recorrido de laberintos, e incluso una competición taurina. Suerte, maestros.


Elipsis transitoria

Aunque mi actividad en estas páginas ha disminuido durante los últimos días, sigo aquí: con ganas de contaros cosas (y de que me las contéis vosotros a mí), sólo que con un poco menos de tiempo libre que el de costumbre.

Hay algunas otras tareas que me mantienen ocupado, pero espero volver pronto a seguir poniendo las íes bajo los puntos en este blog. Tengo una considerable pila de ideas y temas en espera de ser publicados, pero la mayoría requiere de cierta dedicación, por lo que en periodos de escasez de ocio como el actual, les toca padecer algo de síndrome de visibilidad.

Tampoco quiero rellenar artificialmente los días con pensamientos baladíes y susceptibles de acabar siendo como las reflexiones de Narciso, que absorto y embelesado por la contemplación de su propia imagen reflejada en una fuente, cayó a las aguas y se ahogó. Se trata de mantener un mínimo nivel de autoexigencia, lo que inevitablemente lleva su tiempo.

Pero no os alejéis demasiado, que en unos días volveremos a encontrarnos... ;-)


A imagen y semejanza

Incitado por algunos de vuestros comentarios en este blog, y espoleado por mi admiración —o cochina envidia— hacia la diversidad creativa de otros compañeros, he decidido poner en marcha el segundo (que no el último) de los proyectos previstos en el ámbito de este dominio web.

Se trata de RETINA, un fotolog o álbum virtual de fotografías e ilustraciones donde, a diferencia de Entropía, la palabra y la lectura ceden el protagonismo a la imagen y la observación.

El nuevo archivo se basa en la colección personal de imágenes que poco a poco voy almacenando en el servicio Flickr, lo que permite algunas interesantes opciones de navegación por las fotografías digitales, tales como la ordenación por la fecha en que fueron realizadas o la ubicación geográfica donde se tomaron las instantáneas. Eso sí, como mi cuenta en Flickr es gratuita, iré añadiendo los contenidos según me lo permitan las limitaciones del servicio.

Espero que, al menos algunas de las imágenes, os resulten interesantes. He dejado un enlace permanente en el menú de categorías de la izquierda.


La forma de las nubes

El blog Por la boca muere el pez recuperaba ayer el misterio de la tormenta hexagonal que las sondas espaciales Voyager 1 y 2 fotografiaron en Saturno hace más de dos décadas, lo que me recordó un fácil pero curioso experimento de mecánica de fluidos que descubrí gracias a otro buen profesor, y cuyo resultado guardaba también relación con las formas hexagonales.

El leitmotiv del experimento lo protagoniza la convección, que es una de las tres formas de transferencia de calor (las otras dos son la conducción y la radiación) caracterizada por producirse en el seno de un fluido a través del desplazamiento de materia entre regiones con diferentes temperaturas. De gran importancia para la meteorología (pues la atmósfera de la Tierra es un fluido), la convección es, entre otras cosas, la responsable de moldear esas mismas nubes que luego dejamos interpretar a nuestra imaginación.

Pues bien, el ensayo consiste en calentar muy despacio un fluido de cierta viscosidad (a ser posible aderezado con algún polvo metálico a modo de marcador visual del movimiento) desde la parte inferior de un recipiente ancho y aplanado. Con el tiempo, la diferencia de temperatura provoca lentos desplazamientos convectivos en el fluido, que acaban produciendo un patrón de celdas hexagonales de idéntico tamaño, a modo de panal, en la superficie del mismo.

A estas geometrías resultantes se las denomina celdas de Bénard (o de Rayleigh-Bénard), y el fenómeno ya fue estudiado hacia el año 1900. En la actualidad, este comportamiento de corrientes convectivas es conocido y tenido en cuenta incluso en aspectos más prácticos o cotidianos, como puede ser la problemática de la aplicación de pinturas.

Este efecto es muy sensible a la altura proporcional de la capa del fluido. Por ello es difícil encontrar nubes hexagonales en el cielo y, al parecer, ese es también uno de los motivos que hacen que la singular tormenta de Saturno siga siendo algo desconcertante.

Aunque hay algunas diferencias, también parece que hay bastante semejanza entre este esquema convectivo y el de las macrocélulas telúricas que son las placas litosféricas que forman los continentes de nuestro planeta. Es obvio que el resultado de las placas tectónicas está siendo mucho más irregular, pero hay teorías que señalan a que el parecido pudo ser mayor hace varios miles de años, cuando la rígida corteza continental actual apenas existía.

Quizás lo más fascinante de todo esto sea precisamente la posibilidad de que pueda haber mecanismos similares en la formación del cielo y de la tierra, o en la evolución de las tormentas de Saturno y en la de la pintura de la estufa de nuestro salón. Y eso que hemos hablado aquí sólo de cuestiones de formas, porque también hay quien se ha ocupado ya de calcular el peso de una nube.

Nubes y buitres sobre las Hoces del río Duratón