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Trascender al mensaje

Paseando por la ciudad he descubierto que alguien ya está poniendo en práctica la misma técnica de subvertir la decoración urbana que ya describí en la idea sobre una hipotética campaña a favor del voto nulo, y que básicamente consistía en la adhesión de pegatinas redondas y coloradas sobre los rostros de los carteles publicitarios, haciendo uso de la comicidad para darle la vuelta al mensaje original.

Algunos movimientos similares, aunque de mayor concreción, han llegado a alcanzar cierta resonancia pública, como es el caso del cambio de los nombres de las estaciones en la red de metro de Madrid, o el especial adorno de los polémicos parquímetros con la figura del propio alcalde de la ciudad como principal protagonista.

Otro ejemplo, a nivel internacional, del que he podido encontrar muestras en alguno de los países por los que he viajado es el del virus urbano denominado "Invasores del Espacio" (haciendo alusión al antiguo videojuego Space Invaders).

La principal característica de estos actos es que rompen con la unidireccionalidad de la comunicación publicitaria más tradicional. Desde luego, puede haber controversia sobre si se trata de acciones de expresión creativa, reivindicativas, o simplemente vandálicas. A mi juicio ello depende en buena medida, y entre muchas otras cosas, de lo elegante que sea la ironía con la que estén planteadas.

Algo similar ocurre con la consideración social del graffiti. Pero no creo que se puedan (ni deban) meter en el mismo saco las burdas pintadas y rotulaciones que, expresando únicamente su propia zafiedad y sin abordar ninguna de las cualidades del arte, invaden y ensucian calles y espacios urbanos, junto con otras mucho más escasas obras que tal vez si pudieran llegar a merecer su integración en la decoración ciudadana, bien por ser herederas modernas de los clásicos trampantojos, o por aproximarse más a la categoría e inquietud artística que ya en su día exploraron talentos como el de Basquiat o la primitiva mano que pintó bisontes en los techos de Altamira.

Al fin y al cabo, también es desde hace miles de años que la humanidad, en el fatuo intento de trascender a su breve existencia, siente la necesidad de dejar su impronta allí por donde pasa; allí donde vive y donde muere.

Ejemplo de inquietante graffiti encontrado en las calles de Praga.


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OVNI nº 2

Continuando con la serie de Objetos Visuales No Identificados, aquí va el segundo:

¿Qué crees que es el objeto de la fotografía? Si quieres ver la solución, sigue leyendo.

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Solución al Cavilón

Esta tarjeta acompañaba al rompecabezas original Cavilón, cuya versión interactiva publiqué aquí hace unas semanas. Como ya ha habido gente que me ha comunicado haberlo resuelto, incluyo ahora la solución para aquellos que hayan desistido.

No obstante, dado que esto le quita bastante gracia al asunto, recomiendo a todos los que aún no lo hayan conseguido que sigan insistiendo. Es incluso más entretenido enredar con una versión hecha de recortes de cartón, apta para adultos y niños, todos perfectamente capaces de encontrar la combinación correcta a base del simple juego.

Si, en cualquier caso, quieres conocer la solución, sigue leyendo...

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De apellidos y linaje

La semana pasada El País se hacía eco de un concurso intergeneracional en el que personas mayores relataban parte de sus singulares memorias a jóvenes estudiantes de periodismo.

Una de las historias reseñadas es "Entre Pabones y Roldanes", escrita por Ana María Marín Olmedo, que describe la peculiar búsqueda de Carmen Pabón para recopilar hasta 128 apellidos de sus antepasados (que también son los míos, pues da la casualidad de que ella es mi tía) remontándose hasta el año 1650 aproximadamente. Es un breve relato de memorias familiares y cruces genealógicos capicúas condicionados por los avatares de cada época.

En las últimas estadísticas del Padrón publicadas por el INE figuran unas 330 personas que comparten el apellido Pabón en España, el cual aparece en el puesto 53.147° del ranking de mayor frecuencia. De entre todas ellas, yo me hallo el extremo de una de las ramas genealógicas, y me temo que con la grave "responsabilidad" de extenderla o dejar que se extinga.

La supervivencia o extinción de los apellidos responde a ciertas dinámicas que incluso tienen similitud con procesos aparentemente ajenos, como la geología de los mármoles. A lo largo de la historia, la extinción de los apellidos se ha visto alimentada por diversos motivos: infertilidad, periodos de guerra que truncan la vida de hombres jóvenes antes de que sean padres, cambios de nombre, celibato, homosexualidad, errores en los registros o simplemente la voluntad de no tener descendencia.

El resultado es un proceso predador en el que los apellidos más comunes devoran a los más raros e infrecuentes. Así, se estima que desde 1350 han desaparecido las tres cuartas partes de los apellidos ingleses; la diversidad de nombres de familia del mayor grupo étnico del mundo, los Han, queda reducida a cerca de 200 apellidos comunes en China, y a sólo 80 en Corea. Las simulaciones por ordenador sugieren que, eventualmente, toda la población acabará compartiendo el mismo apellido (¿Será Smith, Li, o García?).

Recurriendo una vez más a Russell, podría decirse que el culto a los antepasados es un reflejo del interés que se pone en la persistencia de la familia. Él afirmaba que "para ser feliz en este mundo, sobre todo cuando la juventud ya ha pasado, es necesario sentir que uno no es sólo un individuo aislado cuya vida terminará pronto, sino que forma parte del río de la vida, que fluye desde la primera célula hasta el remoto y desconocido futuro."

Aunque tengo algunas objeciones a ciertos planteamientos que él hacía en 1930, no puedo decir que esté del todo en desacuerdo con su afirmación, sobre todo teniendo en cuenta el resto de los matices que quedan fuera de la cita aquí recogida. Pero precisamente por ello, también creo que han de ser razones de mayor peso que la garantía de supervivencia del apellido, las que puedan motivar a perpetuar el cromosoma "Y" del propio linaje.


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