De apellidos y linaje
La semana pasada El País se hacía eco de un concurso intergeneracional en el que personas mayores relataban parte de sus singulares memorias a jóvenes estudiantes de periodismo.
Una de las historias reseñadas es "Entre Pabones y Roldanes", escrita por Ana María Marín Olmedo, que describe la peculiar búsqueda de Carmen Pabón para recopilar hasta 128 apellidos de sus antepasados (que también son los míos, pues da la casualidad de que ella es mi tía) remontándose hasta el año 1650 aproximadamente. Es un breve relato de memorias familiares y cruces genealógicos capicúas condicionados por los avatares de cada época.En las últimas estadísticas del Padrón publicadas por el INE figuran unas 330 personas que comparten el apellido Pabón en España, el cual aparece en el puesto 53.147° del ranking de mayor frecuencia. De entre todas ellas, yo me hallo el extremo de una de las ramas genealógicas, y me temo que con la grave "responsabilidad" de extenderla o dejar que se extinga.La supervivencia o extinción de los apellidos responde a ciertas dinámicas que incluso tienen similitud con procesos aparentemente ajenos, como la geología de los mármoles. A lo largo de la historia, la extinción de los apellidos se ha visto alimentada por diversos motivos: infertilidad, periodos de guerra que truncan la vida de hombres jóvenes antes de que sean padres, cambios de nombre, celibato, homosexualidad, errores en los registros o simplemente la voluntad de no tener descendencia.El resultado es un proceso predador en el que los apellidos más comunes devoran a los más raros e infrecuentes. Así, se estima que desde 1350 han desaparecido las tres cuartas partes de los apellidos ingleses; la diversidad de nombres de familia del mayor grupo étnico del mundo, los Han, queda reducida a cerca de 200 apellidos comunes en China, y a sólo 80 en Corea. Las simulaciones por ordenador sugieren que, eventualmente, toda la población acabará compartiendo el mismo apellido (¿Será Smith, Li, o García?).Recurriendo una vez más a Russell, podría decirse que el culto a los antepasados es un reflejo del interés que se pone en la persistencia de la familia. Él afirmaba que "para ser feliz en este mundo, sobre todo cuando la juventud ya ha pasado, es necesario sentir que uno no es sólo un individuo aislado cuya vida terminará pronto, sino que forma parte del río de la vida, que fluye desde la primera célula hasta el remoto y desconocido futuro."Aunque tengo algunas objeciones a ciertos planteamientos que él hacía en 1930, no puedo decir que esté del todo en desacuerdo con su afirmación, sobre todo teniendo en cuenta el resto de los matices que quedan fuera de la cita aquí recogida. Pero precisamente por ello, también creo que han de ser razones de mayor peso que la garantía de supervivencia del apellido, las que puedan motivar a perpetuar el cromosoma "Y" del propio linaje.




