Sábado, 6 de octubre de 2007 a las 16:00 - PALABRAS
Por recordatorio e inspiración hallados en los blogs de varios educadores (Mikel Agirregabiria, Doceo et disco y La llama de Vesta) me reencuentro con un par de viejas locuciones latinas que reflejan posturas algo diferentes ante la vida:
Carpe diem quam minimum credula postero
El consabido lema de
Horacio que incita a vivir el momento (literalmente significa "
cosecha el día") sin preocuparse ni confiar demasiado en el mañana, para el cual nada se nos garantiza.
Puede entenderse como un alegato para no desaprovechar el escaso tiempo del que contamos, aunque a menudo se malinterpreta —en mi opinión— como una carta blanca para el pasotismo y la
desistencia (si ejercemos escaso control sobre el futuro, ¿para qué esforzarse en mejorarlo?).
Per aspera ad astra
Esta otra máxima, resumen de uno de los discursos de
Séneca, significa "
a través de las dificultades, hasta las estrellas" sugiere precisamente que el esfuerzo empleado en superar las dificultades es el que nos hace crecer, y que tanto más elevada será la satisfacción de llegar cuanto más trabajoso sea el camino.
Personalmente, encuentro esta segunda cita (y opción) intrínsecamente más bella, quizás por estar algo más inclinado hacia el
estoicismo que hacia el
epicureísmo, aunque sin renunciar a ciertos aciertos de esa otra corriente, por lo que también reconozco el valor que puede tener ese aire
laissez faire de la frase de Horacio en determinadas ocasiones.

Supongo que muchas veces depende del estado de ánimo, de cómo amanece el día y del grado de vitalidad o cansancio que llevemos acumulado.
En cualquier caso, y como decía ese otro gran
filósofo de Carabanchel:
no pienses que estoy muy triste si no me ves sonreír; es simplemente despiste.Maneras de vivir...
Sábado, 6 de octubre de 2007 a las 01:14 - ESPACIOS
Y hablando de poderosas corporaciones, he aquí una informativa visualización de lo que comentan en el diario Público:
Viernes, 5 de octubre de 2007 a las 06:59 - IMPULSOS
Hace algún tiempo, en la ciudad brasileña de São Paulo decidieron deshacerse de las vallas publicitarias y otros espacios propagandísticos invasivos.
A algunos les parece que la drástica medida de vetar los reclamos visuales a los que tanto nos hemos acostumbrado da lugar a una urbe desangelada y sosa. Pero a mí me da envidia la
intimidad de su desnudez y la criba de distracciones artificiales, que no son fruto de los individuos, sino de poderosas y manipuladoras corporaciones.
Quizás resulte algo exagerado afirmar que una ciudad que hace de los estandartes publicitarios su seña de identidad, es porque tiene un serio déficit de autoestima. Pero lo cierto es que el
bombardeo publicitario llega a ser, en algunos casos, bastante insoportable. Por ejemplo, alguna de las ciudades chinas por las que anduve este verano no eran, en su despertar al capitalismo, sino inmensos centros comerciales y espasmódicos escaparates de reclusión al consumo.
El mundo del
marketing anda en estos días bastante agitado con los nuevos vientos que traen las últimas tecnologías. Tanto es así, que hay quien asegura que en la próxima década,
todo el marketing será digital, lo cual podría ser incluso una ventaja, siempre que a nuestros dispositivos electrónicos no les falte nunca una tecla rotulada como "
power off".
Cierto es que cada uno de nosotros es, en sí mismo, una pequeña (o grande) identidad corporativa, o que hasta del "
no logo" puede hacerse una marca (véase si no, la cadena japonesa de ropa
Muji, "sin marca", que comenta
Esteban). Como casi todo en esta vida, todo depende del uso y del abuso. En publicidad, la incitación
creativa puede llegar a ser loable y divertida; pero la extorsión y
falsificación de la realidad, no. Lo malo es que como la creatividad es un bien escaso, la mayor parte de las veces nos acaban endosando su
sucedáneo.
En fin, respecto a la tortura mediática tampoco voy a pedir a estas alturas una desmantelación como la de São Paulo. Me conformo, tan sólo, con un poco de tregua para mis sentidos.
Viernes, 5 de octubre de 2007 a las 03:52 - ESPACIOS, RAZONES
Guerras y conflictos del siglo XX, muchos de los cuales siguen aún activos
(fuente: nobelprize.org)
Martes, 2 de octubre de 2007 a las 06:59 - PALABRAS
Las alabanzas sin fin de los coros de ángeles habían empezado a hacerse pesadas; pues, después de todo, ¿no merecía Él sus alabanzas? ¿No les había dado alegría eterna? ¿No sería más divertido recibir alabanzas inmerecidas, ser adorado por aquellos a quienes torturaba? Él se sonrió para sus adentros, y decidió que se representara el gran drama.
Durante incontables eras la nebulosa caliente giró sin rumbo por el espacio. Poco a poco empezó a tomar forma, la masa central arrojó planetas, los planetas se enfriaron, los hirvientes mares y las ardientes montañas se irguieron y sacudieron; precipitándose desde negros nubarrones, cálidas cortinas de lluvia inundaron la corteza apenas solidificada. Y entonces creció el primer germen de vida en las profundidades del océano, y se desarrolló rápidamente en el calor fecundo, dando lugar a grandes bosques de árboles; inmensos helechos surgían del suelo húmedo, los monstruos marinos se multiplicaban, luchaban, se devoraban y desaparecían.
Y de los monstruos, a medida que avanzaba la representación, nació el hombre, con el poder de pensar, el conocimiento del bien y del mal y la sed cruel de adoración. Y el hombre vio que todo pasa en este loco, monstruoso mundo, que todo está luchando por arrebatar, a cualquier precio, unos escasos y fugaces momentos de vida antes del decreto inexorable de la muerte. Y el hombre dijo: «Hay un designio oculto, si lo pudiéramos desentrañar… y es bueno; debemos venerar algo, y en el mundo visible no hay nada que merezca veneración». Y el hombre permaneció al margen de la lucha, decidiendo que Dios tenía la intención de que del caos surgiera la armonía gracias a los esfuerzos humanos. Y cuando siguió los instintos que Dios le había transmitido de su ascendencia de animales de presa, lo llamó pecado, y pidió a Dios que lo perdonara. Pero dudaba de que el perdón fuera justo, hasta que inventó un plan divino por el que podía aplacarse la ira de Dios. Y, al ver que el presente era malo, lo hizo aún peor, para que de esta forma el futuro pudiera ser mejor. Y dio gracias a Dios por la fuerza que le permitía renunciar incluso a las alegrías que estaban a su alcance. Y Dios sonrió: y cuando vio que el hombre se había vuelto perfecto en renuncia y adoración, mandó a otro sol por el cielo, que chocó con el sol del hombre; y todo volvió de nuevo a ser una nebulosa.
«Sí —murmuró—, fue una buena representación; la volveré a ver otra vez.» 
(La historia de la creación, contada al doctor Fausto por Mefistófeles según se cita en "El culto de un hombre libre" de Bertrand Russell)